Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Para Sánchez y Sheinbaum, la líder madrileña es esa llama de libertad que tanto detesta el colectivismo de extrema izquierda

Rubén Rocha Moya, actual gobernador de Sinaloa e íntimo amigo y aliado incondicional del ex presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), es desde el pasado 29 de abril el primer mandatario estatal mexicano formalmente incriminado por una corte federal de Estados Unidos por narcotráfico, al quedar incurso en el expediente «S9 23 Cr. 180» del Distrito Sur de Nueva York (SDNY) junto a 37 miembros del llamado Cártel de Sinaloa conocidos como Los Chapitos, además de nueve funcionarios del Gobierno y la policía de ese Estado. La acusación, firmada por el fiscal Jay Clayton y aprobada por un gran jurado, afecta a 38 acusados en total y cubre toda la cadena de suministro del narcotráfico, desde la compra de precursores químicos en China hasta la protección institucional que durante años garantizó la impunidad del cártel en Sinaloa. La petición de extradición contra Rocha Moya lanzada por Washington ha colocado a la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, entre la espada y la pared, porque no se trata de un expediente judicial más sino de algo mucho más serio: una acusación directa del gran vecino del norte según la cual México es un narcoestado donde los carteles de la droga siguen campando a sus anchas ante la vista gorda o, lo que es peor, la connivencia, del propio Gobierno de la nación que les protege. La Sheinbaum, con esa imagen de mosquita muerta que le distingue, se encuentra ante una decisión trascendental que podría costarle la vida: o entrega a la Justicia yanqui a un gobernador fiel a Morena (el partido de AMLO y el suyo propio) y a su proyecto político de la Cuarta Transformación (4T), o se enroca apelando a la retórica de la soberanía nacional, el rechazo a la intromisión extranjera en la política doméstica y demás zarandajas verbales al uso de la izquierda mexicana. Mientras la paciencia de Washington se agota ante lo que consideran maniobras dilatorias que ponen en evidencia la complicidad del Gobierno mexicano con el hampa y el crimen organizado, doña Claudia parece haber elegido ya: hacer oídos sordos a la petición de extradición en nombre de esa sacrosanta soberanía que se niega a ponerse de rodillas ante las exigencias de Trump.

Sinaloa es el epicentro del narcotráfico mexicano desde los años ochenta. Allí nació el cártel del mismo nombre, una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo, a las órdenes de Joaquín «el Chapo» Guzmán, hoy en una prisión norteamericana de máxima seguridad de por vida. En Sinaloa se mezclan la política, la economía y el crimen como en ningún otro lugar de México. Y es allí donde AMLO colocó a Rubén Rocha  («Mi amigo, mi compañero de lucha, mi hermano») para gobernar un territorio donde los límites de lo legal y lo ilegal no existen y donde el Estado se ve obligado a competir por el poder con el crimen organizado. De momento, la Sheinbaum le ha puesto una fuerte escolta a Rocha Moya, y hasta el mexicano menos avisado sabe que no se trata tanto de protegerlo como de evitar que los yanquis puedan secuestrarle como hicieron con el dictador venezolano Maduro, porque si el imputado cayera en manos de la justicia norteamericana caerían en cadena todos los peces gordos de Morena. He ahí un nombre que sabe demasiado, y he ahí un país convertido en un auténtico Estado fallido, en el que se producen una media de 70 asesinatos diarios y donde la lista de «desaparecidos», francamente incompleta, contiene ahora mismo los nombres de 137.000 personas en paradero desconocido. Un horror de violencia política que obliga a las elites empresarial y financiera, incluso a cualquier persona acomodada, a viajar con escolta y armados hasta los dientes, y a proteger a sus familias en auténticos guetos fortificados.

En territorio tan hostil, gobernado por esa izquierda aliada del narcotráfico, desembarcó un tanto alegremente Isabel Díaz Ayuso el domingo 3 de mayo. Parece evidente que en estas circunstancias el viaje protagonizado por la presidenta madrileña debería haber tenido una planificación bastante más estricta, más exigente, más cuidadosa, que la exhibida por la delegación madrileña en el país azteca. Porque tenían datos sobrados para saber que se adentraba en «terreno enemigo». El marco en que se iba a desarrollar el choque quedó establecido tres semanas antes, cuando el sábado 18 de abril la presidenta mexicana participó en una reunión de «Gobiernos progresistas» organizada por Pedro Sánchez ad maiorem sua gloriam en Barcelona, un aquelarre al que concurrieron los consabidos nombres de la izquierda latinoamericana que gobierna en países con graves problemas de democracia, de violencia y de pobreza, y del que se abstuvo cualquier partido socialdemócrata -algunos en el Gobierno, caso de Dinamarca- serio europeo. Ayuso aprovechó la ocasión para contraprogramar el festival de Sánchez con su aparición, ese mismo sábado, junto a la dirigente venezolana María Corina Machado, en el balcón de la sede de la Comunidad de Madrid ante una Puerta del Sol llena hasta la bandera de españoles y venezolanos exiliados que vitoreaban a ambas políticas y reclamaban democracia para su país. La libertad de la Puerta del Sol, frente a la tiranía de Barcelona.

Hay constancia de que a la dirigente mexicana le sentó fatal -huelga decir que a Sánchez también- lo ocurrido en Madrid y en particular las palabras que la madrileña le dedicó al describir México como un narcoestado y acusarla de «alentar un revisionismo histórico para no afrontar sus responsabilidades actuales». De modo que doña Claudia se la tenía guardada. A torpedear el viaje a México de Ayuso se ofreció gustoso un Gobierno español para quien la líder madrileña se ha convertido en una obsesión digna de psiquiatra más que en una enemiga, no digamos ya adversaria, política, a cuenta de las mayorías electorales que reiteradamente logra en la Comunidad de Madrid. Una mujer sin pelos en la lengua que literalmente les vuelve locos. La bestia negra del socialismo hispano, a la que sueñan con destruir por cualquier método, todos ilícitos. Que Sánchez y su Gobierno han echado su cuarto a espadas a la hora de frustrar la incursión mexicana de Ayuso está fuera de duda. Las relaciones del PSOE y el Gobierno socialista con Morena se han intensificado en los últimos tiempos. Lo resumía aquí muy bien días atrás Jesús Cuadrado (Sheinbaum, contra Ayuso y contra España): «Ya en febrero de 2019, con la visita de ÁbalosKoldo y Aldama, quedó establecida la conexión mexicana del sanchismo. Habría muchos más encuentros con Morena (…) En octubre de 2024, con la toma de posesión de Sheinbaum, los socios de Sánchez se concentraron en Ciudad de México en apoyo del castro-chavismo mexicano (…) Un mes antes cayó por allí Santos Cerdán, entonces ya mano derecha de Sánchez. Fue a firmar un pacto de familia entre PSOE y Morena ‘contra la ultraderecha’. El encuentro se desarrolló en el gran hotel Fiesta Americana. Mario Delgado, el temible fontanero de AMLO, aprovechó la ocasión para ilustrar al navarro sobre cómo se domestica a la Justicia desde un Gobierno: ‘Así evitas casos como la persecución despiadada de algunos jueces contra el presidente Sánchez y su esposa’».

Sánchez y Sheinbaum la estaban esperando. En la Puerta del Sol rebaten las críticas, algunas muy duras («A Ayuso no le pagamos el sueldo para que vaya a tocarle los cojones a la Sheinbaum en México»), vertidas contra el viaje, alguna desde la propia derecha. Se trataba, según ellos, de acudir a la gala de entrega de la XIII edición de los Premios Platino del  Cine y el Audiovisual Iberoamericano, acto que anualmente patrocina el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid (con medio millón cada uno) y el grupo mexicano Xcaret, y que alternativamente se celebra en México DF y en Madrid. Como el año que viene volverá a celebrarse en España, de alguna forma se trataba de recoger el testigo. «Y en cuanto Enrique Cerezo, presidente de EGEDA, la entidad organizadora, nos dio la fecha exacta, lo pusimos en marcha. De hecho los billetes de avión se compran en enero, cuando son más baratos. Y para completar viaje organizamos un itinerario que incluía un acto religioso en la catedral de México DF, entrevistas en televisión, visitas a centros universitarios y encuentros empresariales, con el punto fuerte en Monterrey, la capital económica del país, donde estaba prevista una reunión con la Confederación Patronal mexicana, con el consejo directivo de Invest Monterrey y con el Instituto Tecnológico de Monterrey. Todo ello en línea con la creciente importancia de la inversión mexicana en España, la mayor parte de la cual se focaliza en Madrid».

De hecho las referencias a Hernán Cortés, el clavo ardiendo al que las gentes de Morena se han agarrado para descalificar a Ayuso, no pasaron de ser una anécdota. Todo lo sacó de quicio la señora Sheinbaum, que diariamente criticó con dureza la visita de la delegación madrileña en su programa matinal de televisión. Pero hizo algo mucho más grave: llegó a amenazar al Grupo Xcaret con cerrar el hotel en el que se iba a celebrar la gala (el teatro Gran Tlachco del Parque Xcaret, en Riviera Maya) si Díaz Ayuso hacía acto de presencia. Xcaret aceptó el chantaje y le retiró la invitación argumentando que su presencia podía politizar el acto, porque todo el mundo sabe que en las galas de cine no se habla nunca de política… Lo más preocupante, con todo, ha sido la seguridad. ¿Ha llegado la presidenta madrileña a correr riesgo físico durante su visita a México, un país donde es posible contratar a un sicario por 3.000 dólares? Es una pregunta sin respuesta, pero que en un entorno de acoso y hostilidad institucional declarada como la que ha soportado es obligado formular. Aun suponiendo la mejor voluntad por parte de las autoridades, México cuenta con mecanismos de impunidad estructural que funcionan con independencia de la voluntad de sus gobernantes. Con buen criterio, Ayuso rechazó la escolta policial que le ofreció el Gobierno Sheinbaum y se procuró la suya propia. Ni una llamada del embajador de España para interesarse por la situación. Y hubo un momento en que cundió la preocupación o algo más. No era conveniente arriesgar. Había que levar anclas y regresar cuanto antes. Isabel Díaz Ayuso salió de México a tiempo. Si lo hizo alertada por su instinto, porque su equipo evaluó correctamente la situación o porque el coste de quedarse era políticamente inasumible, es algo que nunca sabremos.

Naturalmente, las peripecias sufridas por la expedición madrileña en tierras aztecas han sido puntualmente relatadas por Moncloa a través de las diligentes páginas de El País, el diario «independiente» de la mañana que por la tarde se arrastra ante un delincuente vocacional como Sánchez. Aperturas casi diarias, editoriales y un sinfín de supuestas noticias orientadas a socavar la figura de la mandataria madrileña con todo tipo de insinuaciones cuando no de insultos. La última ocurrencia es que Ayuso se ha ido de vacaciones a Riviera Maya. Tamaña insistencia, tan desquiciada observancia, solo consigue a los ojos del observador neutral poner en valor la figura de la líder madrileña, la primera mujer en enfrentarse a campo abierto en singular batalla cultural contra los dogmas de la izquierda patria. Claro que ni Sánchez ni su innumerable claque pretenden realzar una figura que sueñan con destrozar. Lo que ellos buscan es percutir en esa quebrada que suponen anida en la calle Génova entre Ayuso y su superior jerárquico, el secretario general y aspirante a la presidencia Alberto Núñez Feijóo. Encumbran a Ayuso para intentar dañar a Feijóo, para tratar de  menoscabar un liderazgo puesto en riesgo por las supuestas ambiciones políticas de una mujer que no puede esperar, intento inútil porque ambos son perfectamente conscientes de sus tiempos vitales como políticos, y la disposición de la madrileña para ponerse a la cola y esperar turno es total. Y llegada la hora de la verdad, serán los ciudadanos los que decidan con su voto.

Tanto a Sánchez como a Sheinbaum el viaje a México de Díaz Ayuso les ha permitido aliviar por unos días su penosa situación doméstica. Ayuso es para ellos esa llama de libertad que tanto detesta el colectivismo de extrema izquierda. Particularmente dramática se antoja la situación de una presidenta mexicana obligada a dar respuesta inmediata a Washington con la extradición del gobernador Rocha Moya. México, que atraviesa una degradación institucional gravísima, ha dejado de ser una democracia. Razón de más para que Sheinbaum haya aprovechado la visita de Ayuso para radicalizar el debate y avanzar en esa polarización en la que es maestro su amigo Sánchez. Incapaz de asegurar la vida de su gente, el principio fundamental de la libertad según Locke, la mandataria se parapeta tras palabras como soberanía, patria, traición, entreguismo, derecha odiosa y otras del mismo tenor, mientras se niega a entregar a los capos mafiosos a la justicia yanqui. No puede hacerlo porque ella y el narco comparten intereses: Morena los necesita para que le aseguren el voto popular, y el narco quiere a Morena en el Gobierno para blindar las rutas del negocio y, en último término, garantizarse la impunidad. Y ambos terminan compartiendo el ejercicio del poder real. Es el paisaje aterrador al que caminamos en España con un narcotráfico que campa a sus anchas por el sur peninsular ante la dejación de Marlaska y la responsabilidad criminal de Sánchez. Que hoy triunfe la libertad en Andalucía.