Alberto López Basaguren-El Correo
- Se está eludiendo de forma clamorosa la asunción de la culpa por quienes respaldaron y practicaron la barbarie. ¿Como perdonar a alguien que no se siente culpable?
Las víctimas de las distintas formas de barbarie padecidas en Euskadi alzan su voz de forma recurrente, poniendo de relieve la existencia, entre ellas, de diferentes actitudes. Todas hablan desde un dolor profundo y exigen justicia. Unas lo hacen de forma serena, asumiendo lo irreparable; otras, desde un insuperable resentimiento. Las primeras tienen mejor acogida; las segundas producen incomodidad e, incluso, rechazo, por obstaculizar -dicen- la reconciliación.
Esa divergencia de actitudes se manifestó, igualmente, entre las víctimas de una de las manifestaciones más extremas de atrocidad humana, el nazismo. Jean Améry, al dar testimonio de su experiencia en los campos de exterminio, nos interpela (‘Más allá de la culpa y la expiación’) desde el resentimiento con los culpables y con «aquellos que contemplaron lo que ocurría sin que asomara en ellos una expresión de horror»; rencor que mantiene vivo la presencia pública de personas próximas a «los verdugos».
Améry es consciente del aciago destino de su actitud -«no soy iluso y sé que no he convencido ni a los compatriotas de los criminales ni a los ilesos del mundo»-; y de su enorme coste: el resentimiento clava a la víctima en la cruz de su pasado destruido, porque exige absurdamente que lo irreversible debe revertirse, que lo acontecido debe cancelarse, bloqueando «la salida a la dimensión auténticamente humana, al futuro». Pide paciencia durante el tiempo que las víctimas necesiten para «despachar su rencor».
La incomprensión que sufren estas víctimas es profundamente injusta; pero, además, es nociva, porque elimina lo que Améry considera su «función histórica». Reconoce que conserva el rencor «por amor propio, por razones de salud personal»; pero también «para que sirva de provecho». Al manifestarlo quiere provocar que quienes practicaron o respaldaron la barbarie comprendan su propio pasado; que despierte en ellos desconfianza respecto a sí mismos; que tomen conciencia de que no cabe neutralizar su historia con el simple paso del tiempo, sino que deben incorporarla como su «patrimonio negativo».
Améry se opone al perdón y olvido forzados por presión social. Lo considera inmoral: «el mundo que perdona y olvida condena a la víctima, no a quienes asesinaron o consintieron el asesinato». No cierra la puerta a resolver el conflicto entre «víctimas y carniceros». Pero solo cuando «los verdugos» adquieran la necesaria «musculatura moral» y se expresen con el tono de la contrición podrán converger con las víctimas en la moralización de la historia, haciendo posible la extinción de la ignominia. Entonces sería legítimo «pacificar subjetivamente el resentimiento y declararlo objetivamente superfluo».
La actitud de las víctimas que se expresan desde el rencor ha sido contrapuesta, en su detrimento, a la de quienes, como Primo Levi (‘Si esto es un hombre’), afrontaron esa misma experiencia con el «lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador». Es admirable la capacidad de Levi para compatibilizar lo padecido con seguir abierto a la vida; pero no debe suponer la incomprensión de quien no quiere o no puede hacerlo.
Por lo demás, esas dos actitudes no son tan distantes como aparentan. Levi confiesa que en muchas ocasiones nacía en él la tentación de odiar y que la reprimía en aras de la mayor eficacia en obtener justicia. Levi tampoco perdona: «no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno, a menos que haya demostrado (en los hechos, no de palabra y no demasiado tarde) haber cobrado conciencia de las culpas y de los errores», y que «esté decidido a condenarlos, a erradicarlos de su conciencia y de la conciencia de los demás». Solo en tal caso perdonaría, porque «un enemigo que rectifica ha dejado de ser un enemigo». Levi lamenta que recuperar la dignidad acarree a Améry -a quien afirma admirar- la incapacidad para encontrar alegría alguna en la vida.
El final, en cualquier caso, volvió a unirlos: ambos se quitaron la vida, incapaces, quizá, de soportar la indiferencia con que la sociedad pasó página. Para superar de forma fructífera una experiencia de esta naturaleza, sin llevarse por delante a las víctimas, hay una condición necesaria que en Euskadi se está eludiendo de forma clamorosa: la asunción de la culpa por quienes practicaron y respaldaron la barbarie. El escritor albanés Arshi Pipa lo expresó certeramente. Según relata Margo Rejmer (‘Barro más dulce que la miel. Voces de la Albania comunista’), cuando se le preguntó si las víctimas debían perdonar a sus perseguidores, afirmó: «Sí. Deberíamos perdonarlos. ¿Pero cómo podemos perdonar a alguien que no se siente culpable?».