Rebeca Argudo-ABC

  • Óscar López, a mis ojos, es la futura Montero de la capital del Imperio

En la zona colonial de Santo Domingo, cerca de Padre Billini, hay una casa de piedra con una calavera tallada, a una altura considerable. Junto a ella, con cierta dificultad, se podía leer (al menos hace diez años se podía, debería volver para comprobarlo y aprovechar para rascar un atractivo moreno tropical) la inscripción «como me ves te verás, como te ves yo me vi». Sostiene la superchería que, al pasar, hay que evitar mirarla directamente a los ojos porque, si los encontrase uno abiertos en lugar de vacías las cuencas, sería la horrible señal de una muerte inminente. Por eso se prefiere pasar bajando la cabeza. Mitad reverencia, mitad eludir a la parca; no tanto superstición como prudencia. Pensaba en esta vieja leyenda quisqueyana ante el previsible descalabro de María Jesús Montero en Andalucía. La imaginaba, llámenme malota, tallada en piedra, formato gárgola, junto a tan macabro adagio. Y a Óscar López pasando por debajo y mirando, despistado e ignorando el cuentito, a sus ojos abiertos: Como me ves, Óscar, te verás. Como te ves, tronco, yo me vi.

Y es que, tras las prisas por marcar distancia en Moncloa, esa insistencia en resaltar que las elecciones autonómicas en el sur no son, ni de lejos, un plebiscito a Sánchez, se malicia uno que no esperan nada bueno. De hacerlo, aventuro, de pensar en Ferraz que a Juanma Moreno le va a dar Marisú sopas con honda, la interpretación sería otra: son estos comicios antesala de las generales, profético vaticinio. Pero conforme se acerca la cita con las urnas, eso que los cursis llaman ‘la fiesta de la democracia’, se le pone a Montero cara de peón caído en acto de servicio. Accidente laboral, que diría ella –qué le vamos a hacer, es lo que hay–, sacrificio necesario para salvar a la reina (o al número uno). Por eso Óscar López debería interpretar el sainete de estos días como un espóiler de lo que está por venirle, una profecía en cinemascope. Un paseo imprudente por la zona colonial de Santo Domingo mirando a los ojitos de tenebrosas calaveras pétreas. Que le están sacrificando, cabra lanzada al volcán para atraer a las necesarias lluvias.

Montero, la mujer con, probablemente, más poder del conjunto de la democracia, en sus propias palabras; la que humilde y desinteresadamente, filántropa ella, abandona sus responsabilidades para apostar por Andalucía (andaluces, ‘en peu alcem-se’) parece avanzar, inexorablemente, hacia el abismo comicial. Como un ‘lemming’ sin voluntad. Y Óscar López, a mis ojos, es la futura Montero de la capital del Imperio. Como si hubiera un plan trazado detrás. Como si alguien, jugando a ser Dios, anduviese ofrendando piezas para que la derrota momentánea fuese el camino de la victoria futura. Como si la calavera dominicana abriese hoy los ojos para mantenerlos cerrados mañana.