Olatz Barriuso-El Correo

  • El batacazo histórico del PSOE en su antiguo feudo queda maquillado por el papel decisivo de Vox: esperen más polarización

La política tiene a veces cosas extrañas. Por ejemplo, que un resultado objetivamente horroroso pueda celebrarse con un suspiro de alivio porque deja el tsunami que se esperaba internamente sólo en cataclismo y porque al rival le han ido las cosas bien pero no tan bien como cabía esperar. Eso es exactamente lo que hizo ayer el PSOE en Andalucía –y en Ferraz, sobre todo en Ferraz–, soltar un bufido como el del condenado a la pena capital al que revisan la sentencia en el último minuto.

Perforar el suelo histórico del partido en su antiguo feudo andaluz y empeorar en dos escaños los resultados de Juan Espadas con una candidata extraída directamente del corazón del sanchismo –autopromocionada como la mujer con más poder de la historia de España– es un baldón para el PSOE, para María Jesús Montero y para Pedro Sánchez, pero si algo está claro tras el escrutinio es que el presidente del Gobierno resistirá el embate sin mover un músculo ni alterar una coma su hoja de ruta.

Digámoslo de forma sencilla: si ante la esperada debacle de su exvicepresidenta el argumento recurrente de Moncloa era recordar que el voto «progresista» se activa en generales, apelando a los 570.000 andaluces que se quedaron en casa en 2022 y votaron socialista en 2023, ahora ese argumento se redondea con el comodín favorito de Sánchez: la extrema derecha. Y con ese bagaje y unas miguitas de antitrumpismo, un poquito de sacar pecho por haberse marchado de Eurovisión (ese retuiteo de Ana Belén cantando ‘que la guerra no me sea indiferente’) y unas dosis de pacifismo global, a tirar hasta 2027. Ya veremos si con un ‘superdomingo’ con las municipales y autonómicas de mayo –habrá presión de los alcaldes y los líderes provinciales socialistas– o yéndose hasta el verano, pero Sánchez hará oídos sordos a lo que las urnas le han gritado en Andalucía.

Básicamente, que el desgaste de la marca PSOE, ‘sorpassada’ incluso por Vox en Almería, es de tal calibre, que convendría una reflexión profunda sobre las razones por las que es la izquierda alternativa (y no precisamente la que gobierna a su lado), sino la de inspiración entre trotskista y soberanista la que sube de manera exponencial. A Gabriel Rufián le faltó tiempo ayer para subirse al carro de Adelante Andalucía y tratar de resucitar su fallida plataforma de unidad de la izquierda, pero de lo que no hay duda es que la pujanza de la marca fundada por Teresa Rodríguez fue la que dejó a Juanma Moreno compuesto y sin mayoría absoluta al impedirle hacerse con el último escaño en un buen puñado de provincias.

Menos tuvo que ver en el amargo triunfo del PP la competencia de Vox, pero las huestes de Abascal cantando ‘prioridad nacional’ en la celebración de un resultado que apenas mejora el que ya tenían ofrece en bandeja a Sánchez la coartada perfecta, la de una España sometida al presunto chantaje permanente del populismo autoritario, al que sólo él puede plantar cara. Teniendo en cuenta que el PP suma más escaños que toda la izquierda junta en el Hospital de las Cinco Llagas, sede del Legislativo andaluz, Vox tendrá una capacidad de presión limitada para impedir la investidura de Moreno, aunque sí podrá condicionar la aprobación de Presupuestos o leyes clave.

En definitiva, el barón popular se abona al «lío» que pretendía evitar. En sus manos está mantener pese a todo el ADN moderado que le ha permitido, no se olvide, ganar las elecciones con holgura, pese a llevar ya dos legislaturas en el poder, y hacer caso al politólogo que, según ha contado, le encomendó la misión de demostrar que la «cultura política de concordia de la Transición» sigue siendo viable hoy en toda España. Seguramente, el presidente andaluz mantendrá la senda templada que le ha traído hasta aquí, pero está por ver si Alberto Núñez Feijóo es capaz de resistir los cantos de sirena de quienes querrán empujarle, desde dentro, a la guerra cultural que abandera Ayuso, en México y en Chamberí. Vox sigue siendo el elefante en la habitación de la política española y solo hay dos formas de encararlo: subido a su lomo o combatiendo su proyecto.