Luis Haranburu Altuna-El Correo

  • La deriva de las políticas lingüísticas del Gobierno autonómico no se entiende sin la racialización progresiva de la lengua vasca

«Euskara gara», la consigna que según la Korrika define la identidad de los vascos, es una verdad a medias, ya que de ser ello cierto, tan solo seríamos vascos un tercio de los que conformamos la totalidad de la ciudadanía vasca. Limitar la identidad de los vascos a su idioma no deja de ser una reducción penosa y absurda. Los vascos son algo más que el idioma que hablamos una minoría de la ciudadanía vasca. Para empezar, poseemos dos lenguas propias, ya que tanto el euskera como el castellano son lenguas nuestras. Lo del euskera va de suyo y lo del castellano es un dato empírico e histórico incuestionable. El castellano nació en la zona meridional del País Vasco como lo atestiguan las glosas de San Millán de la Cogolla y los cartularios de Valpuesta. Somos el euskera, pero también el castellano. Básicamente, nuestra historia se ha hablado en euskera, pero la hemos escrito en castellano. Cultural e históricamente, son ambas lenguas las que nos constituyen como vascos. Desde hace, al menos, ocho siglos los vascos somos bilingües.

El castellano es la lengua predominante entre los vascos, pero no por ello es un idioma a odiar ni erradicar. El enemigo del euskera no es otro que la desidia de los vascos que conociéndolo no lo utilizan. El enemigo del euskera no son los jueces ni un determinado sindicato; su principal enemigo es la voluntad de imponer una ideología totalitaria que desea ignorar la legalidad constitucional que nos constituye en ciudadanos libres e iguales. Cuando se declara enemigo al juez o a quien postula la primacía de los derechos de la persona, por imperativo de una ideología tribal y totalista, se está matando a la persona jurídica. A la persona como entidad libre y sujeto de derechos.

Cuando Sabino Arana Goiri descubrió que Euskadi era una nación, lo hizo impulsado por el hecho de que los vascos constituíamos una raza aparte y específica. Tras la Segunda Guerra Mundial, la teoría de las razas cayó en descrédito por el paroxismo racista y criminal del nacional-socialismo. En los años 60 del siglo pasado, el País Vasco vivió una conmoción política de la mano de ETA y ello supuso la revisión de algunas de las ideas preferidas del fundador del nacionalismo vasco. Ya no era estético, ni moderno, ni progresista reivindicarse como racista, por lo que renovadores de la ideología nacionalista como Txillardegi y Krutwig sustituyeron la raza por el idioma; ya no era preciso tener ocho apellidos vascos para considerarse vasco. Bastaba con saber o aprender el euskera.

El monolingüismo euskaldun contraviene nuestro orgullo como pueblo políglota y sabio

El racismo de Sabino Arana no fue una creativa invención suya, sino consecuencia de su estancia en Barcelona, donde se nutrió de las ideas de Valentí Almirall, Pompeu Gener y Bertomeu Robert, entre otros. También fue catalán el influjo en quienes en los 70 sustituyeron la raza por el idioma en el frontispicio del ideario de ETA. Euskera por raza. Antoni Rovira i Virgili y Pere Bosch-Gimpera, entre otros, convirtieron el idioma en el perfecto sustituto de la raza. Se trataba de la «raza lingüística» o de «la voz de la sangre» convertidas entre nosotros en el sintagma «odolaren mintzoa». Adquirió en el bertsolari Xalbador vigencia poética y en ETA se convirtió en eficaz «racialización del euskera». El euskera se convirtió de ese modo en el principal marcador identitario para el nacionalismo, sin embargo, la racialización del euskera podría contribuir a su definitiva decadencia. La imposición es la antesala de la renuncia consciente y rebelde.

Al euskera de D’Etxepare, Leizarraga y Axular, siempre minoritario y estresado, lo han convertido en el combustible eficaz del nuevo/viejo nacionalismo étnico y racializado. Es imposible entender la deriva de las políticas lingüísticas del Gobierno vasco sin tener en cuenta la implantación de la progresiva racialización del euskera. El euskera siempre tuvo adherencias e hipotecas que le fueron ajenas. De la mano del clero vasco, en los siglos XVIII y XIX se utilizó como baluarte ante la modernidad y de la mano de la nueva clerecía abertzale se ha convertido en instrumento de una ‘normalización’ en clave etnorracial.

En estos días en los que la ‘prioridad nacional’ está en boca de todos, el euskera convertido en muro, para acceder al empleo público en Euskadi, bien merece el nombre de ‘prioridad abertzale’. ¿Cómo entender si no las artimañas politiqueras para establecer un ‘apartheid’ lingüístico en la Administración pública? ¿O las políticas de inmersión en el sistema educativo, donde el 80% de los niños y niñas, cuya lengua propia y materna es ajena al euskera, son escolarizados en el idioma minoritario de los vascos? El monolingüismo euskaldun soñado por los radicales abertzales, además de nocivo y culturalmente castrante, contraviene todo lo que debería constituir nuestro orgullo como pueblo políglota y sabio.