Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

Si no es capaz de conocer el sentido del título de este comentario, pregúntele a su hijo o, y si es el caso, a su nieto y seguro que le dice que es algo así como Sánchez en su momento álgido o en su mejor momento. Creo que el escritor y periodista Juan Soto Ivars tiene toda la razón al decir que la gran mayoría de los analistas que han opinado sobre las elecciones en Andalucía se equivocan. No ha ganado el PP, tumbado por la izquierda nacionalista y obligado a pactar con Vox, que era el ‘lío’ que Moreno Bonilla pretendía evitar. Tampoco Sumar, estacando en su marasmo. Ni siquiera el relativamente relevante Adelante, ese sí muy favorecido por los electores. El auténtico triunfador de la jornada, el reforzado por la disputa fue sin duda Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y ‘Rex tremendae Majestatis’. Él solo, a pesar de la ininteligible candidata María Jesús Montero, ha conseguido obtener 28 diputados, tras encontrar dentro de las urnas la astronómica cifra de 947.713 papeletas. Unas papeletas que le premian a él, que son para él, para sus políticas, sus proyectos y, sobre todo, obtenidos a pesar de sus terribles realidades.

Porque lo ha conseguido después de que conociésemos en detalle todas las andanzas del ‘Tito Berni’; una pequeña parte de las divertidísimas aventuras del ‘dúo dinámico’ formado por el animoso Ábalos y el aizkolari Koldo; las graves imputaciones a su señora Begoña y a su hermano melómano, David, actualmente cercados peligrosamente por los tribunales; sus dramáticos renuncios a los insomnios provocados por el Gobierno con Podemos; sus reiteradas negativas (se acuerdan de aquello tan bonito del ‘nunca pactaré con Bildu, ¿cuantas veces quiere que se lo repita?’ ); sus oportunos cambios de opinión frente a la inconstitucionalidad de la amnistía; los indultos concedidos y los cambios legales de la malversación, introducidos para salvar a los exmalísimos líderes del ‘procés’, convertidos después en pilares básicos de la democracia; lo que es más doloroso en Andalucía, la modificación de ese milagroso sistema de la financiación autonómica, que es a la vez bilateral y general, generoso con todos y perjudicial para nadie, ni siquiera para el Estado; la inaudita condena a su fiscal general; y, por fin, los valientes actos de servicio convertidos de la Guardia Civil en simples y habituales accidentes de trabajo.

Nos perdimos, por unos pocos días, la imputación del expresidente Zapatero, pero hubiese sido igual. Quizás hubiese restado tres o cuatro votos, pero nada sustancial habría cambiado. El triunfo habría sido igual de arrollador y rotundo. Tan rotundo y arrollador que él seguirá ocupando el despacho de La Moncloa, tumbado en el colchón de su dormitorio y arrumbado en la butaca del Falcon. Predicará por el mundo la buena nueva del progresismo, renacido gracias a su inmensa bondad y su inagotable generosidad. En conclusión, sigue pensando en el ‘horizonte 2027 y más allá’, para conocer la voluntad del pueblo.

¿Por qué razón sucede todo esto? Por los votantes que le sostienen, los militantes que le aúpan y porque los partidos que le apoyan y le ayudan a sostener tan pesada carga –Junts, PNV, ERC, Bildu y Sumar– encuentran todo perfectamente disculpable o manifiestamente irrelevante, cuando no benéfico u oportuno. Desde luego, no ven en tan larga serie de desastres nada reprochable. Novedoso y original, sí. Poco edificante, quizá también. ¿Pero reprochable? ¿Por qué?

Para reafirmarse, al día siguiente de las elecciones, le regaló unos cientos de millones a Cataluña a cambio del voto de ERC a los Presupuestos de Illa y en claro perjuicio de lo común. Pero, a Andalucía, ¿qué más le da? Si protestan, ya dará más dinero a todos… ¡Eso le sobra!