Editorial-El Correo

  • Las vejaciones del ministro Ben Gvir a los secuestrados de la flotilla indignan al mundo mientras Israel solo se inquieta por el daño de imagen

Entre la indiferencia general, Israel interceptó el lunes en aguas internacionales el tercer intento este año de la flotilla Global Sumud para romper el bloqueo de la ayuda a Gaza. Con total impunidad, el ejército hebreo abordó medio centenar de barcos, secuestró a 430 tripulantes y los condujo a territorio israelí. Tel Aviv habría tratado de desacreditar las acusaciones de violencia que acompañan a sus operaciones si no fuera por la entrada en escena de Itamar Ben Gvir. El ministro de Seguridad Nacional culminó la violación de los derechos humanos de ciudadanos de todo el mundo, en su mayoría nacionales de países amigos, con un paseo entre activistas con las manos atadas a la espalda, agachados y con la frente en el suelo, mientras enarbolaba una bandera de su país y su corte de soldados y policías reprimía a los prisioneros. «Así es como recibimos a los que apoyan el terrorismo. Bienvenidos a Israel», clama Ben Gvir en el vídeo que difundió en redes sociales.

La indignación internacional y la reacción dentro de Israel indican que si las atrocidades hace tiempo que dejaron de ser un problema, todavía lo es su divulgación. España, Francia, Italia, Canadá o Reino Unido, entre otros, encadenaron condenas y convocatorias rutinarias a los diplomáticos hebreos. En el caso de Europa, tampoco parece que en esta ocasión las vejaciones cometidas por un miembro del Gobierno israelí vayan a desembocar en sanciones, para las que no hay acuerdo por la presión en contra de Alemania. Así que la UE seguirá importando productos agrícolas de los asentamientos israelíes -230 millones al año- y contribuyendo con su hipocresía a sostener la ocupación del territorio palestino.

Después de reiterar «el derecho» a atacar a «flotillas provocadoras de simpatizantes terroristas de Hamás», Benjamín Netanyahu declaró que la brutalidad de Ben Gvir no representa «los valores de Israel». Valores que después de causar decenas de miles de muertos entre las poblaciones vecinas convendría explicitar ante un mundo horrorizado. El ministro de Seguridad Nacional arrastraba ya ocho condenas por racismo y vinculación con el terrorismo cuando Netanyahu, necesitado del apoyo ultranacionalista, lo sentó en su Gobierno. En absoluto cabe felicitarse por que Israel se duela del daño a su imagen, que el dirigente ultra no duda en arrastrar por el fango porque solo busca réditos entre su parroquia interna.