Rebeca Argudo-ABC
- Estaría orgullosa de vivir en una democracia donde ni el mejor presidente de la democracia (sic) se libra de rendir cuentas ante la justicia
Por circunstancias socioculturales y biológicas que no vienen a cuento, ayer estuve un rato en un chiringuito de mi pueblo. Mi pueblo es un pueblo pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. Pero a la que se rasca un poco, como todo pueblo chico, es un sindiós. Yo no me prodigo mucho, por falta de tiempo y de ganas y, además, suelo evitar la política en las conversaciones por varias razones. Una es que, del mismo modo que a mi amiga farmacéutica le pago el ibuprofeno con arginina, yo solo manifiesto mi opinión previo desembolso del importe debido. Otra es que la polarización exacerbada ha permeado a todas las capas, incluido mi pequeño y lejano pueblo y la parroquia de su bar. Antes, el enfrentamiento agrio entre ideas diferentes operaba en lo política y mediáticamente performativo, pero luego uno llegaba a casa y podía hablar con los amigos de todo, sin mayor preocupación. Ahora las posturas son irreconciliables y ejercer la tolerancia es algo exótico cuando no temerario. Así que prefiero ahorrarme disgustos y hablar del tiempo y las vacaciones. Pero, quizá porque hacía sol y la cerveza estaba bien fría y estábamos tan a gustito, cometí el error de entrar al trapo cuando alguien dijo que vaya semanita llevábamos. Apenas había dicho nada, tampoco es que entrase demasiado en el tema (eso no era tertulia radiofónica, solo una recreativa mesa a la sombra), cuando un señor de la mesa vecina, haciendo aspavientos bajo su gorra, sentenciaba: todo es un ataque de los jueces nazis contra el mejor presidente de la democracia. Zanjó conversación ajena sin mayor explicación. Intuyo que el argumento se antoja innecesario en el convencimiento de que lo dicho es axioma, como que el agua moja. El agua moja, el prado es verde y Zapatero es el mejor presidente de la democracia. Tras la estupefacción por el cameo no solicitado, retomé mi costumbre de no hablar de política, aun menos con desconocidos. Le deseé suerte y ánimo con lo suyo, claro, porque soy educada y le auguro desagradables sorpresas. Y mientras apuraba la cerveza, contemplando la nuca enfurruñada de ese señor tan decidido a abdicar del raciocinio por fidelidad ciega a unas siglas, pensaba en que, en su lugar, estaría orgullosa de vivir en una democracia donde, ante prueba indiciaria de actividad delictiva, ni el mejor presidente de la democracia (sic) se libra de rendir cuentas ante la justicia. Y, sin embargo, prefiere pensar en batallones de jueces nazis encausando a inocentes debido, precisamente, a su bonhomía. Supongo que la inactividad cortical por subyugación ideológica tiene como efecto secundario inevitable la preferencia de un sistema hostil pero predecible antes que una democracia sana si las certezas se tambalean. Un ataque de jueces nazis perturba menos que una duda.