Gabriel Albiac-El Debate
  • La Venezuela de Maduro y la China de Xi han invertido en partidos y en ministros españoles. Masivamente. Hoy, una fracción clave del Estado les pertenece. A fin de cuentas, gente como Zapatero y los suyos no son más que capataces. Y, en tanto que capataz de capataces, Sánchez

Alrededor de Zapatero se trenzan tres hilos. En cuyo nudo se estrangula España:

A) La banda de narcodelincuentes que encabezaba Nicolás Maduro y hoy encabeza Delcy Rodríguez.

B) La máquina de asesinar, en ese nuevo gulag que son los laogai, campos de «reeducación y trabajo», de la cual se nutre la omnipotencia del monstruoso Xi Jinping.

C) La mafia que, hace nueve años, tomó el PSOE al asalto; la que, acaudillada por Sánchez, depuró a todos los viejos dirigentes del partido, para sustituirlos por gente como Patxi López o Ábalos. Vencieron en su proyecto: se hicieron ricos.

Y Zapatero, en el corazón del nudo.

Nada hay hoy, en la política española, que no esté movido por esos tres hilos. Cada uno de ellos es mortal para un sistema garantista. Los tres juntos dibujan el horizonte de un Estado fallido, en vías de convertir en residuo fallido lo que un día fue nación.

¿Acabará en la cárcel Zapatero? A la vista del primer auto judicial y los primeros informes de la UDEF, es bastante verosímil. Y con él, su gente. Incluidas dos hijas, a las que hace falta ser desalmado para haber metido en semejante pudridero. Pero ésos son aspectos judiciales: lentos, inexorables y por completo en manos de una magistratura firme frente a los asaltos del Pedro Sánchez que supo, desde el día mismo de su llegada al gobierno, cómo sólo la voladura de la autonomía judicial podía garantizar el proyecto de criminalización del Estado que él traía en la cabeza. Con el auxilio entusiasta de su angélico hombre para todo.

Dejemos a los jueces trabajar. Se han ganado a pulso el respeto de la ciudadanía española. Y son lo único que queda de aquellos tres poderes autónomos sobre los cuales debiera sustentarse una democracia. El ejecutivo aparece, cada vez más, ante el ciudadano estupefacto, como un nido de ladrones de dimensión inconmensurable. El parlamento, al cual acceden tan solo los más arrastrados siervos de quienes pueden meterlos a dedo en una lista electoral cerrada, es una mala broma. En lo moral. Y en lo intelectual, una vergüenza. Queda el poder judicial. Si el gobierno de Sánchez no logra consumar su proyecto de nueva ley que fulmine la autonomía de jueces y fiscales, nada, absolutamente nada, va a impedir que una alta cuota de los hombres de Sánchez acabe su carrera política en el presidio. A la espera de un Pumpido que los salve. Si es que, para entonces, hay un Pumpido aún para salvar a nadie.

Dejemos a los jueces habérselas con el delito ya cometido. Saben cómo enfrentarse a él y estoy seguro de que van a hacerlo. Y asumamos nuestro propio deber. Es el que pesa sobre una sociedad que parece haber olvidado los dos rasgos que la diferencian de una servidumbre. 1) Que el poder político no es más que emanación de una ciudadanía sobre la cual, en exclusiva, recae el derecho y la responsabilidad de poner o quitar a quienes, en su nombre —y sólo en su nombre—, ejercen el poder inmenso que acumula un Estado moderno. 2) Que solo la ciudadanía posee la potestad de cambiar –a través de las normas legales para ello establecidas– las reglas más generales del juego político, cuando ese juego político se revela como conspiración de delincuentes en contra de los derechos ciudadanos: se llama reforma constitucional y es el instrumento último al cual está obligada a recurrir una sociedad cuya ciudadanía libre está en trance de verse borrada.

Es el único envite que puede evitar que esta mugre se siga repitiendo. Una y otra vez. Porque esta mugre viene girando ya desde hace mucho, no juguemos a hacernos los ingenuos. Este robo de ahora es la variedad faraónica de un chiringuito puesto en pie desde el inicio de la democracia: la ficticia financiación legal de los partidos. No hay empresario de este país que no te cuente en privado cuáles han sido los porcentajes sobre sus beneficios que ha debido pagar a los partidos políticos para prosperar en los últimos cuatro decenios. Al final, sencillamente, la Venezuela de Maduro y la China de Xi han seguido el mismo protocolo. Pero a lo grande. Han invertido en partidos y en ministros españoles. Masivamente. Hoy, una fracción clave del Estado les pertenece. A fin de cuentas, gente como Zapatero y los suyos no son más que capataces. Y, en tanto que capataz de capataces, Sánchez. Lo de verdad letal es que el Estado español haya estado dirigido, en diversas medidas, durante estos últimos años por dictadores chinos y venezolanos.

Mientras tanto, los partidos políticos se entretienen en ridículas tertulias de café, copa y puro, que hablan la lengua de trapo de hace cien años. Seamos serios, los partidos son máquinas poco fiables, pero indispensables para una democracia parlamentaria. Y es seguro que en esos partidos –sobre todo en sus direcciones– priman la corrupción y el oportunismo de los mediocres, a quienes se sitúa en funciones muy por encima de sus merecimientos (lo de Patxi Nadie es, más que el paradigma, la caricatura). Pero es seguro también que, en esos mismos partidos, hay gentes que, ya sea por criterio ético, ya por simple racionalidad no suicida, saben hasta qué punto lo que pasa es delictivo. Lo saben hoy, en el PSOE, los viejos dirigentes, decapitados todos por el yerno de Sabiniano Gómez y con la ayuda financiera de las gozosas empresas de Sabiniano Gómez. Pero esos viejos dirigentes tienen hoy el deber moral de dirigirse a unas bases que aún los recuerdan con respeto. Y explicarles lo que está pasando. Hasta en sus más sórdidos detalles: que son la mayoría. Y confesarles algo amargo, pero imprescindible: que solo depurando a esa gente y haciendo lo posible para sentarla en el banquillo, podrá volver a haber en España algo que, sin bochorno, sea llamado socialismo.

Es hora de que la gente decente que quede en el parlamento rompa con semejante banda. Es hora de que en el parlamento se borre esa línea ilusoria entre «izquierda y derecha». Es hora de que se pase a votar en función de la única realidad detectable en la política española: la sombría raya que separa a quienes han delinquido de quienes no lo han hecho. Todavía. Mientras los diputados españoles no entiendan que este imperativo moral es inaplazable, estaremos todos perdidos. Y nadie, absolutamente nadie en la política española, podrá proclamarse inocente del desastre que viene.