Antonio R. Naranjo-El Debate
  • Los dos presidentes han sido un tándem engrasado y ambos deben pagar el precio oportuno por ello

Cuando Zapatero presumía de su labor humanitaria en Venezuela e incluso sacaba pecho por dedicarse a mediar entre la dictadura y la oposición para lograr liberar a presos políticos, ya se dedicaba a cobrar como «consultor» de empresas que hacían o querían hacer negocio en esos escenarios, tal y como rubrican el auto del juez Calama y los demoledores informes de la UDEF.

Solo esto, sin necesidad de repercusiones penales, debería de ser suficiente para que hasta sus más furibundos feligreses se preguntaran si encaja en la imagen altruista que proyectaba la certeza de que facturaba como un loco al mismo tiempo, con sus hijas y su propia esposa prestándose al asunto.

¿No les llama la atención, siquiera un poco, que ocultara la naturaleza de su actividad mientras esparcía a los cuatro vientos una idea de sí mismo desprendida y humanitaria? ¿De verdad?

Los indicios delictivos esbozados en el auto del juez Calama y en el informe de la UDEF, centrados sobre todo en uno de los múltiples escenarios de las andanzas de Zapatero, son suficientes para hundir ya de entrada el mito absurdo que se había creado a sí mismo, incompatible con su trayectoria real, pero muy vendible para las animosas filas del socialismo patrio.

Fue un horrible presidente, el padre de la resurrección de las dos España y del populismo, y además quebró al país escondiendo su mastodóntico déficit real; pero el poderío de su sucesor y el interés en generar leyendas con las que fabricar una imagen positiva del propio Sánchez obró el milagro y, de repente, se convirtió en el analgésico y la vitamina C del PSOE.

Y es esa simbiosis de intereses entre ambos capos socialistas la que les retrata e inculpa a ambos: uno se presentó como una especie de Gandhi bonachón mientras se forraba y el otro se lo permitió para que a su vez le ayudara en su propia promoción, estableciendo una relación ya incuestionable entre los negocios de uno y las decisiones geopolíticas de otro.

Y esto es lo verdaderamente escandaloso, más allá de las sombras de corrupción tradicional: intuir que allá donde ZP pasaba el cepillo, Sánchez colocaba a España, rompiendo sus tradicionales alianzas y sumergiéndola sin consultárselo a nadie en el universo del Grupo de Puebla, del indigenismo populista, de la Internacional Socialista y, claro, de China.

Un solo episodio lo resume todo: Zapatero fue decisivo para que Nicolás Maduro perpetrara su último Golpe de Estado, robándole a los venezolanos la victoria en las urnas de Edmundo González. Fue él quien engrasó la salida del ganador de su país, a la vez que hacía negocios con Plus Ultra y, al parecer, el petróleo venezolano, lo que en sí mismo ya es suficiente para despreciarlo profundamente, con independencia de que además sea o no condenado por distintos delitos.

Pero el pucherazo de Zapatero no hubiera sido posible sin que Sánchez se prestara a ello, cediendo la embajada española en Caracas para chantajear a Edmundo y ofreciendo a España como destino de su forzado destierro. Y así con todo: los incesantes viajes del actual presidente a China, a defender posiciones contrarias a Bruselas y Washington, coinciden también con las oscuras maniobras comerciales de su predecesor en el mismo país, y dibujan una secuencia perversa en la que, a cada negocio de uno, le acompañaba una delirante decisión política de otro.

Plus Ultra, en fin, es la punta del iceberg de algo peor y mayor que ahora tiene formato de duda, pero quizá mañana lo tenga de certeza: Zapatero era el negociador, sí, pero sus éxitos nunca hubieran sido posibles sin la complicidad de su sucesor, ese pretendido líder progresista mundial que, a lo que se ve, se cobraba políticamente al menos la comisión por dejarle al otro llenarse los bolsillos.