Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • La segunda semana postcaída de Zapatero arranca con el aviso del PNV: «No vale todo»

Desde que se conoció la imputación de Zapatero, el oficialismo insiste en que aún faltan pruebas de que el expresidente pueda haber cometido los delitos que se le atribuyen. Los expertos en corrupción notábamos sin embargo que lo que faltaba era algo distinto: marisco, alcohol, bivalvos. En España la corrupción termina siempre en una marisquería, local donde con frecuencia la corrupción también nace y se desarrolla. Por eso la foto que demuestra que los dirigentes de la aerolínea Plus Ultra celebraron con ostras y champán el soplo de que la Sepi daba vía libre al rescate de la empresa pese a sus deudas con la Seguridad Social es preocupante en términos políticos pero coherente en términos narrativos.

«La Sepi no aprueba esos gastos», bromea el intermediario Martínez, el amigo inexplicable de Zapatero, refiriéndose al banquete. Y los de la aerolínea le contestan que las ostras van a cargo de su 1% de comisión. «Tenían que hacer un funeral», ha tuiteado el ministro Puente sobre el festejo de una operación que pinta cada vez peor. La suya es la tranquilidad de quien sabe que un rescate gubernamental es algo que no tiene nada que ver con el Gobierno.

No parece verlo así Aitor Esteban, que ayer situó el ‘caso Zapatero’ como el noveno que tiene abierto el Gobierno por el lado de la corrupción. Sucedió en un acto en Durango en el que el presidente del PNV se mostró taxativo mirando a Madrid, donde tantas veces se le valoró el rigor y la seriedad. «Aquí no vale todo», dijo Esteban señalándole a Pedro Sánchez la irresponsabilidad de querer seguir más allá de 2026 «sin rumbo, sin Presupuestos, sin una mayoría estable y con una agenda descontrolada y judicializada».

La segunda semana postcaída de Zapatero comienza con el gesto del PNV ante un PSOE paralizado porque ni siquiera sabe ante qué va a tener que reaccionar. Esa estupefacción genera movimientos originales. Como el de reconocer que esta vez no hay ‘lawfare’ para buscar a continuación la explicación más realista posible a lo que ocurre. Ayer por la tarde esa explicación iba así: la falta de legislación sobre el lobby ha terminado provocando en España un golpe de Estado instigado por Donald Trump. El trayecto hasta la declaración del expresidente del 2 de junio en la Audiencia Nacional va a ser largo y doloroso. ‘Operación Tíbet’ llama la Policía a su investigación, no se sabe si por China o si por aquel perfil en ‘Time’ en el que le celebraban precisamente el zen a Zapatero, «primer ministro español de beatífica sonrisa».

  1. Flotilla

    Porrazos de bienvenida

El recibimiento en el aeropuerto de Loiu de los seis integrantes vascos de la Flotilla Global Sumud ha terminado con el Gobierno israelí mostrando su preocupación por el trato que se les da en España a los activistas propalestinos. La cumbre del sarcasmo se explica porque el recibimiento en Bilbao tardó segundos en volverse inexplicable. De pronto, el recibimiento habitual en estos casos, algo que se dio con normalidad en otras ciudades, se transformó en un tumulto en el que los agentes de la Ertzaintza soltaban porrazos por encima de sus posibilidades, como si no recordasen si lo suyo era garantizar el orden o el desorden. El consejero Zupiria asumió ayer la responsabilidad de lo ocurrido y admitió que la situación no se gestionó bien.

También insistió en las provocaciones previas de los manifestantes, pero no parece ese un buen camino a menos que se quiera afrontar el desafío de explicar que se tiene una Policía susceptible. Hay que recordar que la gente que esperaba en Loiu a los miembros de la Flotilla estaba a favor. A favor de la Flotilla. Eran sus amigos y familiares, unas decenas de personas. El recibimiento se daba en un aeropuerto, o sea, un espacio controlable en el que todo sigue un orden previsto. Que la Ertzaintza no pudiese manejar una situación así resulta asombroso en términos operativos. Que unos activistas que han sido retenidos en Israel y humillados por el siniestro ministro Ben Gvir regresen a su casa y sean, según bajan del avión, forrados a porrazos frente a las cámaras de los periodistas resulta asombroso, en cambio, en términos generales.