Juan Carlos Viloria-El Correo

  • La izquierda parece dispuesta a soportar el vacío moral antes que arriesgarse a que las urnas se inclinen a la derecha

La polarización política en España impide dar una salida natural y ritual, dentro de los usos democráticos, a la crisis que atraviesa la gobernabilidad del país derivada de los casos de corrupción que amenazan el liderazgo de Pedro Sánchez y siembran una desconfianza creciente dentro del bloque de investidura. Una moción de censura instrumental con un candidato no adscrito a ningún partido, aceptado por la mayoría, con el pacto de convocar urgentes elecciones generales sería la desembocadura más constitucional y ecuánime para poner orden y concierto en una sociedad española consumida por el virus de la polarización. Porque no se puede condenar a la ciudadanía a soportar un año más la tensión diaria de un Gobierno que no puede desempeñar con normalidad su tarea presupuestaria ni legislativa; y que se ve forzado a utilizar los instrumentos del Estado y sus energías para defenderse de la justicia y de la oposición y resguardar a los suyos a costa de la estabilidad del sistema.

Lo llamativo es que, hasta ahora, una parte de la sociedad y el cuerpo de votantes de la izquierda parece dispuesta a soportar este estado de tensión permanente antes que arriesgarse a que las urnas se inclinen a la derecha. La democracia está cautiva por el bacilo emocional y sectario que impide ceder el mínimo terreno al adversario, aunque los propios estén infectados por la corrupción y hayan abandonado sus deberes constitucionales, traicionado promesas electorales y olvidado sus valores morales. Con el icono del buenísimo progresista que representa Zapatero tambaleándose, el bloque de investidura tampoco renuncia a su superioridad moral sobre el bloque conservador y se aferra a que el paso del tiempo, el relato adulterado y el «y tú más», echen tierra sobre el asunto. Pero si cae Zapatero, cae todo, como ha dicho el apestado Ábalos. Porque el ex-presidente reunía la fe, la credibilidad, la honestidad y la decencia que le perdonaban a Sánchez, a cambio de su hipocresía y el descaro necesarios para conservar el poder en manos de la izquierda. ZP, el bueno, y Sánchez, el malo pero necesario.

En las elecciones del 2023 fue clave la entrada en campaña de Zapatero aportando a la candidatura del actual presidente el componente moral y progresista. Como si un santero le hubiese puesto las manos sobre la cabeza a Sánchez para investirle de virtud e integridad. Sobre ese cuerpo de dos cabezas se sustenta el bloque de izquierdas. Pero ZP cometió un error y, en lugar de crear un ‘lobby’ como hizo su compañero José Blanco y formalizar sus activadles de comisionista, optó por moverse en las arenas movedizas del ‘influencer’ y conseguidor. Ahora que la sonrisa de Julia Roberts se le ha quedado helada, los ‘pedroplanistas’ prefieren seguir creyendo en él porque tienen más miedo al PP y a Vox que al vacío moral.