Carlos Martínez Gorriarán
- Lo fácil que resulta en España trepar a lo más alto con la mezcla de osada ignorancia, indecencia antropológica e inmoralidad absoluta
Una de las cosas más sorprendentes de la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero por los presuntos delitos de tráfico de influencias, lavado de capitales y organización criminal es la sorpresa que ha causado a personas que uno esperaba no iban a sorprenderse tanto. Quizás porque el imputado no es sólo un sujeto y sus cómplices, sino un sistema político y social entero.
Las andanzas del expresidente de gobierno eran muy conocidas, aunque no fuera con el grado de detalle del auto de instrucción del juez Calama, y no dejaban mucho lugar a la ingenuidad y las ilusiones acerca del personaje. Tenemos su desempeño de ocho años al frente del gobierno, que no comenzaron de cualquier manera.
Zapatero ganó las elecciones de 2004 a caballo del atentado islamista del 11 de marzo. La potente máquina comunicacional pro socialista supo atribuir al gobierno Aznar y al Partido Popular la responsabilidad política y moral del atentado, interpretado como una respuesta (¿justificada?) a la intervención de España en la guerra de Irak. El agitprop, tan brillante técnicamente como sucio y peligroso (pues reconocía razones al terrorismo, como pronto comprobamos, y dividía a la opinión pública en derecha malvada e izquierda altruista), dio la vuelta a las encuestas y elevó a la presidencia del gobierno a un político mindundi, de aspecto tan blandito y de dibujo animado japonés que Alfonso Guerra lo llamó bambi. Pero lo que el PSOE y sus medios hicieron, a 22 años vista, fue promover una hiena humana para presidir el gobierno de España.
Es difícil que lo ignoraran porque, años después, la estrategia se repitió con Pedro Sánchez. Notables analistas políticos argumentan estos días que habrían existido dos Zapatero: uno, un gris presidente de gobierno (“un gobernante tan bienintencionado como banal, con una concepción ludopática de la política”, dice Ignacio Varela en El Confidencial); otro, aparecido tras perder la presidencia cuando, según Ramón González Ferriz también en El Confidencial, Zapatero -como tantos colegas suyos cesantes- descubrió el dinero fácil y pereció a sus encantos ilegales. Me permito discrepar.
El pacto con ETA, el chavismo y la corrupción
La personalidad política de Zapatero quedó en evidencia con las tres primeras y principales decisiones de su mandato, a saber: [1] iniciar la negociación con ETA para convertirla en socio político estratégico; [2] romper la alianza preferente con Estados Unidos y reforzarla con Venezuela y el izquierdista Grupo de Puebla (es uno de sus fundadores); [3] la estrategia permanente de exclusión y acoso de la derecha, motejada de fascista, para reforzar la bipolarización de la política española con ventaja para la izquierda y los separatistas.
Así que las verdaderas intenciones de Zapatero, y el error que significó elevarlo a lo más alto, quedó muy pronto en evidencia por sus propias acciones. El plan era hacerse con el poder debilitando los principios e instituciones democráticas, vaciando la Constitución, cavando el foso de la bipolarización, y llevando al PSOE al populismo izquierdista. Plan asombrosamente parecido, aunque sin violencia, al de Largo Caballero.
Rosa Díez lo ha explicado muy bien en La Sombra. Memoria histórica de Zapatero: alguien capaz de pactar una estrategia conjunta con una ETA ya derrotada era capaz de cualquier cosa; y yo recuerdo otras cosas olvidadas de la época en La democracia robada. O lo escrito por Jesús Cacho en este mismo diario. Así que no han faltado hechos materiales ni reflexiones críticas para evaluar correctamente el nefasto mandato de Zapatero y su auténtica personalidad. Quienes lo hicimos no podemos sorprendernos nada de su situación procesal actual, y debemos felicitarnos de que aún haya jueces y policía en España.
Quizás tengamos una ventaja psicológica: hace mucho que comprendimos que los peores políticos y peores sujetos en cualquier campo, de empresarios a escritores, tienen mucha ventaja en España sobre los buenos porque encuentran un ecosistema mucho más favorable a su metabolismo depredador. Hecho que una visión más gremial, de establishment, sigue sin querer admitir.
¡Dinero, dinero, dinero!
Nada es para siempre ni todo se puede prever, en realidad bastante poco. Zapatero encontró su Némesis en algo que le gusta más que nada: el dinero. O, mejor dicho, la crisis mundial del dinero. El estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos se extendió por el mundo convertido en la pavorosa crisis financiera mundial que casi se lleva por delante el euro y obligó a políticas fiscales tan drásticas como el rescate de países europeos enteros (Portugal, Grecia, Irlanda) para evitar su quiebra. El fenómeno también sorprendió a Zapatero, pero lo que le retrató no fue una sorpresa muy común, sino su reacción particular.
Partamos de que Zapatero desconocía la mínima política económica que debe manejar un presidente de Gobierno; según la anécdota, Jordi Sevilla se comprometió a enseñarle lo básico en un par de tardes. Lo seguro es que, como cuenta aquí Pedro Pablo Valero, todas las campañas electorales de Zapatero y el PSOE se basaron en groseras mentiras económicas, como las que propalaba untuoso Pedro Solbes con aires pontificales: Solbes mentía y lo sabía, como muchos más que le jaleaban. El resultado fue duplicar el paro, elevar deuda y déficit público, más recortes salariales y de inversión.
Zapatero pensaba, según reveló a Rosa Díez siendo presidente del Gobierno, que la economía solo es el dinero, no la producción y consumo de bienes y otras complicaciones. Solo el dinero, y de eso España tenía a espuertas. Esta convicción de atracador evaluando la caja fuerte del banco explica dos declaraciones previas a la crisis de 2008: que España jugaba ya en la liga económica de los más ricos con sus bancos, los mejores del mundo (dicho poco antes de la quiebra en masa de las Cajas de Ahorros, el 51% del sistema bancario español), y tras el estallido de la crisis proponer a la Comisión Europea prohibir por ley la crisis económica, lo que solo puede creer que funcione un creyente pueril en el absoluto control estatal de la economía.
Así que de Zapatero aprendimos muy pronto todo lo necesario. Nadie debería sorprenderse de la catadura y andanzas del personaje, reveladas por las investigaciones policiales y judiciales, con mucho trabajo aún por delante. El problema de fondo, problema profundamente vergonzoso, es que la historia de Zapatero, como la de Sánchez, demuestra lo fácil que resulta en España trepar a lo más alto con la mezcla de osada ignorancia, indecencia antropológica e inmoralidad absoluta propias del personaje.