Jesús Cuadrado-Vozpópuli

  • Hay situaciones políticas en las que los ciudadanos no soportan que se desprecie su estado de ánimo

El auto del juez José Luis Calama es devastador, pero las andanzas y negocios de ZP, conocidos por todos, ya eran un escándalo. Normalizar, por ejemplo, que las hijas del expresidente, supuesto mediador internacional entre una dictadura sanguinaria y la oposición democrática en Venezuela, hagan negocios con ese país es una indecencia mayúscula. Era de conocimiento público, y como si nada. Que ahora, desde la Audiencia Nacional, se describa a este sujeto como “jefe de una estructura estable y jerarquizada de tráfico de influencias” no parece afectar a quienes se declaran sus admiradores. Entre ellos, socialistas no sanchistas como Eduardo Madina, que se niegan a reconocer lo obvio. Especialmente, la colaboración notoria con la dictadura de Delcy Rodriguez, la torturadora “amiga”. Pero, Zapatero es un hombre honrado.

“El alma del partido”

El honor de los socialistas va hoy asociado a las investigaciones de los negocios sucios del expresidente, convertido en estandarte moral del Psoe. Muchos que se autodefinen de izquierda te confiesan compungidos que lo malo de esto es que favorece a la derecha. Pero, ¡lo grave es que están hundiendo al país! No asumen la trascendencia de una corrupción generalizada en la que todas las vías están entrelazadas como cañerías de desagüe, con Zapatero en posición central en la red. Hace unos días, Daniel Lozano escribía en El Mundo una crónica demoledora sobre actividades de ZP en Venezuela. Comienza con esta afirmación suya pronunciada en Caracas y dirigida a un gobierno criminal: “Si yo he acabado con el terrorismo en España, cómo no voy a arreglar lo de Venezuela”. Habla como si fuera parte de la propia dictadura. He ahí “el alma del partido”.

Desde que al expresidente le vendieron esa tontería del “federalismo asimétrico”, se convirtió en el principal agente del borrado de la identidad nacional española como recurso para lograr apoyos parlamentarios. Tiene razón Rosa Díez al afirmar que  “Zapatero cometió la mayor de las corrupciones al legitimar a ETA”. En consecuencia, no debe extrañar que los más preocupados por su caída sean secesionistas y bildutarras. Se haría, explican, por “parar a la extrema derecha”, su coartada para disimular la corrupción. ¿Y el Gobierno? Con la respuesta parlamentaria a Núñez Feijóo, se pudo comprobar que Sánchez y Zapatero van encadenados sin remedio y se ven abocados a compartir lo que viene. Sobre todo cuando el enojo contra el sanchismo crece y preocupa a sus apoyos mediáticos.

Signos en la calle

Con un giro de 180 grados, inició la espantada el grupo Prisa. En El País, el primer día la reacción fue la habitual, de defensa visceral del imputado. Siguiendo guion, apuntaban: “El Gobierno ya está preparando la defensa de Zapatero”. Al dictado de Moncloa, con firma de Carlos Cué, se descalificaba el auto como un ataque “contra el corazón del sanchismo”. Para, en 24 horas, cambiar radicalmente de posición. En un editorial contundente, sentenciaban que el texto judicial contenía “múltiples evidencias” y definían el momento como “un seísmo inédito para España”. Recurrir a la acusación de lawfare, sostenían, “estaría de más en este caso”. ¿Solo en este caso? Pero, sí, la imputación ha provocado un movimiento sísmico y en la calle se detectan signos de “gota que colma el vaso”. Puede hablarse de un antes y un después, y hoy la referencia a una moción de censura no tiene la misma valoración que ayer para una opinión pública indignada. 

Núñez Feijóo ha apuntado que actuará “cuando crea que ha llegado el momento”. A él corresponde decidir sobre una iniciativa que irá ganando relevancia pública en los próximos días. Con el ambiente que se detecta actualmente en la calle, no parece buena idea esperar a que se agote la legislatura. Como explica Pierre Rosanvallon en El buen gobierno, hay situaciones políticas en las que los ciudadanos no soportan que se desprecie su estado de ánimo. Son momentos en los que pesa sobre todo el enfado por que no se haga nada, en los que la voz de los electores se sobrepone a la de sus diputados. Hoy una moción de censura sería un acto de responsabilidad política que no podría reprochársele a Feijóo, más allá del resultado. En esa tesitura, es mucho más que el presidente de un partido político.