Manuel Marín-Vozpópuli

  • ¿Zapatero? Llega el día en que el ético, el honesto, habla con sus amigos, los cita en el Santo Mauro, intuye sus carteras y sus bonus… y de repente se le quitan de golpe las ganas de ser un pringado

Por circunstancias de la vida, tuve que cubrir para ABC en julio del año 2000 un congreso federal del PSOE que prometía ser de extraordinaria relevancia. Era la cita definitiva de un proceso interno de reseteo drástico para poner fin al ciclo del felipismo caduco que no supieron continuar ni liderar Joaquín Almunia o Josep Borrell. El calor en la calle para acceder a la puerta de acreditaciones aquella tarde noche de viernes en el Palacio de Congresos de Ifema era sofocante y pegajoso. Recuerdo la entrada de José Bono, uno de los cuatro aspirantes que acudían a esa competición de bofetadas. Pasaba por ser el capo ya predestinado para ese nuevo PSOE. Su populismo manchego de ‘ej-que‘ sobreactuados, su soberbia innata, su carencia de humildad…

Se abría paso entre delegados y asistentes como si se fuera a comer a besos hasta a los camareros, con su sonrisa de oreja a oreja. Sobrado, ufano, incluso arrogante. Bono iba a ganar de calle y punto. Matilde Fernández no iba a tener opciones. Era solo la marioneta de Alfonso Guerra, una liebre para el intercambio de cromos. Después, Rosa Díez, la vasca dicharachera y ambiciosa, quería llegar a la secretaría general del partido como fuese. Pero con tongo o sin él, daba igual, iba a caer en el primer asalto. No pintaba nada. Y luego estaba aquel diputado anónimo e irrelevante al que un breve reportaje en Telecinco hizo medio famosillo. El chico de León, el tipo de las cejas y ojos azules, el bambi sonriente al que siempre acompañaba Pepe Blanco. El escudero. El inventor del zapaterismo de igual modo que Ábalos inventó el sanchismo.

Bono se dio la bofetada de su vida, un baño de realidad que le bajó el ego a los tobillos. Ahí llegó Zapatero a la cabeza del PSOE rapiñando votos en las esquinas con promesas inconfesables y tras una larga madrugada de traiciones, puñaladas, repartos de cromos y muchas mentiras. Llegó un tipo imbuido de una falsa humildad y con el compromiso de aglutinar a todos los sectores del PSOE que se habían apuñalado en el congreso federal con el objetivo de dar carpetazo al felipismo y refundar la socialdemocracia. Lo que fue de ahí hasta su llegada a La Moncloa fue toda una declaración de intenciones. El cinismo de la izquierda con la guerra de Irak, permanecer sentado ante el paso de la bandera norteamericana en el desfile de la Fiesta Nacional, el Prestige, las cacerolas, y por fin… el 11-M, una tragedia perfectamente guionizada contra el PP por Alfredo Pérez Rubalcaba. Contra todo pronóstico, ‘Bambi’, ‘el Zejas’, alcanzó La Moncloa.

De vez en vez le gustaba mantener un contacto directo con los periodistas que cubrían la información del Gobierno o del PSOE. Muchos le habían acompañado desde ese año 2000. Otros llegamos más tarde. Recuerdo un desagradable viaje en avión a Santiago de Compostela una tarde noche de tormentas eléctricas y mucha agua. En el avión viajábamos desde Madrid cinco periodistas que nos acostumbramos a organizar juntos los desplazamientos de este tipo. El aterrizaje fue como el vuelo, de aquella manera. En el aeropuerto nos sorprendió una llamada de Julián Lacalle, director general en Moncloa, periodista, amigo y confidente del presidente. Nos citó deprisa en una marisquería del centro de Santiago para invitarnos a cenar. Aquello era un paraíso. Parecía una batea con mantel y aunque estuviésemos con el estómago revuelto de aquel viaje, yo ya no iba a andarme con remilgos ni náuseas chorras porque no había opción. No se dejan pasar oportunidades así. No había dado aún el primer sorbo al albariño y sonó el teléfono del bueno de Julián. Era el presidente. Iba a pernoctar esa noche en León, donde vivían sus padres. Pero había tan mala previsión meteorológica para viajar al día siguiente a Santiago, que salió esa misma noche. Zapatero se hospedaba en el parador, junto el Obradoiro, y Julián le dijo que se disponía a cenar con los periodistas. Nada. Todos al Obradoiro, todos sin cenar… pero, hombre, podías compartir en ‘petit comité’ con todo un presidente del Gobierno un par de whiskys. Lástima de bueyes de mar. Aquella centolla… En fin.

Nos habló de la negociación con ETA (poco), de una España plurinacional, de reformar la Constitución, de que Otegi quería la paz, de relegalizar a Batasuna, del nuevo Estatuto para Cataluña que la considerase una nación, de su prohibición del tabaco en interiores pese a que se fumó medio paquete mío de Fortuna… Estaba en el aire la polémica por el matrimonio homosexual porque Zapatero se empeñó en darle ese cariz matrimonial, y se negó a regular una mera unión civil, lo que encrespaba a la Iglesia católica. Pero a Zapatero le gustaba de vez en cuando pulsar teclas reactivas con una pizca de provocación. Zapatero sabía dónde y cómo tocar las gónadas. Mucho más tarde llegaron la crisis de las ‘subprime’, el atentado de la T4, la amenaza de Europa con intervenir las cuentas de España, los falsos brotes verdes y el mogollón de rotondas del absurdo Plan E. Ahí acabó todo. Noviembre de 2011. Zapatero era historia y se dedicaría a contar nubes. O eso nos dijo.