Olatz Barriuso-El Correo

  • Descartada la moción de censura, sea o no instrumental, Sabin Etxea confía en que el peso de sus advertencias a Sánchez evite al menos un ‘superdomingo’ en mayo y acelere las transferencias

El canario en la mina, el estornudo en Sabin Etxea que provoca un catarrazo en Moncloa… El órdago de Aitor Esteban ante más de 2.500 afiliados este domingo en Landako al conminar a Pedro Sánchez a echar ya la persiana de la legislatura y convocar elecciones antes de fin de año ante la sucesión de escándalos de corrupción que cercan a su Gobierno ha abierto el cajón de los tópicos madrileños sobre el olfato político del PNV, sus dotes de oráculo y su capacidad para hacer que le tiemblen las rodillas al Gobierno de turno. Pero la realidad, como reconoce un veterano jeltzale, es que es el Madrid político y mediático el que ha entrado en combustión, pero no así el presidente del Gobierno. «Sánchez no está nervioso, él tiene una estrategia y no depende de nosotros», admite.

De hecho, aunque el aviso de Esteban al presidente del Gobierno sobre la «irresponsabilidad» de seguir más allá de 2026 «sin rumbo, sin Presupuestos, sin una mayoría estable y con una agenda descontrolada y judicializada» sonó a línea roja traspasada, lo cierto es que el líder del EBB ya había lanzado un mensaje similar el pasado 13 de diciembre, ante la Asamblea General del partido, y en plena resaca de los frentes judiciales abiertos contra Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, el fiscal general del Estado y las acusaciones de acoso sexual contra altos cargos de Moncloa. Entonces, Esteban consideró que Sánchez debería «plantearse seriamente» convocar elecciones si no lograba detener la «hemorragia» de casos de corrupción. «Yo no me jugaría mucho dinero a que el Gobierno aguanta hasta 2027», dijo.

Desde entonces, la hemorragia se ha convertido en sangría y el PNV se ha limitado a poner en evidencia la «mayoría negativa» que ata de pies y manos en el Congreso al Gobierno PSOE-Sumar, además de infligir leves castigos como la abstención en el decreto de la prórroga de los alquileres, que decayó por el rechazo de Junts, o la enmienda a la totalidad a iniciativas promovidas, sobre todo, por Yolanda Díaz, como el Estatuto del Becario. Un intento de desembarazarse de la imagen de seguidismo de la izquierda radical que espanta a sus votantes tradicionales y al mundo de la empresa y de dar imagen de independencia política frente a los bloques que no se ha traducido en nada concreto ni ha hecho a Sánchez apartarse un milímetro de su declarada intención de agotar la legislatura. De momento, Esteban iría perdiendo lo apostado.

¿Y ahora? Todas las fuentes consultadas apuntan en la misma dirección: nada concreto tampoco, pese a la presión del PP, que exige a los jeltzales pasar de las palabras a «los hechos». Sin embargo, en Sabin Etxea insisten: no han hablado con Feijóo y la moción de censura «no está sobre la mesa del PNV» ni en su versión clásica –constructiva– ni en su variante «instrumental», es decir, facilitar un Ejecutivo transitorio del PP solo para convocar elecciones de manera inmediata. En el PNV se admiten contactos con Junts para analizar el devenir de la legislatura, pero se niegan maniobras para que los de Puigdemont presten votos al PP para impulsar una operación de ingeniería política que ponga fin a la legislatura con su consentimiento tácito. «Al final, si Junts da ese paso y hay moción tendríamos que votar y retratarnos. Y no nos conviene. Apoyar una moción de censura, sea del tipo que sea, es una maniobra de altisimo riesgo. Apareceríamos al 99,9% como los facilitadores de un Gobierno PP-Vox, que es lo que va a pasar si hay elecciones. Y eso hipotecaría nuestro futuro electoral. Es un hecho que muchos votantes en Euskadi prefieren a un PSOE corrupto que un Gobierno de PP y Vox», asumen, de manera extraoficial, los jeltzales.

Descartada la moción de censura, ninguna otra opción tiene virtualidad para poner fin al calvario que para los socios de Sánchez supone seguir arrastrando los pies al compás del goteo de sumarios judiciales e informes policiales. Ni la cuestión de confianza que exige Coalición Canaria, a la que Sánchez debería aceptar someterse –no parece el caso–, ni un desmarque a lo Junts que se vería como un gesto vacío e incluso contraproducente si se somete a votación algo que pueda beneficiar a Euskadi. ¿Que pretendía entonces Esteban con el mensaje del domingo, que comunicó a las ejecutivas territoriales ya a mediados de la semana pasada? «Calmar su silencio», sentencia un jeltzale habitualmente crítico. «No estamos con Sánchez pero eso no significa que apoyemos la alternativa», aclara un dirigente de primera línea.

«Ahora llega lo complicado, afrontar las contradicciones de decir esto y no hacer nada», alertan en el partido. Sin embargo, el bocinazo puede tener otra intencionalidad, «amenazar» a Sánchez con la poderosa imagen de verse abandonado por todos para intentar, al menos, evitar el desastre completo que para el PNV supondría un ‘superdomingo’ electoral en mayo, una opción que espanta a Sabin Etxea por la tradición que el voto dual tiene en Euskadi (votar distinto en generales y en autonómicas o forales) y que podría beneficiar a Bildu, como advirtió ayer Pablo Iglesias. Los jeltzales confían en que el tirón mediático que tienen sus advertencias les sirva al menos para intentar presionar a favor de una fecha más temprana para las generales, una opción que también exigen alcaldes y cargos autonómicos del PSOE para intentar recomponerse tras un batacazo que se da ya por inevitable. La otra opción que se deja abierta es que Sánchez, que tiene pendiente una reunión con el lehendakari Pradales en julio, acelere las negociaciones del primer bloque de la Seguridad Social o de otras cuestiones candentes como el traspaso de las competencias migratorias para aplacar al PNV. Se trataría de hacer de la necesidad virtud e intentar que la endiablada situación juegue a su favor en la medida de lo posible. Pero los riesgos de salir escaldados son elevados.