Sergi Doria es, sin duda alguna, uno de los mejores periodistas culturales que hoy tenemos en España. Doctor en Periodismo, da clases en las universidades Ramon Llull e Internacional de Catalunya. Ha publicado tres novelas que forman una trilogía, sus títulos sugestivos son: No digas que me conoces, La verdad no termina nunca y Antes de que nos olvides. Asimismo, tiene una antología donde rescata viejos e interesantes textos, repartida en tres volúmenes: Un país en crisis, Mujeres en primera plana y Los años amarillos. Escribió una novedosa biografía sobre Ignacio Agustí, prologada por su inolvidable amigo Carlos Ruiz Zafón, y este año ha publicado otra, siempre espléndidamente elaborada, Joaquín de Gispert y el Liceo.
Es importante saber elegir nuestras lecturas y saber por qué las escogemos. A partir del dicho gastronómico de que somos lo que comemos, Sergi Doria cree que «cuando una novela nos impacta somos lo que leemos». Hoy quiero glosar su guía actualizada La Barcelona de Carlos Ruiz Zafón. Hace ahora veinticinco años de la publicación de La sombra del viento, un superventas mundial con el que Ruiz Zafón inició una tetralogía de novelas: el ciclo del Cementerio de los Libros Olvidados. Después vino El juego del ángel. Y en la tercera entrega, El prisionero del cielo, Sergi Doria aparece descrito bajo el nombre de Alburquerque: «profesor de la Facultad de Letras y articulista y crítico, se pasa los días enfrascado en los trabajos de sus alumnos y los libros de la biblioteca de la calle del Carmen». Ruiz Zafón concluyó la serie con El laberinto de los Espíritus, publicada hace justamente diez años.
A pesar de ser un ratón de biblioteca, Sergi Doria pisa la calle y lo hace con entusiasmo, curiosidad y erudición, siempre conectándose con el pasado, con la historia. En esta guía describe ocho rutas por la urbe barcelonesa que aparecen en las novelas de Ruiz Zafón, para quien su Barcelona favorita se situaba en el mes de octubre. Sergi me supera con creces en su afán observador al pasear por la Ciudad Condal y en sus conocimientos sobre ella, por esto me complace leerle. Con él me entero de que Rambla es un término procedente del árabe ramlah (arenal), o que el Teatro Poliorama «alberga el edificio con observatorio astronómico donde el escritor George Orwell se refugió en mayo del 37 de sus perseguidores estalinistas». Y evoca, asimismo, la singular Avenida de la Luz, que «componía una suerte de Barcelona subterránea con bares, tiendas, cine y limpiabotas hasta que la decadencia la convirtió en un reducto marginal».
Muchos ignoran o han olvidado que a mediados del siglo XIX las murallas medievales de Barcelona fueron derribadas y que las rondas son su huella. La ya desaparecida librería Catalonia estaba situada en la Ronda de San Pedro, pero se inauguró en 1924 en el solar donde luego se edificó el Banco de España. Son numerosas las metamorfosis experimentadas en la plaza de Cataluña; si existe un paisaje cambiante en Barcelona es éste, dice nuestro autor. Refiriéndose a la sombra del modernismo y de Gaudí, nos recuerda que la primera piedra del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia fue colocada el 19 de marzo de 1882 por el obispo Urquinaona, quien consiguió del papa León XIII que la Virgen de Montserrat fuera declarada patrona de Cataluña.
«Barcelona –apunta Doria- son varias ciudades de los muertos. En concreto, nueve camposantos: Montjuïc, Pueblo Nuevo, Collserola, Les Corts, San Andrés, San Gervasio, Sarriá, Horta y Sants. Más de 11.000 inhumaciones anuales, 336.000 sepulturas y 2,5 millones de metros cuadrados de superficie. Memoria de la metrópoli y de sus necrópolis. La actividad febril de los vivos y el sueño eterno de los muertos. Los palacios y los panteones. La otra dimensión». Y con buen sentido del humor, recuerda que el añorado actor Joan Capri decía que todos los barceloneses teníamos asegurado un apartamento con vistas al mar, refiriéndose al cementerio de la montaña de Montjuïc.
Son innumerables los rincones a los que prestar justificada atención. Así, por ejemplo, el palacete neoclásico donde se alberga el Ateneu Barcelonès, «uno de los muchos rincones de Barcelona donde el siglo XIX todavía no ha recibido noticias de su jubilación». El antiguo museo y luego restaurante El Taxidermista, en la plaza Real, donde se fundó Ciutadans. Las entrañables granjas de la calle Petritxol. O el Bar Velódromo, en la calle Muntaner, inaugurado «con barandillas de caoba, altillo con billar y letras geométricas de inequívoco estilo art déco, el establecimiento acogió tertulias y fue escenario de la agitada vida política de los años republicanos».
He preferido ceñirme a la mirada personal de Sergi Doria, sobrepuesta a su vinculación a la obra de Carlos Ruiz Zafón. De forma exquisita, ofrece una Barcelona de todos, abierta y ajena a quienes pretenden su propiedad en exclusiva.