Luis Ventoso-El Debate
  • Los señalamientos al presidente, citado once veces es en el auto de Pedraz sobre la banda de Cerdán y Leire, lo abocan a pasar de un modo u otro por los tribunales

Siempre me rondó la mente una pregunta durante los humillantes días de pasteleo con Puigdemont y la amnistía con la que Sánchez se compró la presidencia tras perder las elecciones. Él mismo explicó a las claras que la condecía porque se había quedado a cinco escaños del Frankenstein 2 y necesitaba ganarse el apoyo parlamentario del fugitivo.

La pregunta que me hacía por entonces es la siguiente: ¿No comete delito alguno el presidente de una nación, en este caso España, cuando en lugar de poner los medios para detener a un fugitivo de la justicia, oculto en el extranjero, hace todo lo contrario, facilitar su inmunidad? ¿No delinque el presidente cuando por un puro beneficio personal acepta unas exigencias dictadas por el delincuente golpista que afectan a todos los españoles?

Negociar a escondidas en el extranjero con el coautor de un golpe sedicioso, en lugar de trabajar para que rinda cuentas ante la justicia, supone una prevaricación de libro. Si eso no es un delito, entonces, ¿qué es ya delictivo en España?

Cuando sucedieron aquellos hechos, el temor al poder de Sánchez era todavía tal que nadie osó a denunciarlo por un posible delito de prevaricación (en realidad una traición en toda regla, pues por razón de cargo estaba obligado a observar y hacer cumplir el orden constitucional, que incluye de manera medular la unidad de la nación y la igualdad de los españoles ante la ley).

Con la colaboración del perverso jurista Pumpido, Sánchez salió ileso de aquella aberrante maniobra urdida en secreto en Bruselas y Ginebra. La amnistía a los golpistas catalanes fue bendecida por el TC y recibió la rúbrica de un jefe del Estado que en 2017 había hecho el discurso de su vida parando el golpe que ahora se amnistiaba.

El problema de Sánchez es que tres años después su predicamento ha quebrado. Los crecientes escándalos de corrupción, la cascada de derrotas electorales del PSOE y la parálisis de su Gobierno lo han convertido en un pato cojo al que casi todo el mundo ve de salida (incluidos los preocupados cargos regionales y locales de su partido, que temen que los arrastre).

Este Sánchez demacrado política y físicamente ya no impone tanto. Así que me atrevo a vaticinar que será casi imposible que no acabe en tribunales en calidad de investigado por los escándalos que lo cercan, pues se acumulan las sospechas de que es el secreto promotor de unos casos y un elemento imprescindible en otros.

El auto de Pedraz, que cita once veces a Sánchez, supone un problemón judicial para él. Ahora mismo tiene que estar sudando tinta. En los días de la pantomima de los cinco días de retiro tras la imputación de su mujer, el hombre fuerte de entonces del PSOE, el corrupto Cerdán, organizó con Leire Díez una pequeña y dinámica banda, financiada con dinero negro y facturas simuladas, para lanzar una guerra sucia destinada a torpedear a los fiscales y agentes del orden que investigaban a familiares del presidente y a miembros del partido y el Gobierno.

«Sale la imputación de Begoña Gómez, la mujer del presidente, y entonces el presidente ya dijo: ‘Que se limpie todo’». «Límpiese, sin límite». Son afirmaciones de Leire incluidas en el auto donde Pedraz la imputa junto a Cerdán y la gerente del PSOE por montar una célula de guerra sucia para arreglarle sus problemas a Sánchez.

El auto recoge además sendas referencias de los integrantes de la trama criminal a «the One» y «el súper jefe», que sería quien les dio la orden de obstaculizar a jueces, fiscales y la UCO en casos delicados para el presidente. La alusiones a Sánchez son continuas en un auto que ha provocado la insólita situación de ver a agentes de la UCO realizando un registro de horas en Ferraz y otro inédito en la Dirección General de la Guardia Civil.

«¿Trabajaba Leire para el PSOE?». Le preguntaron a Sánchez cuando compareció en la comisión del Senado, agarrado a aquellas gafas de diseño que no se han vuelto a ver: «Que me conste, no», respondió con una pequeña venda preventiva.

Pero ahora la pregunta es otra: ¿Dio Sánchez la orden de montar la unidad de guerra sucia de Cerdán y Leire? Tarde o temprano, un juez va a tener que llamarlo para trasladarle esa cuestión. Y hasta puede que en calidad de investigado.

Por no hablar de que si Plus Ultra es el escándalo que parece y acaba con Zapatero, resultará necesario encararse también con quien contra toda lógica rubricó tan inexplicable rescate, que fue el consejo de ministros presidido… por Sánchez. Incluso un día tocará investigar a fondo quién dio la orden por la que García Ortiz se lanzó a altas horas de un domingo a una guerra sucia que buscaba perjudicar a una gran enemiga política… de Sánchez.

Disculparán que acabe con una pequeña humorada, a la que no puedo resistirme. En caso de que algún día llegue una doble condena, resultaría durísimo ver al hombre «profundamente enamorado» separado de su amada debido a que ambos deben pernoctar por razón de sexo en instituciones del Estado diferentes. Pero ese desgarrador problema tendría fácil solución. Bastaría con que uno de los dos «transicionase» y ya podrían compartir establecimiento. Maravillas de los «avances en derechos» del Gobierno de la «coalición progresista». O un retrato del disparate que nos ha montado en estos siete años largos de pomposo delirio ególatra.