Ignacio Camacho-ABC

  • Vienen a por nosotros, es la consigna. El Estado de Derecho al revés: los jueces son golpistas y los delincuentes, víctimas

A principios de la Transición hizo fortuna la metáfora del búnker como expresión gráfica de la resistencia al cambio de los nostálgicos de Franco. Ahora lo es del atrincheramiento del Gobierno socialista frente a la Justicia que investiga la corrupción de su mandato y contra la alternancia consustancial a los regímenes democráticos. Un enroque a ultranza basado en la fantasmal teoría de la conspiración y el ‘lawfare’, dos conceptos habituales del populismo autocrático que conducen inevitable y deliberadamente al cuestionamiento de la independencia de los poderes del Estado. Incapaz de defenderse con explicaciones convincentes, Sánchez ha enviado a sus pretorianos a refutar la certeza de que su liderazgo no está cercado por los jueces sino por sus propios escándalos. El presidente se ha convertido así en una excepción europea: la de un gobernante dispuesto a mantenerse en el cargo a pesar de tener imputados y/o en la cárcel a sus familiares directos y a sus colaboradores más cercanos.

Vienen a por nosotros, es la consigna. Y no les falta razón porque son sospechosos de una importante actividad delictiva cuya persecución corresponde a los juzgados y la Policía. Como todo culpable –el Ejecutivo y su jefe lo son en el plano de la responsabilidad política, por inocentes que se finjan–, apelan al típico recurso exculpatorio de hacerse las víctimas de una cacería, olvidando que son los responsables del partido los acusados de presionar a la Guardia Civil y la Fiscalía con sucias maniobras de alcantarilla. Por las aspilleras de la fortificación monclovita asoman los ministros disparando ametralladoras propagandísticas sobre los magistrados, la oposición y los periodistas que no forman parte de sus disciplinadas brigadas televisivas. Los autores de una desarticulación institucional cada vez menos subrepticia acusan de golpistas a los defensores de la legalidad constituida. Los capos de la Rosa Nostra reclamando su honorabilidad sin que se les escape la risa. Nos vacilan.

El mensaje va dirigido a la militancia irredenta, la tropa de choque dispuesta a pasar ruedas de molino por sus tragaderas. Ahora se trata de cerrar filas, de salvar algo de cohesión tribal a sabiendas de que ante el grueso de los ciudadanos no hay fuerza de convicción para neutralizar el peso abrumador de las evidencias. La invención del enemigo es otro clásico populista, el de la convocatoria épica a resistir una supuesta agresión ajena. Han puesto en marcha una campaña de afiliación bajo la bandera del combate contra la ultraderecha; está en riesgo la supervivencia de la propia organización, ya reducida por el sanchismo a una carcasa hueca, una mera cámara de eco y repetición automática de sus lemas. Y quizá la gestión de la derrota vaticinada en las encuestas; en el énfasis de figuras como Óscar Puente se adivina un esbozo de postulación interna. Lo que queda por saber, a tenor del turbión judicial que descarga sin tregua, es si va a quedar alguien de la nomenclatura a salvo de la tormenta.