Iñaki Ezkerra-El Correo

Los influencers están desplazando a los críticos profesionales en los estrenos cinematográficos. Leo un reportaje que cuenta cómo las productoras, distribuidoras y agencias de representación «apuestan cada vez más por creadores de contenido para dar a conocer sus últimas películas». Lo primero que a uno le llama la atención es esa acuñación léxica de ‘creadores de contenido’. Uno pensaba que el contenido residía más en los argumentos razonados que un crítico nos brinda a la hora de juzgar una obra de arte (de cine en este caso) que en la publicidad acrítica que le pueda hacer un famoso en un vídeo por el que además le pagan bien los interesados. La publicidad, la propaganda, el marketing es, por definición, forma, envoltura, continente y no contenido.

Las razones, o excusas, que se dan desde la industria y el comercio del cine se basan en que ese tipo de mensajes llegan adonde no llega la crítica tradicional y atraen de un modo más eficaz a la gente joven, de lo cual se deduce que hemos creado una sociedad en la que el espíritu crítico no se difunde, no vende, o -peor aún- estaría incluso mal visto por las nuevas generaciones. Ese argumento me ha recordado una canción que lanzó el grupo pop Paraíso en 1980 y que aspiraba a convertirse en un himno generacional. Se titulaba ‘Para ti’ y en su letra había una hostil alusión a quienes se dedican a la noble tarea de juzgar con argumentos un producto artístico: «Nos olvidamos de los críticos seniles. /Nos encerramos en castillos de cartón. / Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos…».

Parece que la identificación de la crítica con la senilidad ha prosperado en el medio siglo que ha pasado desde entonces a pesar de que tanto los artífices de esa letra como los propios destinatarios anden hoy por la edad de jubilación y en vísperas de una vejez sin criterio, que sería la peor de todas pues no hay cosa más senil que una mirada complaciente y bobalicona tanto de las películas como de todo lo que te rodea.

No. No haré una defensa de ese tipo tradicional de crítico implacable que en su día tuvo el monopolio de la opinión cultural y que se permitía tanto hundir una obra genial como ensalzar otra mediocre. La historia de la literatura y la de la pintura están llenas de esos casos que se recuerdan como ilustrativos de la ceguera y de los prejuicios. Por suerte la sociedades occidentales se han hecho más plurales. Por suerte esa pluralidad alcanza a la propia crítica. Pero, ya que es así, ya que no existen los críticos sagrados y que hasta ‘El canon occidental’ de Harold Bloom ha sido contestado, sería igualmente deseable que la tarea de la crítica tuviera la difusión que hoy tienen esos 2.000 influencers que contrató la Warner Bros para que bendijeran un bodrio como la versión de ‘Cumbres borrascosas’ de Emerald Fennell.