Ignacio Camacho-ABC
- Pedro ya no puede irse por las buenas. Con la justicia en los talones no le queda otro camino que el de la ruptura completa
Los ocho años de Gobierno de que tan orgulloso se siente Sánchez no son en el fondo sino una revancha narcisista contra la nomenclatura del partido que quiso desembarazarse de él para evitar que hiciera lo que hizo. Esto es: conceder impunidad a los golpistas catalanes, liberar a los asesinos etarras protegidos por Bildu, revocar el consenso constitucional y anular el dispositivo de contrapesos democráticos para construir un liderazgo autoritario en torno a sí mismo. Aquella alianza Frankenstein que, como sabía Rubalcaba, tenía en la cabeza desde el principio era el instrumento de un proceso de desclasamiento personal y de sus familiares y amigos; la herramienta de un asalto al poder con el objetivo de privatizarlo y exprimirlo en su beneficio.
El balance del mandato es devastador para el Estado, como resulta lógico tratándose de un acuerdo con todos los grupos cuyo propósito programático consiste en desmantelarlo. Pero antes tuvo que desarbolar la estructura del PSOE para hacerse con el control mediante la implantación de un régimen de populismo plebiscitario. Su victoria en las primarias desfiguró el modelo socialista de funcionamiento orgánico; renunció a la vocación mayoritaria del proyecto y lo convirtió en la cabeza tractora de un bloque de aliados con los que compensar su falta de respaldo ciudadano. La estrategia de la polarización supone el reconocimiento de ese papel minoritario; el día que abandone el cargo dejará al país y a su propia formación en un colapso simultáneo.
Hoy sabemos que la corrupción no fue el motivo de la moción de censura sino el pretexto. Tres docenas de imputados, más los que vengan, conforman el relato de una banda de oportunistas entregada al saqueo desde el primer momento. Todo era mentira, falsificación, fingimiento, desde la tesis plagiada hasta el referente moral de Zapatero, pasando por el comité de expertos de la pandemia o el ficticio insomnio de Pedro ante la mera idea de pactar con Podemos. Incluso el Peugeot del mito refundacional era postureo fotogénico; en realidad la cuadrilla viajaba en un Mercedes que aparcaba lejos para llegar andando a las Casas del Pueblo. Antes que un estilo o un método, el sanchismo constituye una descomunal impostura, un simulacro de regeneracionismo ético.
Por eso no pueden irse por las buenas. La actual fuga hacia adelante sólo se entiende a partir del miedo a las consecuencias de que la farsa quede expuesta a la vista de los tribunales y de una opinión pública colérica. Si es menester someterán a la nación a otra vuelta de tuerca de esta espiral de crispación turbulenta, con la complicidad de unos socios para quienes cualquier alternativa será siempre peor que ésta. La desvertebración institucional, el frentismo político y la discordia civil son ahora su principal mecanismo de resistencia. Y la tensión irá a más a medida que empiecen a caer condenas. Con la Justicia en los talones y la legitimidad de ejercicio disuelta ya no les queda otro camino que avanzar hacia la ruptura completa.