Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo

  • A EE UU le convendría subir la apuesta y lanzar una ofensiva terrestre a gran escala.La invasión va a tener lugar, la hará el actual presidente o su sucesor

Los ayatolás iraníes no quieren la paz. Es demasiado divertido seguir humillando y ridiculizando a Donald Trump durante meses. Cada día que se prolonga el ‘impasse’, cada vez que Trump lanza un comunicado en su red social, o que Pete Hegseth farfulla una amenaza, y luego queda todo en palabras vacías -otra vez, y ya van…-, es día de celebración en los búnkeres donde se oculta la cúpula dirigente iraní.

Los ayatolás le tomaron la medida desde el principio a Trump y dieron por cierto que no les iba a invadir por tierra. A partir de ahí, ya podían los norteamericanos y sus aliados israelíes bombardear durante semanas que los líderes religiosos no pensaban ceder, igual que no cedieron los norvietnamitas en 1967 o los británicos en 1940. A un enemigo dispuesto a resistir a toda costa y que no está totalmente indefenso, o lo invades por tierra o tiras la toalla; así de sencillo.

Por lo tanto, incluso aunque Trump decidiese bombardear de nuevo, es improbable que los iraníes se sometan. Eso no significa que el poderío militar estadounidense sea inoperante. Una campaña de bombardeos lo bastante intensa, sin la perniciosa subestimación del enemigo, podría lograr desbloquear el estrecho de Ormuz. Por mucho que los iraníes se empeñasen en seguir atacando los barcos, las fuerzas aéreas norteamericanas podrían laminarlos y los marines podrían apoderarse de todas las islas en la zona, incluso aunque Trump continuara negándose a desatar una invasión a gran escala.

Pero los ayatolás no creen en esa invasión. Por ahora los norteamericanos ni siquiera parecen capaces de desbloquear por la fuerza el estrecho, viéndose reducidos a un contrabloqueo que parece mera represalia, confesión implícita de impotencia. Al llegar a este punto, la oligarquía clerical se arriesga a cometer el mismo error que Trump: menospreciar la voluntad y la capacidad de lucha del enemigo, pero los dirigentes chiíes sonríen, seguros de contar con la baza ganadora. Parafraseando una celebre película de fantasía y aventuras, Trump podría farfullar, amenazadoramente: «¡Yo tengo un ejército!» y los iraníes podrían responder, sonrientes: «Nosotros tenemos un Trump».

Por ahora, los hechos parecen darles la razón, pues Trump lleva ya varias semanas dando vueltas como pollo sin cabeza, llegando incluso a extremos grotescos, como la amenaza de bombardear Omán, que es un país aliado. Mientras tanto, las supuestas negociaciones se convierten en un tiovivo que no llega a ninguna aparte por muchas vueltas que dé. El peligro en la estrategia iraní es focalizarlo todo en Trump, sin entender que detrás del presidente loco hay mucha más gente, instituciones e intereses, que son incondicionalmente hostiles a Irán y con mucha mayor capacidad de acometer que el incoherente fanfarrón que se sienta por ahora en el Despacho Oval.

Lo cierto es que a EE UU le convendría mucho subir la apuesta y lanzar una ofensiva terrestre a gran escala. El estrecho ya está bloqueado. Por lo tanto, ¿qué puede perder? Una cosa es que Trump no quiera y otra que los demás no terminen convenciéndole, por muy difícil que sea de manipular debido a su personalidad errática y muy probablemente desquiciada. Por ahora, el presidente parece creer que puede estrangular la economía de Irán impidiéndole exportar por mar su petróleo. Sin embargo los iraníes tiran de reservas y logran sacar un goteo de crudo por vía terrestre, capacidad que sin duda van a ir incrementando mes a mes, de manera que Trump vuelve a subestimar a sus adversarios.

Mientras tanto, el republicano parece haber renunciado por completo a derribar el régimen clerical, si es que lo pretendió alguna vez. Para lograr este objetivo, sin duda lo mejor habría sido no atacar y dejar que el régimen se cociese en su propia salsa, entre protestas populares masivas siempre en ascenso porque nunca se resuelven los problemas pendientes. Los ayatolás son una dictadura represiva, sobre todo ahora que los Guardianes de la Revolución parecen haber tomado de facto todo el poder, en perjuicio de la administración civil e incluso de los clérigos. Y les da igual el daño que sufran los ciudadanos corrientes. Incluso piensan que empobrecer a los iraníes podría beneficiarles políticamente, si logran cargarles toda la culpa a los odiosos extranjeros infieles.

A corto plazo puede funcionar, pero a medio término es una apuesta perdedora. Los problemas que han provocado crecientes protestas masivas siguen sin resolverse, de manera que el régimen se sostiene sobre las bayonetas. Por lo tanto, si los norteamericanos invadiesen ahora, podrían encontrar un elevado porcentaje de colaboracionistas.

Y la invasión va a tener lugar. La hará Trump o la hará su sucesor, pero esto no va a terminar de otra manera.