Ignacia De Pano-Vozpópuli
- Le va a resultar muy difícil al Santo Padre librarse del abrazo del oso de un presidente del Gobierno que se bambolea como un zombi noqueado
España ha sido hasta hace muy poco un país católico. No me refiero con ello a un país de católicos, puesto que la relación de cada persona con su fe o con la falta de ella es estrictamente íntima, sino a una nación en la que la manifestación religiosa era homogénea. El calendario católico marca nuestras fiestas, los campanarios en el horizonte anuncian el siguiente pueblo, y la toma de los sucesivos Sacramentos constituye el rito de paso que marca el tránsito de una fase a otra de la vida. Raro era el niño hace veinte años que quedaba sin bautizar o sin hacer la Comunión. Incluso para los que no acababan de asimilar la importancia del acto religioso que se celebraba constituía un evento social de importancia capital. Con él llegaba el primer reloj o la primera bicicleta. Y la foto enmarcada vestidos de blanco en un lugar de honor en la casa de los abuelos forma parte de la memoria sentimental de millones de españoles.
Salvarse por libre
Por esa vivencia mayoritaria común resulta doblemente sorprendente el nuevo fenómeno de las conversiones. Por primera vez en nuestra Historia, estamos asistiendo al bautizo voluntario de adultos que deciden, ya de mayores, convertirse. Adultos que no fueron bautizados de bebés, como lo fuimos las generaciones que les preceden. Son personas que llegan al catolicismo desde un lugar muy diferente al del católico de cuna, que vive su religión, en la mayor parte de los casos, con cierta tibieza pero enorme seguridad de estar en su casa espiritual. Los conversos llegan a la Iglesia con enorme ímpetu y en algunos casos, que no son pocos, con cierta voluntad, por usar el palabro derivado del inglés, performativa. De repente alguien que hasta anteayer era ateo se vuelve experto en Concilios y filigranas teológicas y las redes sociales se llenan de Rosarios y disquisiciones religiosas que asombran al que vive su catolicismo desde la tranquilidad de quien, como decía mi padre, confía en salvarse por libre, sin alardes doctrinales y sin buscar la Misa óptima porque para eso está la de la parroquia más cercana.
A un católico normal de antes no se le hubiera ocurrido jamás leerse una encíclica. Y mucho menos despacharse con la frase “Aún no he leído la encíclica”, siendo la palabra clave de la frase el adverbio que la abre, para no pronunciarse sobre su contenido. Eran textos que por venir del Papa se respetaban e ignoraban en la misma proporción, sin que afectara en lo más mínimo su vida diaria como católico de base. Pues, en esta España que fue católica, estamos ahora esperando la llegada de este Papa matemático y afable que juega al tenis los martes en CastelGandolfo y que ha dedicado el primer año de su papado a bajarle el volumen a las tensiones que le dejó en herencia su antecesor, el muy polarizador y controvertido Francisco. Teniendo en cuenta que el hosco argentino jamás quiso visitarnos, merece León que agradezcamos que nos haya elegido para una de sus primeras visitas.
Presuntas concordancias ideológicas
Aún así hay razones para la preocupación, porque le va a resultar muy difícil al Santo Padre librarse del abrazo del oso de un Sánchez que se bambolea como un zombie noqueado por el peso de la corrupción endémica de su gobierno y que va a querer limpiar en su blanca sotana toda la basura que está saliendo a la luz. Como un comprador que carrito en mano escoge de entre los estantes de un supermercado los productos que le interesan y no los demás, el todavía presidente del Gobierno buscará abrasar al Papa subrayando presuntas concordancias ideológicas mientras oculta al mismo tiempo que no quiso darles a las víctimas de Adamuz el funeral religioso que estas querían, porque se empeñó contra su voluntad en sustituirlo por una vaga ceremonia masónica a la que los familiares y resto de víctimas decidieron no asistir.
Tampoco hablará de la toma a las bravas del Valle de los Caídos, o de las políticas contrarias en todo al magisterio de la Iglesia que definen a su gobierno. El muy ateo Sánchez acudirá por primera vez a una Misa para ver si puede robarle al Papa algo del prestigio que si él tuvo alguna vez ya ha perdido.
El clero nacionalista catalán
No será fácil para León XIV salir con bien de la encerrona en la Sagrada Familia. No podemos olvidarnos del tristísimo papel que la jerarquía catalana jugó en los años del procés golpista previos al referéndum del uno de octubre. Hay que recordar siempre que las urnas salieron de las sacristías de las parroquias y se colocaron frente al Altar Mayor de muchas de ellas, negando a más de la mitad de la población catalana su derecho a ser y seguir siendo españoles. No fueron pocas las Homilías desintegradoras y nacionalistas que llevaron a muchos fieles a no sentirse bienvenidos en sus templos. Los pocos sacerdotes que libre y valientemente se plantaron ante la ola independentista llenaron sus bancos de feligreses y pagaron el precio de su coraje después.
Quiero pensar que el Papa sabrá sobrevolar la papilla supremacista de los obispos que le rodearán untuosamente en su estancia en Barcelona sin caer en la trampa que con absoluta seguridad le tenderán, pero no sería la primera vez que esto suceda. Los católicos catalanes estamos acostumbrados a las traiciones de nuestros líderes, y con esa tibieza absolutamente determinada a no dejarse vencer que caracteriza a los viejos católicos, a resistirlas.
A pesar de los peligros y de los cocodrilos que pueblan la ciénaga del Gobierno que están ya con las fauces abiertas esperándole, la visita del Papa es un motivo de Alegría para todos. Recemos, los que contemos con ese consuelo, para que sea un éxito sin paliativos.