Amaia Fano-El Correo

Así como se habla a menudo del ‘síndrome del impostor, la psicología ha estudiado profusamente la tendencia opuesta de algunas personas a pensar que saben más de lo que en realidad saben y a considerarse más competentes, inteligentes y sagaces de lo que en realidad son.

Más o menos lo que acaba de hacer Pablo Iglesias al atribuirse públicamente el dudoso acierto de haber conseguido engañar al PNV para que votara a favor de la moción de censura que hizo presidente a Pedro Sánchez hace ocho años.

Según el exlíder morado, la operación que derribó a Mariano Rajoy tras la sentencia de la Gürtel, fue diseñada por él mismo que, en un alarde de astucia política, habría engañado a Andoni Ortúzar y Albert Rivera (?) para conseguir que Sánchez acabase en la Moncloa sin necesidad de tener que hacer una sola llamada para obtener los apoyos necesarios.

Que el mérito fue enteramente suyo es lo que el vicepresidente ha venido a decir. Pero, además de extemporáneo, su relato «tiene las piernas muy cortas».

«Fue una victoria al mus que sale una vez en la vida», se jactaba Iglesias de haber embaucado al PNV en Radio Nacional. A lo que Aitor Esteban no tardaba en contestarle a través de la red social X que «buen farol, pero no te da para órdago». O, lo que es lo mismo, que «menos lobos caperucita». Mientras, por su parte, Albert Rivera se limitaba a constatar lo obvio, en una intervención televisiva: que Ciudadanos sumó sus votos a los del PP para votar en contra de la moción contra Rajoy. Ergo, no hubo tal engaño. Y si Iglesias lo intentó, desde luego no lo consiguió.

Entonces ¿a qué obedece este nuevo alarde de soberbia intelectual del factotum de Podemos, de cuyo talante proclive a eso que en el habla popular vendría siendo «actuar como un listillo», no es la primera vez que tenemos noticia?, se preguntará usted, como me pregunto yo.

Y la respuesta no puede ser otra que una ambición de protagonismo desmedida que da un poco de vergüenza ajena. No ya por lo que tenga de falaz y de «cuento del abuelo cebolleta», sino a la luz de adónde nos ha conducido aquel ardid parlamentario y de los resultados que para su formación política, reducida hoy a la nada más absoluta, tuvo empoderar al sanchismo.

Lejos de sacar pecho, quienes impulsaron y apoyaron aquella moción de censura debieran de reconocer públicamente que cometieron, como poco, un error de cálculo pues el único maestro del engaño que ha habido -y que hay- en esta historia se llama Pedro Sánchez Castejón. La persona que llegó prometiendo limpieza y regeneración democrática y ha acabado liderando un gobierno y un partido hoy bajo sospecha, por incurrir más que presuntamente en prácticas antidemocráticas de inspiración mafiosa, cuya gravedad supera con creces la de la corrupción precedente.

Iglesias presume de haber sido el gran tahúr de la moción de censura a Rajoy. Sin embargo, ocho años después, cuesta encontrar alguien dispuesto a reivindicar aquella «jugada maestra». La mayoría admite que no hay nada de lo que presumir y sí mucho que lamentar. Salvo, naturalmente, el único jugador que a punto está de hacer saltar la banca, si nadie lo remedia antes.