Agustín Valladolid-Vozpópuli
- No hay urgencia que hoy justifique la cancelación de principios que antes eran irrenunciables. Ni siquiera teniendo razonables opciones de ganar
Llevo media vida oyendo que la moción de censura que Felipe González presentó en mayo de 1980 contra el gobierno de Adolfo Suárez, sabiendo que no tenía opciones de ganarla, fue un ejemplo de valentía política y coherencia. Últimamente, he vuelvo a escuchar el argumento como contrapunto a la actitud, dicen que meliflua, de Alberto Núñez Feijóo. La confrontación entre aquella decisión y estas dudas es un síntoma más del predominio que ejercen las formas sobre el fondo.
La de 1980 fue una moción pedagógica, diseñada para que muchos españoles se desprendieran de las dudas y prejuicios que tras cuarenta años de dictadura les suscitaba un partido en cuyo pasado no solo había pecados veniales, como le gustaba recordar a Ramón Rubial. González subió al estrado sin tridente, ni cuernos ni rabo, y consiguió lo que se propuso: confirmarse como alternativa no aventurera de un experimento que Suárez manejó con gran habilidad y notable éxito pero que estaba llegando a su fase final.
Nada tiene que ver la situación de hoy con aquella. En los 80 nos jugábamos la consolidación de la democracia. Hoy, aunque no faltan emergencias que atender y es verdad que no solo está en juego el color del gobierno, sino algo de mayor calado, la moción de censura ni es pedagógica, porque sabemos de sobra quién es Feijóo y lo que en esencia defiende, ni es útil, porque no se ganaría. Pero, sobre todo, es contraproducente, ya que su más probable resultado sería el del funesto repunte -aún más- de la polarización.
El milagro papal de los vendedores de humo
Los que desde dentro del Partido Popular presionan para que Feijóo dé un paso adelante e involucre (y él mismo se involucre) a PNV y Junts en una maniobra de dudoso provecho político y social, sitúan el tacticismo y el corto plazo por delante de aspiraciones más estratégicas y ponen en riesgo la imagen de un liderazgo supuestamente preparado para afrontar con determinación y realismo los problemas del país.
Feijóo nada debiera pedirle, ni mucho menos deberle, a Carles Puigdemont, salvo que no esté dispuesto a cumplir la promesa de, alcanzado el poder, hacer todo lo que esté en su mano para que la Justicia termine el trabajo que quedó pendiente tras la fuga del expresidente de la Generalitat. No hay urgencia que hoy justifique la cancelación de las señas de identidad. Menos aún de los que has presentado como principios irrenunciables. Ni siquiera teniendo razonables opciones de ganar.
A España ya no le queda sitio ni paciencia para más juegos malabares. Necesita seriedad y certezas. La España de 2026 no es la que celebran txotxolos con labia que lanzan a los cuatro vientos la buena nueva del milagro que se dispone a obrar el Papa en su próxima visita a nuestro país. Milagro, al parecer, consistente en transformar Madrid en la “capital plural de un Estado plurinacional del sur de la UE, que es el timbre y esmalte de la mayoría transversal, plurinacional y periférica del Congreso”.
Esta sandez entrecomillada la firmaba el lunes en La Vanguardia el mismo que en 2021, mientras cobraba con cargo a los Presupuesto Generales del Estado como jefe de Gabinete de la Presidencia del Gobierno con rango de secretario de Estado, desatendió sus funciones para diseñarle la campaña de las autonómicas catalanas a Salvador Illa. Se llama Iván Redondo, y en aquella ocasión tuvo la ayuda inestimable de un subordinado llamado Paco Salazar, también alto cargo al que todos los españoles le pagábamos el sueldo mientras defendía los particulares intereses de su partido.
España ilusoria versus España real
En su glorioso artículo del lunes, Redondo nos ha dejado otras perlas que no me resisto a reproducir: “Hoy es 1 de junio y se cumplen ocho años de la proclamación de Sánchez presidente tras la victoria de la primera moción de censura de nuestra historia, que dirigí. Aquello fue un milagro. Siento que puede lograrse de nuevo (…). Llega León XIV. Regresa el espíritu de 2018. Los dioses de la política nos escuchan y analizan. Y en el 2027 van a tirar sus dados”. Hay algo peor que ser un fatuo: propagarlo.
Redondo es el prototipo del vendedor de expectativas, del tendero que despacha relatos de ficción al mejor postor y hace abstracción de la realidad, porque la realidad es la ruina de su negocio. Afortunadamente hay quienes siguen teniendo los pies en el suelo. Coincidiendo con las jaculatorias de Redondo, el exministro socialista Jordi Sevilla denunciaba a los vendedores de humo y nos sacaba en Cinco Días de la ensoñación: “Fiel a sus ideas populistas de amigos contra enemigos y levantar muros, redistribuir la riqueza y repartir de manera equitativa los frutos del crecimiento nunca ha estado entre los objetivos de la política del Gobierno Sánchez y sus aliados, que los han diseñado siguiendo los consejos de los expertos en marketing político‑electoral y no según unos principios socialdemócratas o progresistas”.
La España real, la de un país que en estos ocho años, y en lo verdaderamente importante (convivencia, igualdad de oportunidades, redistribución de la riqueza, consensos políticos, modernización…) no ha producido ningún progreso significativo, frente a la España ilusoria de los malabaristas de la política. Estaría bien que Feijóo nos aclarara cuál de ellas es la que quiere gobernar.