Gabriel Sanz-Vozpópuli
- El veterano socialista Vasco se equívoca pidiendo un congreso extraordinario para que decidan unos cuadros hoy temerosos de esa militancia del tuit y el zasca
Siempre me ha producido ternura esa imagen de gentleman surgido de Cuatro bodas y un funeral que se gasta el veterano Ramón Jáuregui, ex todo en el PSOE y en la política vasca, y ex ministro del último gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (2010-2011); una suerte de atildado maestro de esgrima trasplantado desde cualquier club londinense o campiña inglesa a este lodazal árido con navaja cachicuerna que siempre ha sido y es la política española.
La de Jáuregui se antoja una figura parada en un tiempo en que nos recordamos mejores -nunca lo fuimos-, allá donde habitan los unicornios de la paz perpetua kantiana, que, por cierto, tampoco disfrutaron nunca nuestros antepasados más recientes y también los más lejanos. Cinco guerras civiles contemplan nuestros traumáticos siglos XIX y XX, cuatro carlistas y la traca final, la buena, donde lo dimos todo para no perder el podium en la historia universal de la infamia, que diría Borges.
Porque, no nos engañemos, en España somos más de largo armisticio después de medio millón de muertos -concretamente entre el uno de abril de 1939 al 6 de diciembre de 1978- para después ir a una paz constitucional autoimpuesta por nuestros abuelos y nuestros padres todavía con el miedo en el cuerpo que les metía haberse conocido tan bien los hunos a los hotros en las trincheras cuarenta años antes.
Acabemos antes con el odio
Así que, escuchar al ex ministro de Presidencia de Zapatero que el PSOE debe celebrar un congreso extraordinario para enderezar este rumbo de colisión electoral -cuatro derrotas autonómicas le contemplan- y judicial -dos ex secretarios de Organización ya han pasado por prisión provisional y ahí anda su ex jefe a punto de sentarse ante el juez Calama– mueve a la melancolía que rodea al desencanto de lo que pudo ser y no fue.
Para que tal cosa ocurriera, antes tendrían que pasar otras en ese ámbito que él denomina “prepolítica”; por ejemplo, que la nueva secretaria general de Juventudes Socialistas, Aránzazu Figueroa, renunciara al odio que destilaron su primeras palabras en la toma de posesión; que Figueroa no considerara, como considera, “herederos del franquismo”, “pijos de salón” y “mala gente” (sic) a sus adversarios de las Nuevas Generaciones del PP.
Algo han hecho mal -aquí no quiero usar la primera persona del plural, no me reconozco- Jáuregui y todos sus cuales, empezando por el hoy líder socialista y presidente del Gobierno encargado de ese intangible que es La Paz civil entre españoles… ¿Gentes de 20, a lo sumo 25 años, desandando artificialmente el camino de reconciliación que iniciaron hace cincuenta años sus padres y sus abuelos, esos que sí conocieron la semilla de Caín?
Todos sabemos, el primero Jáuregui, que esas frases en un discurso escrito y leído en presencia de Pedro Sánchez no son fruto de un calentón; forma parte de un estado de opinión muy en boga hoy en las filas socialistas hacia todo lo que no sean ÉL, sus políticas y su forma de conducir el partido, incluidos los socialistas críticos que le combatieron en aquel aciago Comité Federal del uno de octubre de 2016.
Diez años de ‘guerra civil’ interna
Este veterano socialista vasco forjado en la lucha contra el terrorismo y la sinrazón sabe que, para que las diferencias entre Sánchez y Emiliano García Page permitieran un cónclave socialista sosegado y racional como el que tú propones,, primero tendría que finalizar la particular guerra civil que se traen sanchistas y antisanchistas…Y no parece.
Hoy el PSOE no es el mismo de hace una década; por supuesto no en el que Jáuregui ejerció de maestro de ceremonias de la Conferencia Política (2013) con la que Alfredo Pérez Rubalcaba solo pretendía ganar tiempo hasta la abdicación de Juan Carlos I, para luego acabar dimitiendo él,; una conferencia en la cual dos jovencísimos diputados, un tal Pedro Sánchez y María González Veracruz ejercieron de ayudantes suyos recorriendo España y recogiendo en las agrupaciones enmiendas a la ponencia política que él redactó.
Aquel PSOE de Felipe González y, en cierto modo, también de José Luis Rodríguez Zapatero, de toma de decisiones en la mesa camilla entre sus dirigentes, tan denostada por las bases, ya no existe. Ha dejado paso a otro de liderazgo unipersonal elegido en primarias que, a su vez, dará paso a otro, tipo tuitero Oscar Puente, tan del gusto de la militancia.
Por eso creo que Jáuregui se equivoca pidiendo un congreso extraordinario, porque al mismo asistirían un millar de compromisarios y cuadros medios de cada federación más pendientes y temerosos de esa militancia del tuit y el zasca en redes sociales que de aportar propuestas programáticas serias al debate.