Ignacio Camacho-ABC

  • La estrategia de la oposición está tropezando con la aritmética. El fracaso de las fantasías genera sensación de impotencia

Sánchez aguanta porque puede aguantar. Porque no hay mayoría alternativa. Podría haberla si alguno de los partidos que apoyó su investidura se arrepintiera, pero no es el caso, así que deja de darle vueltas por mucho que te consuma la impaciencia (y la impotencia). La democracia también es aritmética y la Constitución está pensada para dar estabilidad al poder Ejecutivo, cualquiera que éste sea. Sí, los constituyentes no previeron el uso torticero de la ley, pecaron de una cierta confianza ingenua, pero ése no es problema. El problema es que en 2023 la derecha se quedó corta de escaños y ahora no salen las cuentas para esa moción de censura con la que fantasea. En un régimen parlamentario las mayorías se arman con diputados, no con encuestas.

La política española ha abusado de la moción testimonial en los últimos años. Cuando se cita el ejemplo de Felipe González se suele olvidar que él esperaba el respaldo de una parte de aquella UCD en colapso. Al final no se produjo la traición que se estaba fraguando y el debate quedó en una victoria simbólica del aspirante frente a un Suárez agotado. Desde entonces varios dirigentes de la oposición han repetido la jugada sin sacar nada en claro, salvo banalizar la fórmula con esos intentos vanos. Pedro tuvo éxito porque tenía los números; se los terminó de amarrar Ábalos aunque ahora Pablo Iglesias pretenda apuntarse el tanto. Los tenía desde antes de que su partido lo expulsara del liderazgo, y ése fue el acicate que lo impulsó a recuperarlo.

El sentimiento de frustración que arrastras es lógico, pero la culpa no es de un modelo jurídico imperfecto. Todos lo son en algún aspecto, y el nuestro responde a la voluntad de evitar que los cambios de alianzas sobrevenidos tumben gobiernos. La mala fe de este presidente ventajista lo ha puesto a prueba, porque en la práctica ha abolido el concepto de responsabilidad al eludir el control de un Congreso ante el que no se atreve siquiera a presentar los Presupuestos. Esa conducta tramposa, que adultera los preceptos constitucionales y los usos democráticos colándose por las rendijas del derecho, requerirá ajustes normativos concretos cuando llegue el momento. Es decir, cuando sean más que menos los ciudadanos dispuestos a romper el bloqueo.

Lo que el sanchismo no ha podido manipular todavía, y mira que lo intenta, es la acción de la Justicia. Ese poder del Estado mantiene su autonomía y ya has visto hasta qué punto resulta efectiva. No te estoy diciendo que te resignes, sino que recuerdes que la esencia, la estructura del sistema está bien protegida. Y que el resto del trabajo lo han de hacer los agentes políticos y el conjunto de la sociedad civil, sin atajos cuyo fracaso aumenta el sentimiento de melancolía. A la legislatura le queda una última fase crítica, probablemente envuelta en los espasmos convulsivos que preceden a toda caída. La última palabra la tendrá la ciudadanía. Por si se te ha olvidado, la última vez faltaron veinte mil votos repartidos en cuatro provincias.