Tonia Etxarri-El Correo

Esa zona de confort con la que se llegó a definir Cataluña en la primera etapa de la Transición –cuando aún Jordi Pujol no había transitado con la sombra de la corrupción ni con la apuesta secesionista–, ese concepto de territorio amable, fruto del ‘seny’ que sería sustituido por la ‘rauja’ del ‘procés’, fue el escenario con el que pretendía encontrarse ayer Pedro Sánchez en el Cercle d’Economia. El oasis catalán del que huyeron más de 9.000 empresas en 2017 y que sigue sin contener la fuga, le recibía con menos contrariedad que con la que habían acogido a Feijóo el día anterior, pero con muchas reservas.

Porque ese mundo empresarial acomodaticio, que frenó la OPA del BBVA al Banco de Sabadell, que sigue votando a las fuerzas nacionalistas y al PSC, que piensa beneficiarse del nuevo modelo de financiación negociado entre La Moncloa y ERC a espaldas del resto de las autonomías, tiene más sentido de nación catalana que visión de Estado pero es, sobre todo, pragmático. Por eso el emplazamiento de la presidenta del Cercle para que se esclarecieran los casos de corrupción y su toque de atención sobre la política de inmigración –«es la constatación de un sistema que no funciona bien, que facilita la entrada y genera una irregularidad sobrevenida»– reflejaban una preocupación que, sin embargo, no fue recogida por Pedro Sánchez, que optó por salirse por la tangente anunciando la presentación de los Presupuestos.

No los de este año, sino los del curso que viene. Sin las Cuentas del 24, ni las del 25, ni las del 26, el presidente del Gobierno dio ayer un triple salto mortal. De los Presupuestos de 2023 se puso en la casilla de los de 2027. Toda una declaración de intenciones para quienes le emplazan a un adelanto electoral.

A pesar de que la Justicia acaba de imputar a Santos Cerdán como presunto líder de una trama pagada con fondos del partido para interferir en las causas judiciales que pudieran perjudicar al propio Sánchez. A pesar de que el juez ha ordenado al diamantista de la Casa Real tasar las joyas halladas en la caja fuerte de Zapatero. A pesar de que el sumario del juez Pedraz va desgranando datos sobre la orden de Interior a la Guardia Civil para que se pusieran de perfil en las investigaciones sobre su hermano. A pesar de todo eso, Sánchez sigue. Necesita ganar tiempo en medio del hundimiento. Y presentarse con los Presupuestos como baza electoral aunque sabe, él mejor que nadie, que ni las Cuentas ni tampoco la reforma del modelo de financiación autonómica podrán ser aprobadas en el Parlamento porque parte de sus socios le han abandonado.

No le importa. Está en tiempo de prórroga y ayer en su turno en el Cercle quiso volver a persuadir a sus exsocios de Junts y empeñarse en que la amnistía prometida al prófugo Puigdemont acabará llegando, aunque los tiempos judiciales no dependan de él, así como los compromisos acordados con Oriol Junqueras. Se trata de mantenerse a flote hasta 2027.

En el peor momento de su legislatura, con un Gobierno y un partido acosados por la corrupción y la sospecha de haber articulado una guerra sucia contra jueces y fiscales, Pedro Sánchez fue a Cataluña a presumir. Y presumió. No se sabe muy bien de qué.