Pío García-El Correo

  • Ahora que viene a España el Papa, deberíamos preguntarle qué lugar ocupa Leire en la escala Richter de la omnipotencia

En la lengua vernácula de mi comunidad, «aunecer» es una palabra hermosa, muy descriptiva, que merecería ser exportada al resto del mundo hispanohablante, Bad Bunny incluido. En realidad, se trata de una deformación popular del vocablo «adonecer», que sí está en el Diccionario de Real Academia y significa «aumentar, dar de sí». De nuestra admirada y eficacísima Leire, mi abuela habría dicho que es una chica muy aunecida. Demasiado aunecida, tal vez.

Ahora que viene a España el Papa, probablemente la mayor autoridad mundial en materia de seres divinos, deberíamos preguntarle qué lugar ocupa Leire en la escala Richter de la omnipotencia. Supongo que no andará mal colocada, quizá solo un peldaño por debajo de Koldo y de Yahvé, que por ese orden encabezan la clasificación. Su caso es asombroso, a medio camino entre el Washington Post y la revista Pronto: una periodista que jamás ha publicado un artículo prepara un libro y de pronto la reciben el presidente de la SEPI, el secretario de Organización del PSOE, la directora de la Guardia Civil… El argumento exculpatorio es evidente. ¿Con qué militante de base no se ha reunido 35 veces Santos Cerdán? Al parecer, ese hombre se sentía solo en Ferraz, con la mujer todo el día comprando en El Corte Inglés, y estaba deseando echarle el guante al primero que pasaba.

Sin embargo, la calidad de una democracia se mide por la calidad de sus fontaneros y eso nos debería llevar a una reflexión como sociedad. ¿No había por ahí nadie mejor? Habría que pedir algo más. Una sutileza, una habilidad, una formación especializada incluso. Esto lo digo aquí para que el «one», sea quien sea, tome nota y lo corrija.