Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Que unos cien militantes del PSOE hayan recurrido a la clandestinidad para pedir elecciones generales, es una elocuente prueba de lo que supone el sanchismo
El pasado miércoles, 3 de junio, un puñado de militantes socialistas se citaron a las seis de la tarde en un hotel de Madrid. En realidad, no era allí donde pensaban reunirse. Su objetivo era la sede de la Unión General de Trabajadores, en la Avenida de América, a solo 250 metros del lugar en el que habían sido convocados. En la UGT se había dispuesto a tal fin una sala, pero muy pocos estaban al tanto. No era una reunión clandestina, pero sí lo fue en cierto modo la convocatoria. Los organizadores descartaron una notificación pública y anticipada del encuentro para esquivar el riesgo de encontrarse con las puertas del sindicato cerradas a cal y canto.
Así estamos. Este es el clima que se respira en el partido de Pablo Iglesias, el tipógrafo. «No somos clandestinos ni proscritos, pero sabemos el espacio que tenemos. Todo lo que movamos hay que hacerlo con mucha cautela», le decía aquí a Luis Casal uno de los participantes. Miedo. En algunos casos un miedo cerval. Se lo confesó al día siguiente a Javier Mardomingo en Onda Madrid una de las portavoces, Laura López: entre los presentes había compañeros que ocupan cargos, orgánicos o en las administraciones, y tienen miedo. Por eso las cartas, y van dos, no se firman.
Comparaciones temerarias
Ferraz ha reaccionado asegurando que “el partido dispone de mecanismos suficientes para canalizar discrepancias [una broma] y mantiene intacta la hoja de ruta de Sánchez para agotar la legislatura”. Esto último, lo de la hoja de ruta, lo subrayan porque el “Grupo de los 100” -número aproximado de los insurrectos- pide en el manifiesto la convocatoria de elecciones y que Pedro Sánchez se aparte. Herejes.
“Un partido socialista fuerte no es aquel en el que todos callan, sino aquel en el que se debate, se decide y se rinden cuentas”, subrayan estos, los rebeldes. De ahí que, los portavoces del sanchismo, para justificar el hiperliderazgo del amo, ilustren la postura oficial con el ejemplo del primer felipismo, aquel PSOE de la mayoría absoluta que manejaba con látigo de hierro Alfonso Guerra, sin que nadie dudara de la salud democrática del partido, recalcan en Ferraz satisfechos con su hallazgo.
Que saquen ahora de paseo a Guerra para defender a Sánchez es una muestra más del paupérrimo nivel de los voceros socialistas. No es que manipulen; es que lo hacen a ciegas. No saben de la misa la media. Si supieran, si hubieran manifestado un interés distinto al de vivir del partido desde que alcanzaron la mayoría de edad, quizá serían menos insensatos. Porque identificar al PSOE de 1982 con este es una insensatez. Y equiparar a este Sánchez con aquel González, a poco que profundicemos, no es solo un retorcimiento de la verdad histórica, es una temeraria osadía.
El trampantojo de la democracia interna
Cuando en 1982 el PSOE ganó las elecciones con mayoría absoluta, España era un caos. En la etapa final de la Unión de Centro Democrático (UCD), al grito de sálvese quien pueda, se alcanzó el cénit del descontrol político. Entre el 23-F de 1981 y las elecciones de octubre del 82, los distintos terrorismos (principalmente ETA, pero también los GRAPO y la extrema derecha) habían ocasionado unas ochenta víctimas mortales. El país atravesaba una profunda crisis marcada por un estancamiento del crecimiento, una inflación de doble dígito (superior al 14 % interanual), y una tasa de paro disparada que superaba el 16% de la población activa.
Ese era, a grandes rasgos, el panorama que se encontró un gobierno cuya media de edad era de 41 años. El riesgo de que se extendiera la impresión de que aquellos jóvenes con traje de pana fueran incapaces de embridar una situación endiabladamente compleja, no era solo eso, un riesgo. Para algunos sectores del país era una expectativa bastante previsible; incluso deseada. De modo que lo último que necesitaba Felipe González era que se le desmadrara el partido. Afortunadamente, la mayoría de dirigentes, cuadros y militantes estuvieron a la altura del desafío. Igualito que ahora.
Ahora, estimados portavoces de Ferraz, juguemos a encontrar las diferencias entre aquella gestión del poder, el interno, y esta. El de 1982, y siguientes, fueron notables ejercicios de responsabilidad, y sobre todo de autocontrol, lo que no impidió que en muchas ocasiones se produjeran serios conatos de rebelión por parte de algunos sectores del partido y de la UGT contra las políticas del gobierno. Lo de estos últimos diez años es otra cosa. Desde que Sánchez ocupa la secretaría general no existe la crítica, y la autocrítica es un recurso excepcional y autodefensivo. Y la Comisión Ejecutiva y el Comité Federal son meros trampantojos de lo que un día fueron.
Un páramo ideológico y moral
El anonimato ofrecido a los que participaron en la reunión de la Avenida de América es un síntoma del miedo de los que aún defienden el derecho a mantener internamente el propio criterio. En la sede madrileña de la UGT solo se dieron cita un centenar de militantes. Tienen mucho mérito, porque probablemente Ferraz habrá recibido a las pocas horas un detallado informe con los nombres de todos los que allí acudieron o se conectaron por internet en algún momento.
El valor del “Grupo de los 100”, a la vista de la pestilencia que desprenden los hechos que estamos conociendo, es el de haber abierto un respiradero. La duda, la gran duda, es si el esfuerzo merece la pena; si hay la menor posibilidad de rescatar al PSOE de un Sánchez que ha desmontado todos los contrapesos y lo ha convertido en un mero instrumento de poder personal; eso además de correr el riesgo de que el general secretario acabe utilizando a estos cien, y a los que puedan venir detrás, para en un nuevo ejercicio de insolente impudor presumir de tolerancia y democracia interna.
No sé, pero no creo que merezca la pena dar la batalla por la socialdemocracia en un territorio abandonado y plagado de minas; morir por nada. Quizá sea más útil fraguar otra alternativa, porque lo que los últimos acontecimientos demuestran es la inviabilidad de rescatar al PSOE, a corto y medio plazo, del páramo ideológico y moral al que le ha empujado el sanchismo.
“Yo me pregunto si es preciso el camino / polvoriento de la duda tenaz, el desaliento
[ súbito
en la llanura estéril, bajo el sol de justicia, / la ruina de toda esperanza, el raído harapo
[del miedo,
la desazón invencible a mitad del sendero / que conduce al torreón derruido”.
Carlos Bousoño. “Precio de la verdad”