Iñaki Ezkerrra-El Correo
Da igual en qué periódico se meta uno para consultar las páginas culturales. En todos, esa sección está llena de noticias taurinas. La culpa es de Urtasun. Desde que se le ocurrió hace un par de años cargarse el Premio Nacional de Tauromaquia, que otorgaba su Ministerio, la afición a ese espectáculo que se suponía en declive comenzó a crecer y de modo espectacular entre la gente joven. Digamos que logró el efecto contrario al que buscaba. Lo comprobé el pasado martes en que fui, invitado por un amigo, a una corrida de Las Ventas que se enmarcaba en el programa de la Feria de San Isidro. Mi amigo, Javier Fernández, ha sido veterinario de esa plaza durante 28 años y es un verdadero erudito. Me reservó el honor de presenciar la clásica lidia de seis toros en la grada 8, que es la que alberga a los socios de la Peña Los de José y Juan, la de más solera de Madrid y una de las más antiguas del mundo, que se creó en memoria de Gallito y Belmonte
Confieso que el momento que más me gusta de las corridas de toros es el final, el que sucede a la muerte del último animal de la tarde y que llena la plaza de una atmósfera dramática de duelo, de cementerial fin de la orgía. En Las Ventas, donde no hay música durante la faena, ese ritual cobra un tono especial, una seria y extraña solemnidad. Mientras se oye el son de un monótono bombo de fondo, salen las mulillas y los mulilleros para tirar del cadáver, los monosabios, los alguacilillos, los areneros con sus gorritos de gnomos hacendosos, sus esportillas y sus azadas barriendo la tierra tiznada de la sangre del animal ejecutado.
Todo adquiere un tinte fúnebre, litúrgico, un vacío melancólico: los diestros y sus cuadrilla en retirada plegando los capotes, las muletas, los bártulos de la tortura; ese subalterno viejo al que veo de frente caminando con lentitud hacia el burladero, echándose la mano a los riñones con martirio, avanzando con un aire de napoleoncillo derrotado en el éter que se ha ido poniendo triste, añil, de luto. De pronto la tarde se ha ido al siglo XVIII. O quizá a un día de mi infancia de los años 60 en que mis padres me llevaron a Vista Alegre. No sé si ocurrió o soñé que aquella tarde murió un banderillero.