Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Anida en la humanidad una necesidad muy grande de anotar las cosa
En torno al 2.500 antes de Cristo, año 27 del reinado de Keops, Merer, funcionario del faraón, escribió con caracteres hieráticos -tinta roja y negra sobre papiros de diversos tamaños- los pormenores de su tarea como supervisor del transporte de piedra en la construcción de la pirámide de Guiza.
El diario de Merer se expone en el Museo Egipcio de El Cairo. Cuarenta y cinco siglos después, año 8 del gobierno de Sánchez, Leire, fontanera de Ferraz, escribe con letra redondeada -tinta azul sobre cuaderno Campus y agenda de temática cántabra- los pormenores de su tarea como aproximada Mata Hari en la guerra sucia contra los enemigos de su partido. Las libretas de Leire se custodian en la Audiencia Nacional.
Como se ve, anida en la humanidad una necesidad muy grande de anotar las cosas. Por razones relacionadas con la eficiencia, pero también por otras, más profundas, relacionadas con la permanencia y la identidad. En el siglo XVII Samuel Pepys, funcionario naval inglés, llevó un minucioso diario cifrado en el que, entre otras muchas cosas, detalla sus movimientos «amigables, pero con astucia» en una corte llena de «rivalidades, pobreza, embriaguez, blasfemias y amores licenciosos». El 5 de enero de 1664 anota que un tal Deering le da cincuenta libras «por lo que pueda hacer por él en el futuro», aunque aclara que el soborno no le llevará a hacer algo que no sea «en ventaja del rey».
Exentas del menor sistema de cifrado, al tiempo enigmáticas y escolares, en las libretas de Leire lo mismo aparecen 300.000 euros destinados a «ayudar» a un fiscal que una reunión «con P. S.» Esta anotación es clave, aunque no sepamos si es cierta. Confirma la capacidad performativa de la escritura de la fontanera, que de pronto es capaz de construir la realidad, puede que sin atenerse a ella. Las consecuencias del prodigio ya están a la vista: el país que no pudo excluir de su conversación pública el bulo de que unos jueces no sabían quién podría ser ‘emepuntorajoy’ se enfrenta ahora a una hipotética reunión con ‘pepuntoese’.
Viene a ser lo que nos faltaba. Después de los papeles de Bárcenas y las anotaciones de Villarejo, han llegado las libretas de Leire. Sorprende la simetría y el nivel, que es subterráneo hasta bordear lo increíble. «Thank jou, same to jou» le escribía a Corinna Larsen el excomisario de la gorrilla, al fin y al cabo nuestro 007 fundacional. Y mira que habremos oído veces la orden elusiva: nada por escrito. Mucho menos si, en lugar de construir una pirámide, estás excavando una cloaca.
León XIV
Ganas de ver al Papa
Dos días después de la llegada de León XIV a España, la visita papal genera una pregunta apremiante: ¿cómo vamos a aguantar así hasta el viernes? El Papa no deja de hacer cosas y la multitud de fieles y peregrinos le sigue ilusionada, aplaudidora, enfebrecida. Cuando no hay una recepción hay una vigilia, cuando no hay una misa hay un macroconcierto y todo atrae la máxima atención, incluso los desplazamientos. Ayer, León XIV llenó por la mañana el centro de Madrid mientras que por la tarde llenó el Movistar Arena. Hoy va a llenar el Bernabéu. ¿Cuándo va a descansar ese hombre? Su exposición estos días a las actuaciones de Bustamante o Rozalén hace pensar en que incluso está aprovechando la visita como ejercicio de mortificación y penitencia. Los estadounidenses la verdad es que son muy productivos.
Que Prevost hable español favorece el éxito de la visita, al menos hasta que esta llegue a Cataluña, donde no se descarta que el independentismo no soporte la afrenta idiomática y consume el cisma, nombrando pontífice verdadero a Junqueras o Quim Torra. ¿Y los mensajes del Papa? Por ahora, lo más sorprendente ha sido la revelación de que es del Real Madrid. En cuanto a la aclamación popular, reconozco que me preocupaba la enorme dificultad de rimar ‘catorce’, teniendo muy presente el éxito canónico: «Juan Pablo II / te quiere todo el mundo». Por supuesto, el ingenio popular se ha impuesto y los fieles han encontrado una solución sencilla, devota y consonante. «Papá León / te queremos un montón», constatan los cronistas.