Editorial-El Correo
- El enfrentamiento de EE UU e Israel contra Irán avanza en su cuarto mes con las negociaciones atascadas y el riesgo cierto de una nueva escalada
La guerra que Donald Trump y Benjamín Netanyahu lanzaron contra Irán sin provocación previa el 28 de febrero se eterniza durante un supuesto alto el fuego, compatible con cotidianas escaramuzas y un escenario especialmente explosivo en Líbano. Los cohetes caídos ayer en el norte de Israel desataron la represalia hebrea en el sur de Beirut, contra un edificio que podía albergar a mandos de Hezbolá. El choque pone en cuestión la frágil tregua dictada por Estados Unidos el miércoles y enciende los ánimos en Teherán, que había establecido la capital libanesa como una línea roja. Amenazas de una respuesta «dolorosa y decisiva» inflaman peligrosamente la retórica del régimen.
El episodio de Beirut evidencia la facilidad con la que los actores más opuestos a una solución negociada de la guerra sortean el errático comportamiento de Trump. El presidente de EE UU ha dado ya el conflicto por finalizado en incontables ocasiones, en todas ellas se ha declarado victorioso, pero no deja de entorpecer ese acuerdo que cada domingo, de cara a la apertura de los mercados, presenta al alcance de la mano. La confusión que el republicano introduce sobre las conversaciones con los iraníes impide saber si el gran obstáculo es el cierre de Ormuz -estrangulado desde hace 89 días-, el programa nuclear o la pretensión de Irán de ver liberados sus miles de millones congelados. Trump, ansioso como parece por salir del atolladero de Oriente Medio, especula sin embargo de manera irresponsable con que solo habrá alivio de sanciones una vez alcanzado un entendimiento, y si su adversario «se comporta bien».
A la vez, los roces con Israel continúan. La tormentosa conversación de la semana pasada entre Trump y Netanyahu ya reveló la intranquilidad de la Casa Blanca por la actitud obstruccionista de Tel Aviv respecto a la salida dialogada, a lo que se sumaría ahora la sospecha de espionaje hebreo a los principales negociadores estadounidenses. No puede descartarse que la filtración de una supuesta deslealtad entre grandes aliados obedezca a la urgencia de Washington por maquillar el fracaso de su aventura en el golfo Pérsico, descargando la responsabilidad en un primer ministro al que el republicano le pide «ataques más quirúrgicos» en Líbano. En lo que se ha convertido ya en una guerra de trileros, lo único cierto son los muertos libaneses, palestinos e israelíes.