Rosario Morejón Sabio-El Correo
Doctora en Psicología y analista de relaciones internacional
- El presidente ruso es prisionero de un conflicto que no consigue ganar ni abandonar
Con especial saña, Moscú atacó Ucrania la noche del 1 al 2 de junio con una salva récord de misiles Iskander-M y Tsirkon. «El ataque masivo es una perfecta declaración de Rusia: mientras Ucrania no esté protegida contra estas agresiones balísticas, los lanzamientos continuarán», insiste el presidente Zelenski en Telegram, apelando a los aliados para un mayor suministro de dispositivos antimisiles.
En la espera, los ucranianos se valen por sí mismos. Coincidiendo con la apertura del Foro Económico Internacional en San Petersburgo el miércoles 3, las fuerzas de operaciones especiales arruinaron el ‘Davos ruso’. 354 aviones no tripulados acreditaron la precisión de Kiev. Una refinería y una base naval humeando a 14 kilómetros de la acogida de las delegaciones internacionales corroen la moral del Kremlin. Frustrado el gran escaparate de Vladímir Putin, Moscú comprueba que las ofensivas adversarias superan los mil kilómetros, no son neutralizables en amplias regiones y su carga psicológica instala el miedo a la guerra entre la población.
Los ucranianos atienden ya a la contrarréplica rusa. El éxito de sus desafíos les autoriza a negociar un final de la ‘operación especial’ en un plano de igualdad, ignorando cualquier pacto ruso-estadounidense. En la crisis ucraniana, Trump pretende mantener una suerte de neutralidad. Lejos de impulsar una negociación -sus enviados especiales no se han desplazado nunca a Kiev-, fuerza a Ucrania a una cesión integral del Donbás, incluida la parte que el invasor no consigue conquistar. El desapego de Trump por la ‘guerra europea’, ocupado en su conflicto de Oriente Medio, acrecienta la autodeterminación centroeuropea.
En los últimos meses, drones ucranianos han atacado de forma persistente Moscú y su región, empresas de defensa, aeródromos militares, refinerías, instalaciones portuarias en el Báltico y el mar Negro. La invasión de Putin avanza en su quinto año como un magnífico paradigma de las guerras asimétricas. La poderosa Federación rusa se ve humillada porque Ucrania no solo resiste sino que encara la guerra con recursos propios. Kiev produce masivamente drones de medio y largo alcance, indetectables, que fabrica asociada a la firma estadounidense Swift Beat LLC. Las autopistas de los territorios ocupados, desde Crimea al Donbás, por donde discurre la logística del frente, se han vuelto impracticables debido a los Hornet dotados de inteligencia artificial y conectados a Starlink. Desde el 30 de mayo, en la Crimea anexionada, la gasolina queda racionada en principio por treinta días…
En el frente, las fuerzas rusas están paralizadas. El Instituto para el Estudio de la Guerra, grupo de pensamiento estadounidense, recuerda que en los primeros cuatro meses de 2026, la progresión media diaria es de 2,9 kilómetros cuadrados. La previsión para la ofensiva primavera-verano es una caída libre de Rusia. Para Putin la situación es la contraria. En su declaración del 29 de mayo en Astaná, el jefe del Kremlin ve «un final inmediato del conflicto; la victoria está al alcance de la mano; nuestras tropas avanzan en todas las direcciones». Sin embargo, la estrategia y los fines de la guerra se cuestionan abiertamente. Según Vassili Kachine, «eliminar el régimen antirruso en Ucrania es un objetivo irrealizable sin una ocupación militar de todo el país, comprendida la parte occidental y ello por mucho tiempo. Para Rusia, esto es técnicamente imposible. Al igual que sumar más territorios en el supuesto de un hundimiento de la defensa ucraniana. Probabilidad harto difícil. Además Rusia está invalidada para gestionar de forma prolongada estas zonas cuyas economías han sido destrozadas y sus poblaciones son extremadamente hostiles al invasor».
El aura de Putin se apaga; su palabra no es creíble. Es «la crisis más grave de su reinado», explica Andrei Pertsev. «Las élites están muy descontentas por la falta de renovación en el aparato dirigente; las clases altas, decepcionadas por el fracaso en las negociaciones con Trump; el campo favorable a la guerra reprocha que Putin no decrete una nueva movilización». Una tempestad perfecta de efectos múltiples. La imagen del sistema reposa sobre la representación de Vladímir Putin como hombre fuerte. Pero su envejecimiento es parejo al deterioro del régimen, que carece de relato político alternativo. Nadie ha propuesto o se atreve a proponer un candidato de reemplazo.
El presidente ruso es prisionero de una guerra que no consigue ganar ni abandonar; una contienda larga que erosiona el contrato social implícito con su país: estabilidad a cambio de lealtad. Las perspectivas económicas empeoran pero el Kremlin no repara en gastos en esta guerra absurda. «No nos interesa quemar indefinidamente nuestros recursos en Ucrania por unos fines imaginarios», sentencia Kachine. Frente a Putin y Trump, Ucrania actúa como un catalizador de la independencia de Europa. El combate de Ucrania es nuestro combate. Unamos filas en favor de la paz.