Gabriel Albiac-El Debate
  • La vergüenza es que sujetos que proclaman disentir hasta en el último átomo de sus alientos, se permitan por igual declararse al cien por cien acordes con lo que el guía espiritual católico había proclamado en un discurso cuya voluntad de retórica cero vetaba cualquier malentendido

Decir a estas alturas que la política es el arte de la mentira da pudor. Pero es tan así como que dos más dos en base diez suman cuatro. No invalida esa constancia su funcionalidad. Pero nos permite tasar nuestro arriesgado grado de obediencia al arbitrio de quienes diseñan y gestionan esas mentiras.

Toca hoy descender a la prosa. Las lecciones del maestro espiritual pasaron. Queda la resonancia que deja en quienes lo escucharon, después de que se haya ido. Y, en esas resonancias, debería llamar nuestra atención la estólida adaptación de lo escuchado, a la medida del oído que dice haber registrado esas palabras.

Un auditor racional toma nota de las palabras que le llegan. Y está conforme o disconforme con lo que ellas dicen. O bien –menos habitual–, le son perfectamente indiferentes. Dos seres racionales abren ojo u oídos a un texto o a un sonido. Lo interpretan. Si su perspectiva es contrapuesta, contrapuestas serán las interpretaciones que del texto o discurso se generen en las meninges de ambos espectadores. Nada hay que reprochar a eso. Muy al contrario, eso indica que se respeta lo bastante una palabra como para discutirla. Ezra Pound escribía, hace un siglo que él sólo polemizaba con los libros a los que consideraba grandes; que con los otros no perdía el tiempo. No hay respeto mayor hacia una obra. Porque no hay inteligencia que no deba poner en juego la estrategia de las contradicciones.

Lo inadmisible –podría haber dicho «lo estúpido», ¿debiera haberlo dicho?– es apropiarse en igual medida de lo mismo desde perspectivas ópticas, éticas y, al cabo conceptuales, contrapuestas, deglutirlo y declararlo por igual maravillosamente idéntico a lo que yo pienso. Explicitar la perspectiva es el único modo de ser honesto en el campo del pensamiento; y explicitar perspectivas es dar fe de contradicciones no siempre salvables.

La reacción de los políticos españoles, tras la alocución del Papa Prevost en el parlamento, es bochornosa. No porque pudieran estar conformes o disconformes con lo dicho: eso sería trivial en ambas dimensiones. La vergüenza es que sujetos que proclaman disentir hasta en el último átomo de sus alientos, se permitan por igual declararse al cien por cien acordes con lo que el guía espiritual católico había proclamado en un discurso cuya voluntad de retórica cero vetaba cualquier malentendido.

¿Escucharon algo los que luego del Papa hablaron? A derecha como a izquierda. ¿Se tomaron, al menos, la molestia de leer el texto –tan breve y tan claro– que antes de su alocución les había sido proporcionado por la secretaría papal? No. Por supuesto. ¿Quién ha visto alguna vez a un político español malgastar sus ojos rozándolos sobre la lija del papel impreso? A cada cual, su equipo de asesores alfabetizados le pasó un par de líneas –si es que tanto– que pudieran disfrazar legendarias coincidencias con sus postulados. Y a ninguno pareció pasársele por la cabeza que el obispo de Roma –no Prevost ya, León XIV– no es sabio –no debe serlo– en anécdota política alguna. Y que en su voz papal habla sólo la teología.

Puede que no sea lo más importante de estos días. Pero, al espectador que soy, le da una vergüenza horrible pagar sueldo a gentes que ni siquiera saben mentir con algo de disimulo.