Carlos Souto-Vozpópuli

  • Tal vez el Papa haya llegado a España demasiado tarde

La visita del Papa a España ha encontrado al sanchismo en un momento particularmente incómodo. No por la religión, naturalmente. Hace tiempo que la izquierda española decidió que el cristianismo era apenas una superstición conservadora con demasiado incienso y poca perspectiva de género. El problema es otro. El problema es que la llegada del Pontífice coincide con un instante político en el que el PSOE empieza a parecer una colección casi completa de pecados capitales, mandamientos destruidos y tentaciones humanas administradas desde el BOE.

Porque uno empieza a recorrer el paisaje humano del sanchismo contemporáneo y la sensación es extraordinaria. Ahí está José Luis Ábalos representando la lujuria en su forma administrativa más sofisticada. No la lujuria triste del pecador clásico, sino una versión presupuestariamente expansiva, con saunas y señoritas estratégicamente posicionadas alrededor del poder público.

Más allá aparece Santos Cerdán, encarnación bastante eficiente de la avaricia moderna. Ni siquiera esa avaricia elegante del capitalismo serio. No. Una cosa más artesanal. Más española. Adjudicaciones, intermediaciones, favores cruzados, esa atmósfera húmeda de pasillo político donde uno ya nunca sabe si está observando gestión pública o administración privada de un cortijo institucional.

Y naturalmente emerge Víctor de Aldama, que ya directamente parece un pecado con piernas. La codicia convertida en personaje secundario de thriller petrolero. Hidrocarburos, comisiones, contactos internacionales, fotografías incómodas y ese aspecto permanente de hombre que acaba de abandonar un reservado donde alguien dijo “esto no puede salir de aquí” exactamente quince minutos antes de que saliera de allí.

Una conspiración universal

Después aparece Leire Díez, probablemente la representación más perfecta de un mandamiento completamente destruido: no levantarás falso testimonio. Aunque incluso eso queda corto. Porque el sanchismo ya ni siquiera miente de manera tradicional. Ha evolucionado. Construye realidades paralelas, operaciones narrativas, universos alternativos donde periodistas, jueces, policías y adversarios políticos forman parte simultáneamente de una conspiración universal contra la pureza democrática de Ferraz. Orwell imaginó un Ministerio de la Verdad. Este gobierno decidió subcontratarlo.

Y luego está Pedro Sánchez, naturalmente, violando quizá el mandamiento más importante de todos: no tomarás el nombre de Dios en vano. Porque Sánchez ha conseguido algo muchísimo más ambicioso que eso. Ha reemplazado directamente a Dios por sí mismo. El sanchismo ya no funciona como una ideología sino como una teología política donde la verdad depende exclusivamente de la necesidad táctica del momento. Lo que ayer era inconstitucional hoy salva la convivencia. Lo que ayer destruía España hoy fortalece Europa. El milagro ya no ocurre en Lourdes. Ocurre en las ruedas de prensa posteriores al Consejo de Ministros.

A un costado aparece Begoña Gómez, envuelta en esa bruma espesa donde universidad, influencia, negocios, apellido y proximidad al poder empiezan a mezclarse demasiado. Ahí el mandamiento violentado parece bastante evidente: no codiciarás los bienes ajenos. Porque el problema nunca es solamente económico. También existe una codicia de influencia, de privilegio, de acceso, de utilización privada del prestigio público. Y cerca de ella aparece el hermano presidencial, recordándole a España otro viejo principio bíblico bastante elemental: no usarás tu linaje como escalera institucional. El nepotismo mediterráneo existió siempre, sí, pero al menos antes no intentaba disfrazarse de progreso administrativo.

Semántica moldeable

Zapatero merece capítulo aparte porque probablemente no encaje en un pecado capital clásico sino en una figura bíblica mucho más peligrosa: la del falso profeta. El hombre que no destruye las convicciones de una sociedad atacándolas frontalmente, sino reemplazándolas lentamente por versiones más cómodas, más flexibles y moralmente negociables. Con Zapatero, las cesiones empezaron a llamarse convivencia, las contradicciones adquirieron categoría de diálogo y la realidad se volvió un material semántico moldeable. Fue él quien enseñó a una parte de la política española que las palabras no servían para describir el mundo, sino para corregirlo hasta que pareciera soportable.

Y entonces aparece María Jesús Montero, probablemente la representación más acabada de otro pecado clásico: la soberbia. Esa agresividad moral permanente del sanchismo tardío, esa necesidad de convertir cualquier crítica en una ofensa intolerable, cualquier discrepancia en odio, cualquier adversario en amenaza democrática. Esta señora no debate: fulmina. No argumenta: condena. El problema de gobernar desde la superioridad moral es que un día uno termina creyéndose realmente elegido para administrar el bien y el mal.

El próximo escándalo

Pero tal vez lo más extraordinario de todo esto sea otra cosa. Ninguno de estos personajes parece particularmente preocupado por el pecado. Ni siquiera por el escándalo. Y ahí reside la verdadera transformación española. Antes la corrupción intentaba esconderse. Hoy simplemente resiste el ciclo informativo. Aguantar cuarenta y ocho horas. Esperar el próximo audio. El próximo escándalo. El próximo mundial de fútbol. 

Por eso la visita del Papa resulta tan incómoda para el Gobierno, aunque nadie lo admita en voz alta. No porque España haya dejado de ser católica todavía. Con esta política migratoria, eso probablemente sea apenas una cuestión de tiempo. El problema es otro: incluso una sociedad completamente secular necesita algún sistema mínimo de límites institucionales para seguir funcionando sin descomponerse del todo. Tal vez el Papa haya llegado demasiado tarde. No para salvar la fe. Para salvar la noción misma del límite moral. Porque cuando un pueblo pierde la capacidad de avergonzarse, empieza lentamente a confundir decadencia con normalidad.