A dos semanas de la comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso para hablar de la corrupción de sus desvelos, las aguas procelosas de los doce sumarios y el centenar de imputados que le salpican permanecen estancadas en la política parlamentaria. La vida sigue igual, aparentemente, en la rutina de Pedro Sánchez. Ayer, en la primera sesión de control tras el estallido del ‘caso Leire’, en el hemiciclo donde los mensajes del Papa sobre el desarme de la palabra quedaban ya en saco roto, se volvió a dar la anomalía democrática de la legislatura. Quien interpelaba al Gobierno, que es la oposición como corresponde, acabó siendo interpelada. En su cara a cara con el líder de la oposición, un presidente acomodado en el pasado de los adversarios siguió escurriendo el bulto con tal de no responder. Aferrado al cargo mientras el calendario judicial le va estrechando el cerco. En su entorno asoma la inquietud, con la excepción de portavoces como Patxi López, quien asegura que no le preocupa que el PSOE acabe siendo imputado como persona jurídica.
Pero el presidente sigue faltando el respeto, ya no solo al Parlamento, sino a la ciudadanía que tiene derecho a saber, entre otras cosas, si la trama de las cloacas se organizó entre cuatro siniestros que decidieron actuar a nivel personal o estamos ante una corrupción estructural. Sánchez cambia de disco: «Estamos ante el mejor momento de la historia democrática de nuestro país», sostenía después de haber calificado de «andanzas» las maniobras de un personaje chusco como Leire que puso en marcha, en compañía de otros, una mecánica criminal para perseguir, presuntamente, no solo la destrucción de pruebas sino la desestabilización de instituciones democráticas eliminando el control policial y judicial sobre investigaciones que puedan perjudicar al presidente.
No era el mejor día para que Sánchez recurriera a la mención de ‘M. Rajoy’ en los papeles de Bárcenas para intentar esparcir la tormenta de la confusión. Porque las siglas que coinciden con su nombre –P.S.– aparecen en las anotaciones de la ‘fontanera’ Leire Díez. Pero lo hizo. A partir del momento en que le decía al PP ‘y tú más’ estaba reconociendo que ‘yo también’. Eso lo entiende hasta Rufián. Pero no tenía otra ocurrencia en el argumentario. Por mucho que Feijóo le interpelara poniéndose en modo Cicerón –¿hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Catilina?–. O lo que es lo mismo: ¿hasta cuándo más va a estirar esta basura?
Sánchez se puede permitir la opacidad porque sus socios seguirán con él hasta el final. Lo demostraron ayer. Quienes fueron tan exigentes con la derecha, ahora miran para otro lado. Por puro interés. Tanto Junts como PNV pidiendo elecciones pero sin forzarlas ellos. Y la intervención de Bildu reclamando prudencia «ante la operación que hay en marcha para acabar con la legislatura» no pudo ser más reveladora. ¿Con qué presidente iba a estar Bildu más cómodo? ¿Con qué presidente va a conseguir más prebendas? Ya lo había dicho Otegi, horas antes. Por muchos casos de inmoralidad y delincuencia que se investiguen, Sánchez es, para ellos, una ventana de oportunidad para el independentismo. Sin pudor. La corrupción es lo de menos.