Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • El Consejo Interterritorial de Salud no termina con armonía sino con portazo

La huelga de médicos llega al cuarto mes y los avances son incontestables: además de indefinido, el paro comienza a ser indeterminado. Ayuda que la ministra de Sanidad actúe como si por su parte ya estuviese todo resuelto al perseverar precisamente en el Estatuto Marco contra el que se manifiestan los médicos. A partir de ahí, Mónica García lanza la pelota al tejado de las comunidades, que son las encargadas de fijar las condiciones laborales de los profesionales. Lo hace al estilo cogobernanza, que es el Fosbury pospandémico del Estado compuesto. Y también haciendo como si todas las comunidades fuesen del PP. El martes incluso recurrió en el Senado a lo de «el que pueda hacer que haga» para contestar una pregunta sobre la huelga. Fue como si el silbido vampírico de Aznar contra la Ley de Amnistía hubiese terminado activando a los médicos en la reivindicación de un estatuto propio.

Ayer hubo en Madrid Consejo Interterritorial de Salud. Incluía en el orden del día la palabra ‘armonización’ y todas las comunidades le dieron un portazo a la ministra acusándola de no escuchar y de no contar «con el apoyo de los profesionales, ni con el de los sindicatos ni con el de las comunidades». La frase la dijo Alberto Martínez, el consejero vasco de Salud, y funcionó como ‘leitmotiv’ interautonómico. Todas las comunidades excepto Cataluña han llegado a un acuerdo para plantarse y exigirle al ministerio «diálogo real, efectivo y constructivo». En Cataluña explican que el hecho de no firmar el acuerdo no significa que no estén de acuerdo. Por verle el lado bueno, la oposición a Mónica García está generando un consenso amplio y transversal que igual no se veía desde los Pactos de La Moncloa. Por supuesto, el Fosbury de la cogobernanza funciona en ambas direcciones y las autonomías encuentran en el ministerio un burladero donde protegerse de las demandas de los médicos que sí les conciernen. Mientras tanto, la huelga no solo continúa, sino que parece enquistarse mientras aumentan los retrasos y las listas de espera. Eso lo sufren los ciudadanos, que no tienen por qué saber cómo funciona el reparto competencial, sobre todo cuando están preocupados porque necesitan un especialista. Lo raro es que a la ministra de Sanidad lo del chaleco, la hiperactividad y el bilingüismo, lo de asombrar al mundo, se lo vimos con el hantavirus. Como si la exhibición hubiese que hacerla cuando los problemas tienen que ver con las deposiciones del ratón patagónico y no con las reivindicaciones de los médicos del Sistema Nacional de Salud.

Congreso

Conspiración para dos

Ayer, en la sesión de control, Mertxe Aizpurua se se puso seria con Pedro Sánchez. «Supuestas prácticas en el entorno de su partido», definió. «Nos parece grave», diagnosticó. Y ya. A partir de ahí, lo que le dijo la portavoz de Bildu al presidente fue que todo apunta a que hay una operación en marcha contra él y contra su Gobierno. Lo hizo con la autoridad de quienes «conocen bien cómo la Guardia Civil, la Policía y la Judicatura fabrican informes y sumarios para operaciones políticas». Lo extraordinario del momento tuvo que ver con que, cuando Pedro Sánchez se levantó para responder a Aizpurua, nadie en su sano juicio pensó que fuese a decirle que no le toleraba que hablase así de la Guardia Civil, la Policía y la Judicatura, entre otras cosas por que hacerlo sería otorgarle al mundo que ella representa, y que tanto dolor causó, también entre las filas del PSOE, alguna clase de razón histórica. Lo que hizo el presidente -con el ministro de Justicia sentado serenísimo a un escaño de distancia- fue profundizar en el argumento proporcionado oportunamente por la portavoz de Bildu, el argumento que llevaba ya unos días rodando Arnaldo Otegi para ver qué tal sale de motor. Sánchez omitió la persecución, pero detalló su causa: el Gobierno es muy incómodo para las élites nacionales y también para determinados oligarcas y algunos Gobiernos poderosos, muy poderosos, del mundo. Y así se transformó la sombra de la corrupción en una condecoración conspiranoica facilitada por Bildu envuelta y con lacito. Y con el ministro de Justicia aplaudiendo al lado.