José María Ruiz Soroa-El Correo

  • La encíclica de León XIV centra su preocupación en la situación de la persona en la época de la inteligencia artificial. Pero el Papa abusa del pesimismo

Mucho y bueno puede decirse de la encíclica ‘Magnifica Humanitas’ del papa León XIV, basta leer la opinión generalizada en los medios para constatarlo. Conecta con las inquietudes de las sociedades abiertas en que vivimos y en general intenta traducir su inspiración religiosa a un lenguaje antropológicamente compartible por un ciudadano no trascendente. Adopta una postura crítica bien fundada ante el desorden actual en las relaciones internacionales, denuncia las estructuras de dominación injustas, por camufladas que estén, y toma partido por los más necesitados de cuidado. Como texto humanista se sitúa en diálogo con los más respetados en esta nuestra modernidad tardía.

La encíclica se inscribe en un ámbito de preocupación muy concreto: la situación de la «persona humana» (¿acaso hay alguna otra persona?) en la época de la inteligencia artificial, una tecnología emergente cuyos exactos límites son difíciles de conocer pero que, como toda técnica, no es moralmente neutra a la hora de su apropiación, uso y desarrollo, sino que nace dentro de unas relaciones de dominación muy concretas. Por eso corre el riesgo de ser explotada por una ideología aparentemente tecnocrática que esconde objetivos no compatibles con lo humano tal como lo entiende el Papa.

Sentado lo anterior, conviene señalar algunos defectos de la encíclica a mi juicio, sobre todo el de su intelectualismo ahistórico, por un lado, y el de su desconfiado juicio sobre la capacidad de la humanidad para desarrollar sus capacidades de manera autónoma.

El Papa relata la doctrina social de la Iglesia católica desde la ‘Rerum Novarum’ de León XIII en una manera abstracta, como si la posición sociopolítica de esa Iglesia desde 1891 en adelante hubiera coincidido con ella. Y no es así, para conocer las opciones terrenales que adoptó y adopta la Iglesia en el devenir no basta con conocer sus ideas, sino que se precisa examinar sus actitudes concretas. De lo contrario, sucede que las ideas siempre ganan en comparación con cualquier mundo real.

Y es que es muy noticiable que en esa historia real de la Iglesia en Europa se manifestó de alguna forma lo que la encíclica teme que la IA puede llegar a ser, porque la Iglesia ha sido un sistema estructurado de poder muy peculiar: el poder especializado en gestión de conciencias y producción de visiones del mundo. Hasta la rebelión ilustrada, las mentes de los europeos estuvieron ‘encantadas’ por unas visiones creadas y propagadas por la Iglesia. Existió una IR(eligiosa) antes de la IA(rtificial). No se trata de reprochar el pasado, pero quizás sí de ser un poco más optimista ante la capacidad de la inteligencia secular para mantenerse libre ante las ‘I’s.

Porque a mi juicio el Papa abusa del pesimismo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma», escribió el pontífice anterior, como si ello fuera necesariamente negativo. Es ambivalente, porque ese poder es tanto para lo malo como para lo bueno. No puede verse en la técnica un poder en manos de los poderosos sin ver al mismo tiempo que también es un poder de la persona y la sociedad entera. En estos últimos dos siglos de mayoría de edad intelectual, la humanidad ha llegado a organizar «la sociedad menos injusta de la historia». No lo ha hecho linealmente ni sin pérdidas, no lo ha hecho virtuosa sino torcidamente. Pero así funciona siempre la especie. Con la IA no tiene por qué ir peor.

Dos imágenes bíblicas evoca el Papa para describir la alternativa en que la IA pone a la humanidad: la ciudad humana puede construirse como se intentó en Babel (trascender el límite) o tal como hizo Nehemías en Jerusalén (reconstruir lo averiado). Él opta por la segunda, pero hace una cierta trampa argumental describiendo a los constructores de Babel con las peores palabras e intenciones: orgullo, individualismo, homogeneización, rebelión… El ser humano pretendió -dice- ir más allá de lo humano, como puede muy bien suceder con la IA. Así, para el Papa, la naturaleza humana funciona como límite a su acción legítima y esta es la clave de la encíclica: el ser humano no puede pretender sobrepasar sus límites antropológicos. Pero la antropología del límite es muy valiosa siempre que nadie intente concretar unilateralmente cuáles son esos límites objetivos, porque ninguna instancia externa a la propia humanidad puede legítimamente ir definiéndolos. En Babel fue Dios quien los aplicó como castigo a los impíos, ahora el Papa los vuelve a actualizar so capa de la «naturaleza humana». Pero son igual de arbitrarios.

La única forma admisible de trascender los límites es la religiosa, es Dios, dice el Papa. La humanidad cree que puede hacerlo por sí misma, como intentó en Babel. Y lo hará, tenga o no éxito en ello. Seguro.