Editorial-El Correo
- La Administración Trump y la FIFA se alían para exprimir a los aficionados, mientras la recepción hostil a algunas selecciones perturba la gran cita del fútbol
El Mundial 2026 arranca esta tarde en el Estadio Azteca con un modelo multisede en Estados Unidos, México y Canadá que persigue aumentar las expectativas económicas y se repetirá en 2030 en la cita liderada por España. En las jornadas previas, el principal anfitrión se ha afanado por acreditar el contrasentido que preside en esta ocasión la gran celebración del fútbol: que el país elegido para recibir a selecciones, aficionados y periodistas de todo el mundo se ha convertido en una fortaleza frente a la mayoría de los extranjeros; algo que podía intuirse en junio de 2018, cuando la FIFA eligió su candidatura y estaba ya en marcha la presidencia inicial de Donald Trump.
Por primera vez en esta competición una nación organizadora tiene como invitado a un país con el que está en guerra abierta. El trato hostil a la selección de Irán la expulsó a Tijuana desde su prevista concentración en Arizona, además de negar el acceso a algunos integrantes. Las duras condiciones para disputar los partidos incurren en comportamiento antideportivo y multiplican los controles de inmigración que los jugadores ya padecieron durante largas horas a su llegada. También los combinados de Uzbekistán -entrenado por el campeón del mundo Fabio Cannavaro- o Senegal han sufrido en público controles rigurosísimos en los aeropuertos estadounidenses. La furia xenófoba alcanza a aficionados iraníes, haitianos o marroquíes que han visto cancelados visados o suprimidas reservas de localidades. La expulsión del árbitro Omar Artan, el mejor de África para la FIFA y con permiso de entrada, lo ha convertido en víctima de la inquina de Trump contra los somalíes. EE UU embarra el Mundial.
Llama la atención el silencio de las élites políticas y deportivas occidentales ante unas extralimitaciones que contravienen la tradicional exigencia de garantías sobre los procedimientos de entrada. Ahora, la federación que dirige Gianni Infantino se escuda en la política de EE UU. El alineamiento del organismo rector del fútbol mundial con Washington, incluida la grotesca invención de un ‘premio de la paz’ para Trump, es absoluto a la hora de exprimir a los asistentes a los partidos. La entrada más barata en la fase de grupos supera los 200 euros y es solo una muestra del brutal encarecimiento de los hoteles y los desplazamientos a los estadios. Será difícil que la magia de los jugadores pueda salvar al Mundial de la etiqueta elitista que buscan imponerle sus gestores.