Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz-El Español
  • El español tiene el espíritu burlón pero el alma quieta. Somos un país curtido por el infortunio en el que, situados en la fatal tesitura de llorar o reír, el mal menor es optar por lo segundo.

Lo que estamos viendo a diario en los medios de comunicación (Leire y Gürtel) es una historia muy conocida: unos grupos (ahora se llaman partidos, antes cuadrillas) que han sido organizados para delinquir.

Para ello, se dotan de los códigos internos necesarios, empezando por la estricta omertá o ley del silencio, y los obvios repartos del territorio por zonas.

Pero los partidos presentan la singularidad, ciertamente esquizofrénica, de que, cuando ocupan la cúspide del poder político, están tentados de desmontar o neutralizar a las instituciones que se crearon precisamente para combatir la delincuencia.

La eterna metáfora del zorro y las gallinas, que en la práctica da lugar a una atmósfera irrespirable y en la que nadie sabe a qué carta quedarse.

Al respecto resurge la polémica sobre el excepcionalismo español. ¿Somos distintos (para peor, se entiende)?

Pedro Sánchez, a carcajadas, ante el anuncio de Feijóo de llamarlo a la comisión de investigación sobre la trama.

Pedro Sánchez, a carcajadas, ante el anuncio de Feijóo de llamarlo a la comisión de investigación sobre la trama. Europa Press

Argumentos hay y siempre ha habido para mantener una posición y la contraria, sobre todo si se piensa en la mafia en el sur de Italia, lo ocurrido en Estados Unidos desde la vigencia de la Ley Seca (1920-1933), o las eternas Rusia o Turquía.

Pero, puestos a buscar un hecho diferencial hispánico, cabría señalar el hecho de que, aquí, las cosas, por dramáticas que resulten, se han solido ver con un toque de humor, o incluso de sátira. Nos conviene la palabra tragicomedia, tan expresiva.

Hay que acordarse de los esperpentos de Valle-Inclán o los sainetes de Arniches (casi indistinguibles de la fotografía de lo espantoso que tenemos ante nuestros ojos). Y, en el cine, de las películas de Berlanga (con guion de Azcona, eso sí) y, ahora, de Santiago Segura. Sabiendo que en el fondo de todos ellos está Quevedo.

Sí, lo nuestro es el «espíritu burlón» del que habló Antonio Machado en 1913, todavía bajo el síndrome del 98, en «El mañana efímero», en Campos de Castilla.

Un ánimo de chanza que es en buena medida la otra cara, o la consecuencia inevitable, de la resignación. Somos un país curtido por el infortunio, por decirlo con las palabras literales de Manuel Azaña, en el que, situados en la fatal tesitura de llorar o reír, el mal menor consiste en optar por lo segundo.

Pero quizás lo más interesante y actual del discurso del poeta sevillano se encuentre en la segunda parte de la frase, que tiene tono de denuncia: el alma quieta, quietísima.

«Este tomarnos las cosas a broma, por graves que sean, es en buena medida la otra cara, o la consecuencia inevitable, de la resignación»

Es un hecho tozudo que, pese a la sangre derramada, hemos tenido muchas menos revoluciones que en Francia e incluso en Italia, con quien tantas cosas tenemos en común. Entre ellas, el poso cultural no ya cristiano sino católico, de lo que forma parte, en efecto, la idea de la resignación, que fuera de España no tiene ese significado tan machacante.

Pero lo peor de todo es que tampoco hemos sabido nunca hacer reformas. Ni siquiera en el 98.

Aquí, para decirlo en lenguaje coloquial, tragamos lo que nos echen.

Mucho griterío: en el bar, las palabras salen con fuego. Pero luego, puestos delante de eso que se llama una urna, votamos a esos mismos (a uno o al otro) a los que hemos venido denostando. Y, además, lo hacemos entre grandes promesas de que la anterior vez fue de verdad la última.

El actual ecosistema de partidos en Francia y en Italia no tiene nada que ver con el de hace veinte años. La crisis de 2008-2011 fue un verdadero seísmo y las viejas estructuras han salido por la ventana, porque los ciudadanos se han hartado.

Pero nosotros seguimos con lo mismo. Y más aún: palabras como regeneración han dejado incluso de emplearse.

Se nos va la fuerza por la boca. Mucho ruido y pocas nueces, como se suele exclamar entre llantos de impotencia.

Sí, espíritu burlón hasta el grado del despelleje en carne viva. Pero luego, a la hora de actuar, y en absoluto contraste con ello, alma de una quietud que diríase propia de quien vive con sosiego, calma y paz interior. Casi en estado de trance a fuerza de honda satisfacción.

Los políticos conocen bien a la sociedad. A la sociedad entera, no sólo a los cortesanos de turno.

Y, por eso, a la hora de actuar (y luego, válgame Dios, de emplear argumentos disparatados para defenderse, metiéndose goles en propia puerta), saben que son impunes. Lo perciben y lo celebran, y no hacen nada por disimularlo.

***Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Politécnica de Madrid.