Ignacio Camacho-ABC

  • La disciplina sanchista exige un continuo ejercicio de ignorancia voluntaria. Dar la cara para que la realidad te la parta

Atónitos, dicen que están. Sorprendidos, estupefactos, patidifusos, turulatos. Los sanchistas no encuentran en el diccionario adjetivos suficientes para definir su pasmo al saber que las joyas de Zapatero valen mucho más de lo que alegaba su propietario. Ser sanchista se ha convertido en un ‘oficio’ muy sacrificado, al menos para quien tenga una cintura moral poco flexible o un estómago delicado para digerir sapos. A cada rato hay que cambiar de criterio o tragarse uno de esos batracios tan antipáticos para poder seguirle el compás al P*** Amo. Un día se trata de la política de pactos, otro de la constitucionalidad de la amnistía, y así hasta la inocencia del ex fiscal general del Estado, la presentación de los presupuestos, la honradez de Cerdán o de Ábalos…

Es muy duro esto de no saber nada y que la realidad te despierte de golpe de la ignorancia. Y más penoso todavía repetir el argumentario oficialista sin poder permitirse una duda prudente, una reserva vaga. O tener que dar la cara defendiendo a filas prietas la teoría de la conspiración judicial y el golpe togado contra la democracia mientras las evidencias desmontan todas las coartadas. Hombre, cómo iban a conocer a unos simples soldados de la guardia pretoriana lo que Leire y sus compinches trajinaban en las cloacas. O el modo en que el Ministerio de Transportes adjudicaba las contratas. O la trastienda del rescate de cierta aerolínea venezolana. O que el referente de la ética progresista guardase un tesoro gemológico en su casa.

Lo de ZP contrabandista duele, escuece, atormenta. Quién iba a sospechar que podía haber algo raro en sus relaciones con Maduro y sus tejemanejes ante los regímenes populistas –y corruptos– del Grupo de Puebla. Cómo atisbar un trasfondo oscuro en el viaje de Delcy y sus maletas. Qué extrañeza podían causar tantas gestiones en China o Latinoamérica. Bueno, sí, había rumores, pero la doctrina aseguraba que todo eran infundios rencorosos, patrañas de la prensa. Nadie que no comparta la lucha honesta por los derechos y el bienestar del pueblo puede alcanzar a calibrar la sincera desolación que sienten hoy las personas de izquierdas. Tiene que haber alguna explicación, una respuesta que devuelva la tranquilidad a las buenas conciencias.

Y si no, si el ideólogo modelo resulta un contrabandista de sueños, el jefe sabrá proporcionar consuelo. Al fin y al cabo, en los primeros tiempos no se fiaba del personaje y procuraba tenerlo lejos. Luego, cuando el asunto se empezó a poner feo, tuvo que aceptar su colaboración porque valía cualquier esfuerzo para mantener a España en el lado correcto. Hay tanta gente que ha traicionado la confianza de Pedro… Y aun así veremos qué pasa con la intervención del teléfono, vaya que todo resulte una intriga ilegal de Trump para desestabilizar al Gobierno. Mientras, mejor guardar silencio aunque el desconcierto corra por dentro. Y en el peor de los casos, se cierran los ojos, se tapan los oídos y se defiende el fuerte hasta el último aliento. Qué remedio.