Antonio Rivera-El Correo
Las Santas Misiones se usaron desde el concilio de Trento para revitalizar la fe y la moral de los feligreses. Recordamos las fotografías de aquellas del nacionalcatolicismo de los años cuarenta y cincuenta, con ciudades convertidas por semanas en ubicuas e interminables celebraciones eclesiásticas en un espacio público monopolizado. Salvando las distancias, lo de esta semana ha cobrado ese tono con el monopolio, no tanto o no solo de los escenarios de espectáculos de masas (plazas, estadios), sino de la más importante trama de comunicación e información. Una ubicua e interminable retransmisión en todos los soportes posibles de un único discurso y a cargo de un único personaje, con la pleitesía acrítica de todo tipo de actores: políticos, sociales, mediáticos e incluso religiosos. Conocía las limitaciones de nuestro Estado aconfesional –que no laico-, pero creo que el respeto y reconocimiento de la realidad que constituye aquí la Iglesia católica se les ha ido de las manos.
El Papa León ha hablado para todos y cada uno ha entendido a su gusto, señalando al contrario como destinatario de las reprimendas (inmigración, polarización, límites del poder, guerras). Ha hecho suyas, para su Iglesia, aportaciones que, incluso las que proceden históricamente de su campo (derecho natural, humanismo, Escuela de Salamanca, valor intrínseco de la persona), forman parte desde hace siglos de los fundamentos que sostienen nuestras sociedades liberales.
Ergo, nada nuevo bajo el sol, salvo que tales axiomas se reiteran ante grandes auditorios y con toda la atención prestada por todos los medios de comunicación del país cuando son puestas en cuestión por los llamados ‘líderes fuertes’, empeñados en propalar lo contrario: la fuerza como argumento, el desprecio por las personas, la primacía del beneficio económico, el rechazo del diferente, la tentación autoritaria o la política como confrontación. No está mal esto.
León XIV no es uno de esos ‘líderes fuertes’ de hoy, pero la disposición de las élites políticas, mediáticas, sociales, económicas e incluso religiosas, así como la de una parte de la ciudadanía, ha sido tratarle como si lo fuera. Ha venido a decirnos lo que ya deberíamos saber. Es el jefe de una institución que no está por encima del bien y del mal, sino que es responsable de importantes tropelías (de su respaldo histórico a poderes ilegítimos a sus problemas con los menores) y representativa de los errores que ahora pretende despejar (una visión extremadamente dicotómica de la existencia: de nuevo, la lucha del bien contra el mal, en su existencia prístina en ambos casos; también de teorías como el mal menor, diremos en su descargo).
Le hemos saludado como si fuera ya el único reducto de salvación que nos queda ante tanta inmundicia de gestores que soportamos. Y no es así. Lo mejor que nos ha recordado ya lo deberíamos tener presente; lo peor que esconde, sigue en su sitio.
Cierta conciencia crítica y disidente es imprescindible en las democracias. La unicidad, el monismo, muy católicos ellos, no es el camino. Bienvenido señor Prevost; adiós. Y ahora el Mundial, no menos omnipresente.