- El próximo sábado 20 de junio el CNRI ha convocado una marcha en París en la que se espera que participen hasta cien mil iranís expatriados en Europa
La guerra abierta emprendida por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán se encuentra estancada y las treguas para negociar se alternan con períodos de hostilidades sin que ninguna de las dos partes adquiera una ventaja que incline la balanza de forma definitiva. Mientras, el bloqueo del Estrecho de Ormuz altera seriamente el normal funcionamiento del comercio global de hidrocarburos y otras materias primas y los ataques a las monarquías del Golfo perturban seriamente los planes de sus gobernantes para constituirse en una región privilegiada no sólo como suministrador de energía, sino como centro financiero y potencia turística. La capacidad de hacer daño de la dictadura de los ayatolás es muy grande y está quedando patente que la acción bélica desde el aire no es suficiente para hacer caer la teocracia terrorista y criminal que impera en la antigua Persia desde la llegada al poder de Ruhollah Jomeini en 1979. Ni la decapitación de la cúpula del régimen con la eliminación de sus principales dirigentes ni el notable impacto sobre su estructura militar, notablemente disminuida por las operaciones de la aviación y la flota de la coalición americano-israelí golpeando sus fuerzas navales, aéreas y terrestres, han conseguido hasta ahora que la teocracia totalitaria se derrumbe y se produzca el cambio político que la inmensa mayoría de los ciudadanos iranís anhela.
Estamos acostumbrados a analizar las relaciones con Irán desde la perspectiva del petróleo, del papel desestabilizador de Teherán en Oriente Medio mediante sus organizaciones satélite, que sostiene, entrena y dirige, Hizbulá, Hamas, los hutíes yemenitas y la milicias chiitas en Irak y otros países, de sus acciones terroristas en las democracias occidentales y, por supuesto, de su programa nuclear, amenaza existencial para Israel que ningún gobierno en Jerusalén, sea cual sea su color, tolerará jamás. Sin embargo, hay una dimensión de este problema geoestratégico que se olvida y que es central: las continuas y atroces violaciones de los derechos humanos que perpetran los clérigos y la Guardia Revolucionaria contra la población que se traducen en un sufrimiento intolerable para los ciudadanos. Desde que empezó el enfrentamiento armado con Estados Unidos e Israel han sido ejecutados treinta y dos prisioneros políticos, la mayoría de ellos manifestantes en las recientes protestas callejeras y ocho militantes de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán, columna vertebral del Consejo Nacional de Resistencia de Irán (CNRI). Decenas esperan el patíbulo en el corredor de la muerte y serán ahorcados en las próximas semanas. Miles se hacinan en las cárceles en condiciones infrahumanas sometidos a torturas, desnutrición y enfermedades por las que no reciben tratamiento.
Represión cruel y sin límite
La República Islámica ocupa el primer lugar del mundo en ejecuciones per cápita. El año pasado murieron colgados más de dos mil reos, muchos de ellos acusados de delitos menores y un porcentaje apreciable por ser opositores al régimen. Desde la tremenda matanza de 1988 en la que fueron eliminados sin garantía procesal alguna treinta mil reclusos que cumplían condena en prisión, enterrados después en fosas comunes, en un crimen contra la humanidad que ha sido condenado por diversas organizaciones humanitarias y por Naciones Unidas, el CNRI estima que un total de cien mil iranís han perdido la vida a manos del aparato represivo del régimen. En Irán no existen ni libertad de expresión ni de culto ni de asociación ni de prensa ni de educación. Tampoco hay elecciones libres ni igualdad entre sexos. Las mujeres son ciudadanas de segunda clase y la mala colocación del velo comporta palizas de la policía religiosa que en varias ocasiones han tenido consecuencias fatales. Las manifestaciones en la vía pública son reprimidas con fuego real o con apaleamientos feroces causando centenares de víctimas mortales. La homosexualidad se castiga con latigazos o con la pena capital y además abundan las ejecuciones extrajudiciales o los juicios sin derecho a la defensa. La vida cotidiana de la mayor parte de los iranís es un infierno de escasez, opresión, miedo y humillación. La única razón por la que no tiene lugar un levantamiento masivo como el que derrocó al Sha hace cuarenta y siete años es porque el régimen aplica una represión cruel sin límite y la mínima muestra de desacuerdo comporta poner en riesgo la libertad y la vida, no sólo del eventual disidente, sino de su familia.
En este desalentador contexto, el próximo sábado 20 de junio el CNRI ha convocado una marcha en París en la que se espera que participen hasta cien mil iranís expatriados residentes en Europa, Estados Unidos, Canadá y otros lugares que testimoniarán la voluntad de un pueblo de disponer por fin de los derechos y libertades propios de una auténtica democracia. Hay que tener en cuenta el esfuerzo que representa el desplazarse desde puntos muy lejanos a la capital de Francia para exigir el cambio de régimen en Irán y que este acontecimiento es la prueba de que el único grupo de oposición con posibilidades reales de liderar y organizar una transición con orden y estabilidad es el CNRI con su presidenta Maryam Rajavi a la cabeza. Ojalá los gobiernos occidentales lo perciban, dejen de perder el tiempo en negociaciones estériles o paseando a figuras obsoletas y actúen en consecuencia.