- Supone una injusticia que la carga ideológica se imponga en todo tipo de galardones para cumplir con las cuotas de la corrección política
Aunque la llegada del Apolo 11 a la Luna se produjo hace ya 57 años, en la era de la tele en blanco y negro, el pasado abril se montó un enorme show con la Artemis II, a pesar de que ni siquiera llegó a posarse en el satélite. El nuevo hito de la NASA consistió en el vuelo a mayor distancia de la Tierra: 406.000 kilómetros, frente a los 400.000 del récord anterior del Apolo 13.
El viaje del Artemis II se convirtió en un gran espectáculo, seguido en todo el planeta y con todas las características del tiempo presente. Los astronautas se hacían los simpáticos en las redes sociales y la aventura se vendió como «inclusiva», pues el proyecto Artemis incorporaba a su primer astronauta negro, su primera mujer, su primer tripulante de fuera de Estados Unidos y el pasajero de mayor edad en una misión.
El veterano era el comandante de la misión, Reid Wiseman, nacido hace 50 años en Baltimore. Ingeniero informático por la prestigiosa Universidad Johns Hopkins, luego se enroló como piloto de combate y de pruebas en la Marina, donde sirvió 27 años. En 2009 entró en el programa de astronautas de la NASA, que dirigió entre 2020 y 2022. En toda su carrera ha pasado 147 días en el espacio.
Se acaba de fallar el Premio Princesa de Asturias de la Concordia y se ha querido distinguir a la misión Artemis y su histórico vuelo, pues nunca el ser humano había llegado tan lejos. Sin embargo, la persona elegida para el galardón no es el comandante de la misión, porque presentaba un problema: es un hombre, y eso no puntúa (además de raza blanca y heterosexual, viudo de una enfermera con la que tuvo dos hijas). Tampoco les ha servido a los jurados el número dos de a bordo, el piloto Victor Glover, un firme creyente cristiano que se llevó su Biblia al espacio y celebró la obra de Dios extasiado ante lo que veía desde las alturas.
¿A quién le han dado entonces el Princesa de Asturias de la Concordia los insignes miembros del jurado? Pues se lo han otorgado en exclusiva a la astronauta Christina Koch. ¿Y cuál es su mérito sobre sus tres compañeros? ¿Mandaba en la nave, con el plus de responsabilidad que ello conlleva? No. ¿Realizó alguna proeza especial durante la aventura? No. ¿Posee una carrera en el espacio de más categoría que la del comandante Wiseman? Tampoco. ¿Tiene mejor formación? Pues no, ambos son ingenieros. Entonces, ¿por qué la han premiado a ella y solo a ella? Pues por ser una mujer.
Aquí se ha aplicado, una vez más, el rodillo de la corrección política, como se hace por sistema en los Premios Nacionales de la era Sánchez. Pero esos jurados que se creen súper «progresistas» al distinguir a alguien por ser de determinado sexo, en realidad son profundamente retrógrados. Los que creemos en la idéntica capacidad de mujeres y hombres consideramos que premiarlas solo por ser féminas es hacerlas de menos, pues el mensaje implícito es que supone una proeza que siendo de ese sexo logren destacar en determinadas tareas. A estas alturas del siglo XXI no supone rareza alguna que las mujeres se desempeñen en todos los ámbitos igual o mejor que los hombres. Y el que piense lo contrario es más antiguo que el comediscos, por muy avanzado que se crea al galardonar lo que por fortuna ya es obvio desde hace varias décadas.
Se equivoca la Casa Real cuando intenta cultivar el «progresismo» de salón en la ilusión quimérica de que así se ganará el favor de la izquierda para la Monarquía. Gestos como pedir perdón a México por la conquista, o adoptar la jerga del «progresismo», no le van a dar un solo apoyo extra en ese flanco ideológico, porque nuestra progresía rechaza por instinto la institución monárquica (las juventudes del PSOE, por ejemplo, ya son abiertamente republicanas, al igual que toda la izquierda populista). Hay que afinar un poco, no vaya a ser que de tanto buscar el afecto de una izquierda distante se acabe alejando la parroquia leal de derechas…
A las personas hay que premiarlas por su valía en comparación abierta y limpia con otras. Sin imponer muletas ideológicas que a la postre resultan injustas, tanto para el beneficiado (al que se presenta como una víctima que necesita apoyo), como para el perjudicado, que con los mismos méritos, o superiores, se ve relegado por razones de cuotas.
Comandante Weiseman, mala suerte, muchacho, resultó que eras un tío. Has pilotado tu nave a 406.000 kilómetros de la Tierra, pero te quedas sin aterrizar en Oviedo.