- Sánchez se ha instalado en la negación de toda evidencia, lo que le permite actos de jeta suprema en estos lisérgicos días finales de una legislatura estéril
Por sentimentalismo anglófilo, y porque es un buen periódico, un clásico de 245 años, soy suscriptor de The Times, de ideario liberal-conservador. El diario se hace eco de la declaración de Zapatero, en una crónica firmada por su corresponsal en Madrid, Isambard Wilkinson. De paso cuenta a sus lectores la colección de desventuras de PS. Cuando lees todo de una tacada, y contado con ese punto de distancia que otorga una mirada foránea, el relato impresiona, a pesar de ser conocido:
«El caso Zapatero llega en un momento crítico para Sánchez. Sus dos antiguos hombres de confianza, responsables de su ascenso al poder –Ábalos, exministro de Transportes, y Cerdán, exsecretario del Partido Socialista–, se enfrentan a acusaciones de corrupción por separado. La esposa de Sánchez, Begoña Gómez, sigue bajo investigación por tráfico de influencias, y su hermano David espera el veredicto en un juicio por un cargo público supuestamente creado para él por el PSOE». The Times habla también de Leire, «antigua miembro del Partido Socialista acusada de una campaña de guerra sucia contra jueces, fiscales y oficiales de policía que investigaban a gente próxima al primer ministro».
Solo con una cuarta parte de esas afrentas habría dimitido el mandatario de cualquier democracia europea (o africana).
Las informaciones que se están publicando en el extranjero han levantado el velo sobre quién es realmente PS. La imagen internacional de Sánchez, el galanzote con que tanta complicidad mostraba una incauta Von der Leyen, está totalmente deteriorada. Durante cinco años largos dio el pego por ahí fuera, porque encarnaba una ideología en boga, el ‘wokismo’, a lo que se unía su porte espigado, su inglés de chico bien, pagado por Papá Playbol, y el hecho de que era uno de los pocos mandatarios socialistas que aguantaban en la UE. Hoy la fachada de cartón piedra se ha desplomado. Hasta en Laponia saben que su apellido es sinónimo de corrupción. Las potencias occidentales se cuidan de no convocarlo cuando realmente hay algo relevante que tratar. PS es un apestado internacional, que se agarra a la causa palestina como su última tabla de flotación.
A escala doméstica, se ha instalado en el negacionismo de toda evidencia. PS se comporta como los adúlteros de aquellas añejas comedietas setenteras italianas, que sorprendidos por su mujer in fraganti en la piltra con una amante respondían muy airados: «Cariño, ¡no sé qué diablos hace aquí esta muchacha!». El sanchismo opera igual: «En lo personal realmente no conocía a Ábalos».
PS ha elegido ignorar todo escrúpulo moral, lo cual le permite actuaciones de jeta de aluminio tan pasmosas como la de ayer, cuando en un canutazo en Bruselas apoyó con toda la facundia a la banda del Joyero: «El presidente Zapatero y sus hijas tienen todo mi respaldo, empatía y apoyo y también el del Partido Socialista. Plena confianza en su inocencia». Y se queda tan ancho hablando de un pájaro que escondía en su caja fuerte sin declarar las más de un millón en joyas (por no hablar del alegre trinking como comisionista).
Este crepúsculo de la no-legislatura es el cuento del rey desnudo en su versión más cutre. El presidente pato cojo –o más bien pato laqueado– finge que gobierna. Mientras se abrasa en una sartén de escándalos, se permite hasta endilgarnos sermones presuntuosos desde «el lado correcto de la historia». Todo ha degenerado en una enorme y lesiva patochada. Es la caída de un régimen corrupto, que intenta aguantar agarrado a sus televisiones de propaganda, al clientelismo de los subsidios y a la esperanza de un posible golpe de mano electoral con el coladero de la Ley de Nietos y las regularizaciones exprés.
Si Zapatero se la pega en la Audiencia Nacional, siempre tendrá a Pumpido para evitarle la trena. Son las ventajas de que el PSOE ostente el poder. La Familia Sánchez lo sabe, por eso el líder del clan necesita conservarlo a cualquier precio. Nadie quiere pernoctar en Soto.
(PD: Ayer Irán condenó a 74 latigazos a Parastu Ahmadi, una joven de 28 años, por el grave delito de subir a YouTube un vídeo cantando sin velo y con los hombros al descubierto. No esperen condena alguna del líder «feminista» de la «coalición progresista» y sus aliados del «lado correcto de la historia»).