Marisol Oviaño-Vozpópuli

  • Nos dijeron que venían a pagarnos las pensiones, pero seremos nosotros quienes se las paguemos a ellos

Ahora que ya no resido en la burbuja del primer mundo en la que viví 27 años, siento que me he mudado a la realidad; esa que no existe en el autobombo de Sánchez ni en los números macro de Cuerpo ni, tampoco, en el triunfalismo globalista de Ayuso. La realidad desnuda está en las redes sociales vecinales, que confirman lo que sospechas cuando eres la minoría étnica en la cola de la parada del autobús: estamos siendo reemplazados. O, cuando menos, invadidos.

Hace unos años, y con el objetivo de dar a conocer la librería y los talleres de escritura, me di de alta en una aplicación que aspira a ser un nexo entre vecinos, pues organiza los contenidos que suben los usuarios en función de su lugar de residencia. Así, podía ver los mensajes que subían quienes viven en esta zona y compartir mis contenidos con ellos. La proximidad entre nosotros y el hecho de que sea obligatorio dar tus datos reales y participar con nombre y apellidos eliminaba la desconfianza. Era como pasear por un pueblo en el que todo el mundo se saluda por la calle.

Los que no tienen nada

Entonces los mensajes eran muy variados: se regalaban cachorros, se encontraban gafas perdidas, se anunciaban bares, restaurantes y pequeños comercios —como el mío—, aficionados a la lectura o al teatro buscaban afines, amantes de las antigüedades organizaban excursiones al Rastro o al mercadillo de Navacerrada y, también, se solicitaban manitas o señoras de la limpieza. Pero aquello no duraría mucho. Poco a poco los nombres españoles pasaron a ser anecdóticos entre los muchos de quienes estaban llegando del otro lado del charco —los moros prácticamente sólo participan para anunciar sus furgonetas—. Y la frivolidad primermundista dio paso a la necesidad perentoria de los que no tienen nada: quien no busca desesperadamente una habitación en la que meterse, ya sea solo, con su pareja o con toda su familia —“Buscamos una habitación en Galapagar. Somos cuatro, dos mujeres, un hombre y una niña. Cualquier información se los agradecería”—, se ofrece para trabajar horas sueltas. Las ofertas de empleos a jornada completa tienen pocas respuestas, supongo que unas veces porque los aspirantes no tendrán papeles y otras porque ganan más trabajando en negro y cobrando ayudas: sale más rentable ser vulnerable. También hay quien anuncia que está dispuesto a pagar a quien le empadrone en su casa —primer paso para entrar en el negocio de la vulnerabilidad— y quien vende citas previas para hacer gestiones en el Ayuntamiento. (Somos 70.000 habitantes).

Lamentablemente, casi todos los partidos ignoran deliberadamente la correlación que hay entre la crisis de la vivienda y la inmigración desbocada. El propio Banco de España avisa de que faltan unas 700.000 viviendas, pues anualmente se construyen unas 90.000 y dejamos entrar a unas 600.000 personas. Según he leído, aquellas 500.000 que según el gobierno iban a regularizarse, ya van por 1.000.000, y no tardarán en traerse a sus parientes. Ya me contarás dónde los vamos a meter. Llegará un momento en el que Servicios Sociales no den abasto a quitar niños a familias que vivan amontonadas en un solo cuarto, como ya conté que le pasó a Leonora; el hacinamiento se considerará un modo de vida alternativo y El País nos lo venderá con un nombre cool. Pero no oirás ni al PP ni al PSOE preguntándose en voz alta dónde va a vivir toda esa gente, y nuestras fronteras seguirán siendo un coladero. A fin de cuentas, nadie que esté en la nómina de un partido va a compartir piso con extraños. 

Tampoco verán sus sueldos devaluados como el resto de españoles, que compiten por un puesto de trabajo con gente que está dispuesta a deslomarse a cambio de un cuenco de arroz porque siguen viviendo con estándares tercermundistas. De hecho, esa competencia desleal está empezando a afectar incluso a los inmigrantes que se las ingeniaban para sobrevivir. El otro día, en la red social de vecinos una mujer buscaba a alguien “responsable, cuidadoso o cuidadosa” —debe de votar al PSOE— que planche tres horas a la semana por 90€ al mes. Es decir, por 7,5€ la hora. 

Fronteras abiertas

Pagar esa mierda es pura explotación laboral, y más si tenemos en cuenta que habría que desplazarse hasta un pueblo serrano mal comunicado para planchar. Pues bien, su anuncio tiene 68 respuestas. Algunas acusan de explotadora a la anunciante e incluso se pelean entre ellas discutiendo si el mínimo a exigir son 12 o 15€ por hora, pero la mayoría de los mensajes son de mujeres interesadas en trabajar que, a su vez, son insultadas por las anteriores por aceptar condiciones tan miserables. Están descubriendo que, a lo mejor, la política de fronteras abiertas no es tan bonita como creían.

Y te preguntas qué sentido tiene llenar el país de gente sin formación que nunca ganará lo suficiente para pagar un piso o vivir sin ayudas del Estado y que, además, se traerán a sus padres. Viejos que arrastran enfermedades y roturas que nunca fueron tratadas y que aspirarán a cobrar una jubilación como si alguna vez hubieran trabajado aquí. Nos dijeron que venían a pagarnos las pensiones, pero seremos nosotros quienes se las paguemos a ellos.