Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Lo que se ha visualizado esta semana como nunca antes es la posibilidad de que Sánchez y Zapatero acaben enterrando definitivamente al PSOE que conocimos

La sensación que se palpaba en el ambiente después de que viéramos a José Luis Rodríguez Zapatero abandonar la Audiencia Nacional, y cuando todavía no sabíamos si el juez le iba a retirar el pasaporte, era de desmoronamiento. Después, los activistas habituales se agarraron a una cosmética maniobra de supuesta transparencia en un efímero intento de remontar el estado de ánimo de la familia socialista, o de lo que quede de ella. El ministro de Justicia, Félix Bolaños, abdicando de sus conocimientos jurídicos, quiso contribuir a tan arduo cometido atribuyendo casi valor exculpatorio a la inocua autorización que Zapatero entregó al juez permitiendo investigar su patrimonio en el extranjero.

La tregua duró poco, lo que tardó en filtrarse que la Fiscalía Anticorrupción había pedido medidas cautelares y que el juez José Luis Calama no parecía muy satisfecho con las explicaciones del expresidente. Al día siguiente, la imputación de las hijas y de la secretaria, y la insólita filtración de los audios del interrogatorio, confirmaban la impresión más pesimista, diluyendo toda esperanza de resurrección del arquetipo de la moralidad socialista. Ahora vienen la sentencia del ‘caso mascarillas’, la del hermanísimo, más de la SEPI y la dimensión europea de lo de Begoña Gómez. Sin duda esta es la crisis más grave de las sufridas por el PSOE. Porque no es una crisis política, marxismo sí, marxismo no; OTAN sí, OTAN no. Lo que está en juego es su decencia, su credibilidad, y quién sabe si su continuidad como herramienta al servicio de la ciudadanía.

Mientes Pedro y tú lo sabes (segunda parte)

Pero hay quienes no lo quieren ver. Hay un reducto de fieles que se resisten a reconocer lo evidente y se agarran a cualquier clavo ardiendo, como a ese pueril comunicado exculpatorio de un personaje que sigue instalado en un mundo irreal. Fundamentalistas que insultan cada vez con mayor agresividad a aquellos que conceden más crédito a los investigadores -los tribunales, la UCO o la UDEF- que a los investigados.

Son los más fanáticos defensores del liquidador de un PSOE en concurso de acreedores, un grupo de inédita radicalidad que no admite vacilaciones y se agazapa en esa masa de militantes que administra la vergüenza como puede, mirando para otro lado y guardando silencio, otra forma de complicidad. Y es que ni siquiera la concienzuda eliminación de todos los contrapesos internos del partido puede explicar la falta de un frente ya armado de abierta rebeldía que cuestione la versión inverosímil de un secretario general rodeado de malhechores, pero inmaculado, que nada supo, porque nada le dijeron.

Tampoco la tesis aún más asombrosa de un presidente del Gobierno que tiene la máxima habilitación de seguridad del Estado, es destinatario prioritario de información reservada y recibe a diario informes confidenciales del CNI, de la Comisaría General de Información (CGI), del Servicio de Información de la Guardia Civil (SIGC), de la Inteligencia Militar (CIFAS) y del Departamento de Seguridad Nacional (DSN), entre otros servicios de inteligencia, pero nunca tuvo el menor indicio de las andanzas de sus colaboradores más cercanos; porque nada le dijeron ni Margarita Robles ni Grande-Marlaska. Ingratos.

El PSI de Craxi

Durante su etapa como presidente, Rodríguez Zapatero fue un buen gestor de lo simbólico, pero en lo primordial, la gestión de la economía y la consolidación de un Estado plural, pero a la vez fuerte y territorialmente solidario, se acabó revelando como un pésimo gobernante (recomiendo el capítulo sobre el legado de Zapatero que firma Manuel Álvarez Tardío en el libro colectivo “La democracia después del populismo”, Tecnos). Y así lo entendieron los suyos, que durante largo tiempo lo aparcaron en el trastero de los objetos averiados.

Hasta que alguien decidió confeccionarle el traje de leyenda ética de la izquierda, al objeto de contrarrestar el acelerado despilfarro de moralidad al que asistimos desde que conocimos los turbios episodios en los que habían participado personas de la más estrecha confianza del líder socialista; o cuando descubrimos que el Peugeot era una artimaña que ocultaba a cada comité de recepción de las bases el confortable Mercedes aparcado unas calles más abajo; o, ya algo más tarde, al ver con nuestros propios ojos cómo detrás de la cortina no había una ventana, sino un tahúr con las cartas marcadas.

Cuanto más grande se iba haciendo el globo del escándalo, más se recurría a este dechado de virtudes llamado ZP. Ahora, con el globo pinchado, mi amigo Josémari piensa que este PSOE acabará como el PSI de Bettino Craxi. Yo no lo creo. Al menos no creo que desaparezca como ocurrió en Italia. Pero sí es cierto que lo que se ha visualizado esta semana con más claridad que nunca es que Sánchez y Zapatero se pueden llevar por delante la poca transversalidad y credibilidad que le queda a la marca. Sin que nadie parezca estar en disposición de evitarlo.