Joseba Arruti-El Correo

Salvo el CIS, presa de alucinaciones bien remuneradas, nadie pone en duda que la política española se halle en la antevíspera de un cambio de ciclo. Ni los más briosos defensores del Gobierno se atreven a verbalizar lo contrario, so pena de chapotear en su propio descrédito.

Al margen de sus tretas verbales, Pedro Sánchez pretende rehuir la inevitabilidad de una convocatoria electoral anticipada porque conoce el resultado de la misma. La suma del PP y Vox superaría con creces la mayoría absoluta tanto en el Congreso como en el Senado y se reabriría un escenario viejuno, el de la extrema derecha en el consejo de ministros.

Con la cuenta atrás en marcha, el Gobierno parece empeñado en agigantar la dimensión de su hundimiento perseverando con ahínco en sus errores, parapetándose en los alegatos más inverosímiles. ¿Jueces hostiles? Haberlos, haylos; ¿Corrupción casi hasta en la cocina del presidente? Haberla, la ha habido; ¿Mayoría parlamentaria? Tan inexistente como los Presupuestos de toda la legislatura. En esas condiciones, sobran brindis al sol y urgen curas de autoexigencia democrática.

Acotado el futuro del Ejecutivo sin necesidad de lucir ninguna dote de videncia, es el del PSOE el que suma más interrogantes. No en lo que atañe a su presumible derrota electoral, sino a la relación de fuerzas que se derivará de la misma en sus filas. A saber: si la consiguiente trifulca interna provocará o no cambios en la línea política de los últimos años.

Ni José Luis Rodríguez Zapatero ni Pedro Sánchez han sido tan disruptivos como sus exégetas apuntan, aunque han mostrado una sensibilidad en determinadas materias de la que Felipe González carecía incluso cuando jugaba al despiste luciendo chaqueta de pana.

No obstante, en la cuestión territorial, y en otras, los grandes pactos de Estado que vinculan desde la Transición al PSOE con la derecha de cada momento apenas han sufrido unos arañazos durante los mandatos de ambos presidentes. Por eso peca de ingenuo o de cínico quien, de la mano de Sánchez, atisba un horizonte de reconocimiento plurinacional efectivo a la vuelta de la esquina.

La alternativa en las filas socialistas a la visión decimonónica de Emiliano García Page y sus aplaudidores no enmienda a la totalidad ninguna cuestión de fondo. Les separan determinadas diferencias personales, tácticas, nominales, incluso simbólicas. Distintos talantes, apacentados por las necesidades de cada cuál. Pero no hay dos partidos, es el mismo con dos caras.

Aun así, no resulta indiferente quién lidere el PSOE en el futuro. Y Sánchez, con su irresponsabilidad, está dinamitando incluso las opciones de ser sucedido por alguien afín. Fiarlo todo a su capacidad de resistencia del pasado le está conduciendo, inexorablemente, a ser el punto y final de sí mismo.