Ignacio Camacho-ABC

  • Tras el sanchismo sólo quedará un espacio institucional devastado y un partido en regresión hacia el frentismo republicano

El prestigio social del PSOE es una herencia de Felipe González y de la generación que en los estertores del franquismo entendió que la democracia no podría construirse sin cerrar las heridas de la dictadura y de la guerra. Felipe renunció al marxismo, refundó el partido como agente político de las clases medias, suscribió el consenso constitucional con la derecha y modernizó el país desde el poder hasta caer en la tentación de apropiarse del sistema. El suyo era un proyecto autónomo que lideraba la sociedad desde el centro izquierda, la posición ideológica mayoritaria entre los españoles de esa época. Europeísmo, moderación, pragmatismo y transversalidad: ésa fue la receta de un modelo de éxito que desde su retirada ha ido cayendo en decadencia.

Sánchez, y antes Zapatero, han vivido del crédito de esas siglas mientras las vaciaban de contenido y borraban los rasgos de la etapa felipista. Han aprovechado la reputación de la marca histórica en la memoria colectiva para consumar un cambio radical de deriva política basado en la coalición con nacionalismos y separatismos de vocación rupturista. La etiqueta genérica de ‘progresismo’ camufla la debilidad de una oferta electoral propia condenada a la minoría y obligada a pactos de dudosa legitimidad para contener la continua pérdida de masa crítica. El método ha funcionado más mal que bien durante un cierto tiempo pero cuando el fin de ciclo se perfila, entre el brillo de joyas escondidas aparecen los síntomas de un legado de cenizas.

La noticia positiva es que esta correría aventurera se está acabando. La negativa es que tras ella sólo va a quedar una organización sumida en el caos y un espacio institucional devastado. Eso es malo porque millones de ciudadanos que se sienten de izquierdas y no van a cambiar de ideario se encontrarán huérfanos de liderazgo, en riesgo de perder sus vínculos representativos y de echarse en brazos de cualquier intento oportunista de cuestionar los mecanismos del régimen democrático. Ya no hay un ‘PSOE bueno’, que quizá sólo existiera unos años, porque el sanchismo ha liquidado cualquier atisbo de inteligencia orgánica bajo su paradigma plebiscitario. El partido actual está mucho más cerca de volver al frentepopulismo republicano.

Y si la clásica tendencia de la derecha al autosabotaje o la inesperada aparición de algún ‘cisne negro’ permitieran otra legislatura de Pedro, el panorama se volvería aún más siniestro. La descomposición de este mandato ha destruido todo discernimiento ético, y su prolongación conduciría a un dramático escenario civil de revanchismo sin freno agravado por la explícita voluntad destituyente de los socios del Gobierno. El regreso a la cordura socialdemócrata no es más que el sueño que albergan en soledad y silencio unos cuantos disidentes sin el menor predicamento en las Casas del Pueblo, un microcosmos de creyentes entregados al fanatismo irredento. Estamos en plena huida hacia delante de un grupo de logreros sin otro objetivo que el de no acabar presos.